Donald Trump ha asestado un golpe brutal a la ciencia al revocar el histórico “dictamen de peligro” impulsado por Obama en materia climática, sustento de las normas de protección ambiental de Estados Unidos. Aquella norma, presentada hace 16 años, reconocía los gases de efecto invernadero como nocivos y establecía límites claros a sus emisiones en vehículos y motores. En la estrategia de construir un mundo desregulado, Trump es despótico e irresponsable. Ejerce el poder a capricho de su propia ignorancia miope por el interés cuando alardea de ahorrar miles de dólares por coche y de liberar a la industria de trabas.

Es una enmienda flagrante a la inteligencia colectiva dar la espalda a estudios científicos acumulados durante décadas. Es pura conveniencia económica elevada a emblema ideológico. El consenso científico, por el contrario, resulta abrumador. Más de 88.000 estudios publicados entre 2012 y 2020 revelan un acuerdo superior al 99% sobre el impacto humano en el calentamiento global.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, respaldado por 1.300 expertos de todo el mundo, lo certifica de forma inequívoca: las emisiones antropogénicas de CO2 y metano alteran el clima con una probabilidad superior al 95%. La NASA y la Organización Meteorológica Mundial lo corroboran con datos irrefutables: el CO2 ha crecido un 151% desde niveles preindustriales. Estas no son opiniones aisladas, sino el fruto de miles de investigaciones rigurosas que Trump ignora con desprecio.

Esta negación no surge del vacío. Nace de lobbys e intereses industriales que priorizan el corto plazo sobre la supervivencia planetaria. Estados Unidos, como segundo mayor emisor mundial, sabotea así el espíritu del Acuerdo de París con consecuencias que ya padecemos: huracanes más feroces, sequías prolongadas y olas de calor letales, todas ligadas al desequilibrio climático. Europa no puede permitirse mirar para otro lado. Urge reforzar la transición verde hacia la autosuficiencia energética vía renovables, eficiencia y normativas sostenibles con inteligencia, sin dar la espalda al coste humano del esfuerzo en sectores económicos afectados. Es empleo, son personas que tampoco deben sentirse sacrificadas. Pero negar la ciencia no les aportará sostenibilidad ni bienestar.