La Comunidad Foral de Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca se erigen recurrentemente como modelos de eficacia social en materia de pobreza y desigualdad. Sin euforias injustificadas ni discursos apocalípticos, es justo reconocer que su desempeño ante retos iguales y factores de inestabilidad general equivalentes, es mejor que el de su entorno. Ayer se hizo pública la Encuesta de Pobreza y Desigualdades Sociales que elabora el Gobierno Vasco relativa a la situación en 2024 y muestra un repunte relativo de la pobreza pero un descenso continuado de la desigualdad (índice Gini). Igualmente, los últimos datos publicados por el Instituto Navarro de Estadística (INAIN) y la comparativa de ambas autonomías con los datos del resto recopilados por el INE, acreditan que se sostienen en el podio de las tasas más bajas de riesgo de pobreza y exclusión social y presentan una tendencia bajista. Estos no son indicadores esporádicos ni casuales. Reflejan el éxito de un doble ejercicio estratégico: una protección social generosa y un soporte persistente de la actividad económica. En Navarra, la baja intensidad laboral cae al 7,4% (-1,1 puntos) y la carencia material severa al 4,8% (-1,5 puntos), gracias a rentas garantizadas e IRPF progresivo. La CAPV suma empleo cualificado (tasa de paro inferior al 7%) e industria puntera. El índice Gini evidencia en los territorios forales un equilibrio social superior al promedio del Estado.
No obstante, como adelantábamos, la EPDS del Eustat ofrecía ayer un repunte de la pobreza en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa respecto a 2022 que debe servir de alerta. La inestabilidad global –guerras en Ucrania y Oriente Próximo, crisis energética, flujos migratorios– acecha esta solidez. La inflación acumulada y la volatilidad de materias primas erosionan la calidad de vida. Ante esto, la solidaridad es imprescindible: apostar y con convicción por la política prestaciones mínimas y combatir la cronificación de la exclusión. Pero, igualmente, la protección sin crecimiento es insostenible. Sin riqueza generada, no hay reparto posible. El equilibrio lo aporta una economía que multiplica oportunidades y una sociedad que las reparte con justicia. Mantengamos este rumbo. Es el antídoto contra la incertidumbre: crecimiento inclusivo para una prosperidad compartida.