El escándalo de Jeffrey Epstein no es solo la crónica sórdida de un depredador sexual, sino el retrato descarnado de una red elitista tejida con hilos de poder, favores y opacidad que acaba de llevar a prisión al expríncipe Andrés de Inglaterra. El financiero estadounidense tejió relaciones con altos ejecutivos, magnates y líderes políticos de medio mundo, desde Bill Clinton hasta miembros de las monarquías europeas, pasando por Donald Trump y personas de su círculo de interés.

No se trata de encuentros casuales sino estructurales y sistemáticos en los que Epstein ofrecía islas privadas, vuelos organizados y fiestas donde el sexo se convertía en moneda de cambio. Documentos de la investigación, que se ramifica y cuyo alcance está aún por determinar, señalan que la trama era impune a los controles estatales, con complicidades en bancos, inteligencia y Gobiernos que miraron para otro lado mientras niñas y jóvenes eran explotadas.

La frivolización del sexo y el abuso de poder hasta superar los límites de la ética con el núcleo de este sistema. Epstein no inventó el machismo, pero lo sublimó en un círculo vicioso donde mujeres jóvenes eran cosificadas, tratadas como trofeos intercambiables para sellar pactos. Hombres poderosos en una relación asociativa de intereses que se convierten muchas veces en negocios o influencia política a costa de personas vulnerables, desde la impunidad de su estatus.

No es un modelo de actuación lejano. Las denuncias de agresiones sexuales en el Estado español –desde casos en el PSOE, el PP o entornos mediáticos, instituciones públicas, deportivas y órganos del Estado como la Policía– repiten el guión: abusadores en posiciones de poder que normalizan el acoso, redes de silencios cómplices y una justicia lenta que perpetúa la impunidad.

El abuso se camufla bajo relatos de “compañerismo” o “tradición” y el machismo estructural –esa cosificación de la mujer como objeto de deseo o escalafón– frena la rendición de cuentas. Urge desmontar estas redes. No basta con condenas mediáticas ni partidistas, en la que el pecado siempre es del rival político. No acaba de implantarse una cultura social que castigue el abuso de poder sin ambages. Porque si Epstein fue la punta del iceberg global, los casos españoles son un reflejo del mismo machismo endémico.