No sé si habrá en el arte urbano y el muralismo propuestas como la suya: se cuela en un edificio que sabe o intuye que van a tirar, toma medidas en distintos pisos y estancias, plantea después en casa su dibujo y siempre a hurtadillas vuelve al lugar del crimen para pintar sobre las paredes que quedarán expuestas con el derribo. El tiempo y una empresa de demolición hacen el resto. A veces pasan años. Como con su primera aparición, un enorme tenista-King Kong que vio la luz en dos plantas y cuatro habitaciones de un edificio de la calle Ferrocarril, en la muga entre San Jorge y Buztintxuri.
Otras veces son pocos meses, caso de la tercera y reciente obra mural, la Estatua de la Libertad de la escena final de El Planeta de los Simios que saluda a todo el que sale del ascensor de la calle Descalzos. Sus dibujos de gran formato siempre hacen referencia a alguna película. Su nombre artístico ya apunta al absurdo y la obra confirma una defensa firme, talentosa, del gilipollismo. En el mejor de los sentidos. Porque frente a los dramas globales y las angustias de cada uno, de pronto derriban un edificio y el costado desnudo del bloque contiguo te recuerda, bien grande, que el mundo es también un lugar divertido. Victoria del tenista de Krakovia. Juego, set y partido.