El calendario, caldo de cultivo para la polémica. Poco antes, el juicio. Y poco después de unos Sanfermines sensibles y movilizados contra las agresiones sexuales -expresado en campaña de prevención, denuncias y concentraciones- el tribunal dictó la sentencia del caso acontecido en las fiestas de dos años atrás: una joven esperaba a su novio en la Estafeta tras el encierro, se le acercó un acosador, el novio acudió en auxilio de su pareja y propinó un puñetazo al hombre, que cayó sobre el adoquinado y sufrió graves lesiones. La pareja es estadounidense; el lesionado, pamplonés. La chica deberá ser indemnizada con 3.000 euros en concepto de daño moral. Su abusador (absuelto del delito de agresión sexual y con el atenuante de embriaguez) ha sido condenado, además, a un año de cárcel por abuso sexual (tocamientos e intento de besar a su víctima). El novio (eximente incompleta de legítima defensa por auxiliar a su novia de una “agresión ilegítima”) lo ha sido a 9 meses de prisión. También, al abono de 91.500 euros al abusador (lesiones y secuelas) y de 60.430 euros al Servicio Navarro de Salud por la asistencia médica. La sentencia puede ser recurrida ante el Tribunal Supremo. Una parte de la sociedad considera, indignada, que los magistrados penalizan más las consecuencias de la reacción que la propia acción. Todo empezó por una imperdonable falta de respeto a la mujer. Conclusiones: estar sola en Sanfermines es una práctica de riesgo; la embriaguez atenúa el castigo; tomarse la justicia por la mano sale caro. Quizá la embriaguez tuviera que ser un agravante en unas fiestas donde el exceso de alcohol hace tanto daño. A la pareja le sobró confianza: por desgracia, en Sanfermines no es bueno que la mujer esté sola. Habría que difundirlo a los posibles visitantes, como las normas del encierro. Al abusador le sobró alcohol y machismo. Al novio le faltó templanza para castigar (retención y aviso a la Policía) sin agredir. Drama.