el Gobierno de Navarra dispone de una dirección general de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, dotada de un servicio de Memoria y Convivencia, estructura gemela de la arbitrada en su día por el Gobierno Vasco. También podría llamarse departamento de Buenas Intenciones y Utopías. O más acorde con una realidad a veces oculta o disimulada, consejería de Extinción del Odio, Control de Fobias y Rencores, y Eliminación de Sectarismos y otras plagas sociales. La historia de la Humanidad no es un catálogo de respeto y armonía. Hoy, aquí, tampoco. El relato de la Guerra Civil, Alzamiento Militar de 1936 o Cruzada de Liberación Nacional está inconcluso. La resolución final del intento de construcción de una Nación vasca mediante el ejercicio de la violencia y la respuesta del Estado español -conflicto con terror- se conjuga aún en futuro indefinido. La coexistencia de distintas sensibilidades políticas, culturales, lingüísticas y religiosas en este pequeño territorio presenta muchas aristas rasposas. Quizá se haya ganado en formas más corteses y educadas, pero la liebre del odio y de la falta de respeto salta a la menor. Mucho por hacer. Sin la pertinente capa de verdad, reparación, justicia y concordia, el camino seguirá pedregoso. El olvido no es terapéutico. Como exigencia es hiriente; como remedio, contraproducente. Las demandas y acciones de normalización se imputan a revanchismo y venganza. La fachada institucional se adorna con estas iniciativas loables, pero la trastienda ciudadana guarda rencores, rencillas y odios. Nuestro lado visceral está en modo discordia. El creciente descrédito del sistema lo exacerba. Mentas la memoria histórica, el euskera, el derecho a decidir o la laicidad en lo público y la bilis traspasa la piel social. Todos somos contemporáneos, existimos a la vez, vivimos en compañía, pero falta la paz en su segunda acepción: “Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos”. Utopía.