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Fofisano

El nacionalismo vasco con razón o sin ella se veía disgustado y oprimido, así que una mañana decidió acudir al gimnasio más caro y lejano, el Independence Fitness. Y camino de ese sueño, donde sin duda esperaban el sudor y alguna lágrima, ha ido encontrándose sano y guapo. También se ha percatado de que la nueva ciudad y el nuevo siglo rebosan de atracciones que lo entretienen y distraen del objetivo. Incluso ha caído sin consecuencias en la tentación del chocolate, llámese gol de Iniesta o voto a Pablo. Así que pese a expresar todavía el deseo de lucir un día músculo soberano, parece haber concluido que mola más ir, e ir eternamente yendo, que alcanzar la meta.

Le resulta cómodo andurriar, patiperrear, sopesar atajos hacia la utopía calorífica mientras deja michelines y gana tiempo ante los escaparates. Puede hacer publicidad del Independence Fitness, considerarlo en público fundamental para la salud y hasta para la supervivencia, y aun así demorarse con rentable parsimonia en la inscripción. Indignado si le niegan el derecho a autodeterminarse con la pesas, en verdad le sobra ese ejercicio para ser feliz. Durante el próspero paseo, con parada y fonda en gobiernos, diputaciones y capitales, airea la papeleta para darse de alta, y en simbólicas plazas se obliga a recordar su destino: ¡Independence, Independence! Sin embargo no muestra mucha prisa ni ganas por llegar. ¿Para qué correr a puerto si le basta el espejismo de la cinta mecánica? ¿Para qué arriesgarse a perder partidos oficiales si arrasa en los amistosos? El nacionalismo vasco en forma no reconoce su lozanía frente al espejo. Un país en marcha vende más que uno hecho.