encierro- Desnaturalizado. El antideslizante lo ha transformado en una prueba de velocidad. El toro era el dueño en Santo Domingo -cuesta arriba corre más por su morfología- y ahora lo es en casi todo el trayecto. Arrolla. Atropella. No se coge toro para templarlo y llevarlo sino para aguantarlo. Queda poco del arte taurino de llevar el toro a la Plaza. Ahora es una prueba atlética de velocidad, obstáculos y conquista de la posición, con riesgo de cornada. Nunca fue tan cierta la letra popular: “El que se levante para las seis, delante los toros correrá”. Los cebaditas ejercieron de pedagogos: la calle no es para espectadores. Cuando la velocidad se atempera, el encierro llega a ensuciarse por la pugna entre corredores y la falta de respeto a los bureles. Mulillas- El desfile de caballeros en Plaza, mulillas y banda de música previo a las corridas de la Feria del Toro, hunde sus raíces en la antigua necesidad de arrastrar público al coso taurino, por lo que el cortejo desfilaba cautivador ante las concurridas terrazas de la Plaza del Castillo. Quizá empiece a recuperar su sentido original ya que algunas jornadas sobran entradas. Policía Municipal no da cobertura a la banda, que este año ha tenido que alterar o interrumpir la marcha una cuarta parte de los días. Venta ambulante- La tolerancia con los manteros ha multiplicado su asistencia. No se trata de mercadillos artesanales ni de comercio justo, sino de condescendencia con mafias organizadas. Salvo que afecten al desfile de autoridades, se consienten en cualquier lugar. Perviven los juegos callejeros de apuestas. Escenarios- La ocupación de nuevos espacios públicos ha saturado más el casco antiguo. Aumentan los vecinos damnificados por la difícil conciliación entre fiesta y descanso. Sin consulta. Agresiones sexistas- Sanfermines, ecosistema propicio. Novedad, su denuncia. Sobresaliente, el clamor de protesta social. Perturbador, la imposibilidad de erradicarlas.
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