La presidenta Barkos ha anunciado cambios en la estructura de los departamentos del Gobierno. La decisión coincide con el primer aniversario de su toma de posesión. Hace un año, o le faltaba banquillo o le sobraba candor. Extrañó la cantidad de cargos de libre designación que mantuvieron su puesto. Lo que entonces se hubiera tomado como algo habitual en un giro político, ahora la oposición lo tacha de purga. Discusión estúpida. La trastienda política tiene un surtido catálogo de regalos. Institucionales y orgánicos. Los institucionales (Senador autonómico, Mancomunidades, Defensor del Pueblo, Cámara de Comptos) facilitan pactos y apoyos parlamentarios. Los orgánicos aseguran la lealtad servil. No se limitan a la Administración Pública sino que se extienden por Patronatos, Fundaciones y Sociedades Públicas. En los asientos de élite y en la pedrea del puesto laboral. Epidemia de enchufes y favoritismos. En el caso de la Administración Pública tampoco se restringen a la cúpula del organigrama, como podrían ser la dirección general y la jefatura de gabinete, sino que descienden por la larga escalera de las jefaturas. El dedo suple a los méritos, supone la capacidad y sostiene la antigüedad. Un cachondeo. Los porcentajes de interinidad laboral y de libre designación orgánica avergüenzan nuestra estructura administrativa, precaria, discrecional y politizada. Se echan en cara adjudicaciones de obras y servicios a hermanos o maridos. Se conoce por viejo el truco de fraccionar presupuestos para hacerlas de forma directa, sin concurso. Pero una auditoría de prebendas por afinidad personal, familiar, política o sindical arrojaría un sabroso resultado. Estos vicios del sistema se mantienen por el sistema de la general conveniencia: interesan a todos los partidos. Como tantos otros vicios y perversiones del modelo democrático, nadie los quiere corregir. Reorganización del Gobierno. A unos les escandaliza por sectaria. A otros, por tardía.
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