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La mandíbula quieta

La ha liado Edurne Portela al afirmar que “la carcajada de Ocho apellidos vascos no es decente”. Como a nadie le gusta que lo ofendan, muchos de los que se rieron han respondido de modo agrio y hasta los que bostezaron han replicado que no es para tanto, que al cabo los que peor parados salen en la comedia son los malos. ¿Y si hubieran sido los buenos? La escritora juzga retrógrado e insultante bromear sobre un drama, un daño que en su opinión aún no ha sido reconocido. Sostiene que nos hemos saltado un paso muy importante, el de la autocrítica, y que vamos demasiado rápido en esto de partirnos la caja. Y siendo verdad que aquí ya andamos casi volando, también lo es que en ningún sitio resulta posible acordar al detalle los límites del humor.

Y es que la distancia obligada entre uno mismo y el chiste para que éste funcione depende de la posición de uno mismo, no del tipo de chiste. Y no siempre el ser humano, ni una sociedad, está en la situación requerida a toque de corneta. Yo por ejemplo odio los chistes sobre tetrapléjicos y subnormales, así los llaman aún algunos, pero sin duda los odio más hoy que hace años. Mis razones tengo. Así que aunque el motivo del chiste es el mismo, es a mí a quien la vida ha cambiado de lugar. No puedo exigir al prójimo a todas horas mi muy personal piel fina con respecto a esos asuntos. El prójimo tendrá la suya con respecto a los suyos. Y, sí, claro, ciertos temas nunca deberían tomarse a guasa, pero está visto que sólo la cercanía al dolor nos impulsa a mostrarnos censores. Anda que en el foro no han hecho gracietas sobre las huelgas de hambre y las torturas. Indecencia, de haberla, sin fronteras.