Mañana, penúltimo peldaño de la escalera. El corazón de los preparativos late rutinario: cartel de Fiestas y de la Feria del Toro, programa de la feria taurina, tómbola abierta, montaje del vallado en proceso. El cartel de Fiestas y el destinatario del Chupinazo, a elección por la ciudadanía empadronada. Trámites previos: filtro técnico en el caso del cartel, propuestas cribadas mediante votación por la Mesa de los Sanfermines en el asunto del primer cohete. Elección entre elegidos. Populismo tutelado. El Ayuntamiento del cambio quiere quitar carga institucional y hacer más participativa su organización. Sin embargo, el ilustrado alcalde Asiron (“taurino durante ocho días”) se pone de perfil (del izquierdo, que será el bueno) en las cuestiones de fondo. ¿O las tradiciones populares solo admiten reformas formales? Los actos religiosos y los festejos taurinos, que en su momento confluyeron en el calendario con las ferias comerciales, están en el origen de estas fiestas multiseculares. Su propia celebración responde a una advocación católica. ¿Debe un Ayuntamiento europeo del siglo XXI, miembro de un Estado aconfesional, participar en actos religiosos? ¿Deben sus corporativos presidir corridas de toros, actividad de carácter cruento? ¿Qué futuro quiere dar Pamplona a las corridas de toros y por ende, como acto de traslado de las reses a la plaza, al encierro? Las tradiciones asentadas ponen a prueba coherencia ideológica, ética personal y coraje del político. En un contexto donde la sana espontaneidad y la juerga cívica han cedido ante la zafiedad y un libertinaje invasivo. Los pamploneses han ido desapareciendo del encierro y de su ciudad. Los excesos desbordan los límites razonables de la diversión y el respeto. La noche es peligrosa, ruidosa, ebria y guarra. El Ayuntamiento ha de ser promotor de reflexiones. Un comprometido dinamizador. Organiza fuegos artificiales de participación ciudadana. Pero evita las tracas polémicas.
- Multimedia
- Servicios
- Participación