capilla, no; capote, sí. En un solo día, el grande de las fiestas. El alcalde Asiron declinó el reclinatorio preferente en la capilla de San Fermín y se despidió del Santo tras el recorrido procesional. Consideró que el acompañamiento municipal al patrón de la Diócesis y al Cabildo Catedralicio -en Cuerpo de Ciudad y con el cortejo protocolario- es folclore, tradición, y que la Eucaristía queda para católicos practicantes. El alcalde Asiron, esa misma tarde, se asomó pletórico al balconcillo presidencial en la Plaza de Toros. Con las procedencias cambiadas, se volvió a comprobar que un concierto de silbidos es más espectacular y penetrante que la sequedad de las palmadas. La derecha sociológica demostró más fuelle soplador en julio que electoral en mayo. Asiron asumió así la tradición de que un miembro de la Corporación Municipal (el día 7, el alcalde) presida las corridas de toros, una singularidad de la feria pamplonesa. Con toda su ilustración, fue más condescendiente con el maltrato animal reglado -fiesta nacional española, además- que con la función representativa en una ceremonia religiosa. En una Eucaristía no sentida, ni siquiera tenía que santiguarse; y menos, comulgar. Tampoco habría tenido que dar la paz a Maya, que igual se quedaba con su mano y le soltaba otro sermón. En la presidencia taurina hubo de marcar los tiempos de castigo cruento al toro y conceder trofeos al máximo ejecutor. La coherencia plena es complicada. Las costumbres populares históricas la ponen a prueba. Implacables. Dos decisiones éticas -misa y toros- y dos de carácter político -ikurriña y homenaje a Germán-. Bildu encontró la argucia legal para entronizar la ikurriña en el altar de los mástiles del chupinazo. Y el alcalde cumplió con su compromiso presencial junto a la estela funeraria. Compromiso con la memoria histórica, con otras víctimas de la violencia y con una satisfacción en justicia. El olvido nunca es una forma de reparación.