El pulsador exterior lucía en verde. Lo apreté. La puerta se abrió con la pausada liturgia de los automatismos. Cuando el hueco fue holgado, pero sin esperar a que consumara su recorrido, me dispuse a entrar desde la parte más lejana a la cerradura, lo que demoró el momento de contacto y alerta visual. Ella, alterada por el sobresalto, adoptó una ridícula postura intermedia: ni sentada en el trono, donde le sorprendió el clic de apertura, ni erguida; con las bragas por debajo de la rodilla. Su mano izquierda sujetaba un trozo de papel higiénico -ignoro si aún impoluto o ya manchado por el orificio corporal destinatario de la maniobra de limpieza- y su mano derecha se agitaba en vano intento de alcanzar la puerta y evitar en lo posible la observación exterior del engorroso trance. Esa puerta no es una puerta, es un escaparate. Tampoco responde a capricho de diseño sino a la accesibilidad de un servicio adaptado a cualquier usuario. Los aseos de los trenes AVE son amplios. La puerta no queda cerca del inodoro. Aunque lo estuviera, el sistema automático impone sus ritmos y nada puedes hacer por forzar el eclipse. En esa violenta situación, percibida como una eternidad, traté de agilizar el cierre: introduje la mano sin que mi cuerpo cruzara el quicio de la puerta ni mis ojos incomodaran más a la agitada dama, y oprimí el pulsador interior de flechas rojas, además del inmediato inferior, rojo con el dibujo de un candado. La usuaria no se había cerrado por dentro. Confesó azorada que no supo hacerlo. O confió demasiado en un escaso uso del aseo y tiró a la baja en el cálculo de probabilidades, o le apremió una necesidad fecal y/o mingitoria disuasoria de cualquier consulta o análisis sobre el proceso de apertura y cierre. Para colmo, ese aseo estaba próximo al vagón cafetería, con el consiguiente trasiego de viajeros; algunos, supongo, espectadores forzosos y asombrados del episodio. Ni nos presentamos. Teníamos las manos ocupadas.
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