Chupinazo- La televisión, cómplice de la perversión en los comportamientos. Promociona el maltrato lúdico al reportero -un pelele sometido a mojaduras, empujones y achuchones nada espontáneos- y lo vende como gesto autóctono de simpatía y acogida. La ausencia de un control de aforos masifica esa zona del Casco Viejo -asfixiante y peligrosa- y dilata en veinte minutos la audición de la música, una de las esencias de la fiesta. La suciedad y los empujones como expresión de alegría. La plástica del acto sobre la seguridad. Solo algún percance grave sacará a los políticos municipales de su permanente letargo. Riau-Riau- Un sucedáneo. Un fraude a la tradición. Este equipo de gobierno no recuperará la Marcha a Vísperas porque se trata del desfile de la Corporación y su comitiva a una ceremonia religiosa. Fuera de programa, ordena el paseo a La Pamplonesa para que el Vals de Astráin suene durante un par de horas. La cabecera de la Banda ha de soportar la presión de una veintena de irreductibles de la obstrucción. Ni al director ni a los percusionistas, vanguardia de la formación musical, corresponde vencerlos ni convencerlos. Ni es festivo aguantarlos. Si el alcalde prefiere prolongar la sobremesa y quiere que el vals suene en la calle Mayor, un disco compacto y megafonía tienen la solución. Procesión- El alcalde representa a la ciudad y tiene que apechugar con la Misa de San Fermín, aunque ni se santigüe ni comulgue ni rece. Mero acto de presencia institucional. Una obligación sin devoción. O se retiran del desfile los componentes civiles -Corporación en Cuerpo de Ciudad y séquito- y se asume el coste político. El Arzobispo quiere llevar la misa a la Catedral: mayor aforo y mejor temperatura. Y de paso se evita el regreso, que se destempla a la altura de El Temple en una calle Curia que podría llamarse Euskal Herria. El momentico en el atrio de la Catedral lleva, en consecuencia, varios años deslucido. ¿A quién le importa?
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