Desvergüenza
Autocrítica y referéndum son dos palabras inexistentes en el diccionario político. Esa carencia lo hace odioso. Ni siquiera los incumplimientos flagrantes más graves se afrontan con juicio crítico de los comportamientos propios. Se opta por una enredadera de explicaciones capaz de interpretar con otro sentido la hemeroteca, la fonoteca y la videoteca más diáfanas, inequívocas y comprometedoras. Sin turbación en la mirada, enrojecimiento del rostro, dubitación en el discurso, temblor en la palabra ni gestación de úlceras estomacales. La mentira, mantra del político profesional. Se extirpa el sentimiento de vergüenza y la sensación de ridículo. Puede reconocer que algo habrá hecho mal; en abstracto, sin concreciones. O se refugia en el recurso de una deficiente comunicación. Sus fieles -en el concepto ciego de una religión o de un fervor deportivo- se lo consienten. Se les ríe en la jeta y aún le sostienen una mirada bobalicona. Filosofía: en los míos, todo vale, todo se comprende. Y así una mayoría social acepta que la menosprecien y que la utilicen durante toda una legislatura, con el único derecho de introducir el voto en la urna. ¿Consulta? ¿Referéndum? Negativo: la ciudadanía no está preparada. Ni consultivos ni vinculantes. Podrían complicar el negocio de la política y poner en evidencia a los dirigentes y sus intereses personales y de partido. La democracia representativa está pensada para una sociedad con la soberanía hipotecada. La fidelidad hace dóciles. La lealtad adormece la rebeldía. La impotencia conduce a la indolencia y anestesia la crítica. España está infestada de actuaciones insoportables en una democracia de calidad, no solo nominativa. La cuadrilla de tahures fulleros es demasiado extensa, entre los descarados y los sibilinos. La devaluación de términos como rigor, coherencia, transparencia, honestidad, es escalofriante. Los procesos revocatorios, imprescindibles ante una ciudadanía engañada. Institúyanse.