La campaña electoral ha sido oficialmente activada. Ahora, ¡a incubar el sarampión! En euskera, “Orain, ¡elgorria inkubatzera!”. Para que lo entienda Carlos Salvador. (“Queremos evitar que el sarampión que sufre Navarra sea contagiado a nivel nacional”: Íñigo Alli, el otro injerto de UPN en la disciplina del PP). Por mucho que reactiven a sus votantes, no está solo en sus manos. Ni en el conjunto del Estado ni en Navarra. La única vacuna conocida contra el cambio es el PSOE, como tenemos comprobado en la Comunidad Foral. Empíricamente contrastado: varias pruebas con el mismo resultado. Las últimas elecciones forales y municipales quitaron mucho poder a UPN porque el PSN no pudo evitarlo. Cambio por la mínima en un pintoresco fuenteovejuna de complicidades. Para contagiar el sarampión a la política nacional hay que concentrar la dosis de votos en el virus más agresivo, de modo que un potente estornudo ciudadano lo consiga. Hasta ponerse morados. Sería nada práctico salpicar de siglas la representación navarra en el Congreso de los Diputados. Estrategia de concentración. El relevo o la continuidad del PP en la Moncloa pasará por el PSOE. Con toda probabilidad. En su constante declive, ha cambiado de equipo ganador a árbitro influyente. Su decisión determinará el resultado negociador. El PSOE ha sido desde 1979 el mayor depredador de la ilusión social de cambio. En España y en Navarra. Todo empezó con aquel salto de longitud del marxismo a la socialdemocracia auspiciado por Felipe González, con el que ahora se mofan de Iglesias. La hoja de ruta la marcó el ministro español, consejero vasco y lobbysta Carlos Solchaga, navarro de Tafalla, con una frase estimulante para la golfería: “España es el país del mundo donde más rápido puede uno hacerse rico”. Pedro Sánchez corre el riesgo de que el PSOE sea tercera fuerza parlamentaria. Su única esperanza de supervivencia: que la coalición Unidos Podemos le regale la presidencia.