El olvido español

21.05.2020 | 01:30

Arcadio Ibáñez, en la primera ocasión que tuvo para salir de casa ante la alerta sanitaria, fue a poner un ramo de flores al discreto monolito que hay en la vuelta del Castillo de Pamplona a los asesinados republicanos del 36. Un padre y cuatro tíos desaparecidos forjan un cordón umbilical que no se rompe ni siquiera con el paso de los años. La foto publicada en DIARIO DE NOTICIAS pasará al archivo común de la memoria, porque en ese instante se recuerda y se resume el pulso vital por la memoria familiar y colectiva de un agricultor consciente como Arcadio.

Varias mujeres, el día en el que inauguramos el Parque de la Memoria, se acercaron al muro de los asesinados y tocaron ese trozo de pared que, letra a letra, componía el nombre de un familiar llevado a manotazos fríos a un paredón. Ternura que aún retumba en esas noches de soledad y desvelo que acompaña en muchas ocasiones a estos familiares, llenos de interrogantes y dolor.

Jaime Esparza, en cuanto oye una brizna que habla de la CNT o del 19 de julio en Pamplona, llama corriendo para saber si hay alguna novedad sobre sus dos jóvenes tíos, asesinados el segundo día del golpe franquista que llenó de cunetas cerradas ese verano caliente del 36. Hay familias para las que en realidad la búsqueda ha sido su vida, su propia vida, porque cerrar aquello es cumplir una promesa con los antepasados y con los que vendrán. La memoria aprieta hondo, en lo más adentro, porque se ha visto sufrir mucho en cada suspiro cada vez que se clamaba por el familiar desaparecido.

En este mayo de confinamiento se cumplen ya 75 años de la liberación de Mauthaussen y conmueve ver el documental sobre los españoles en ese campo de exterminio, que ha sido recientemente estrenado en base al trabajo de Carlos Hernández. Paradójicamente, mucha de aquella gente sobrevivió al exterminio nazi, pero no al desprecio del franquismo y de la democracia.

Por olvidar, aquí hasta se olvidaron de nuestras raíces democráticas, que no nacieron en el 78 sino en el 31. Y, claro, luego ni miraron a toda aquella gente que fue admirada, también tardíamente todo hay que decirlo, en Europa. El primer monolito del Gobierno de España a los españoles muertos en los campos nazis es del año 2020.

Las cosas se hicieron tan mal que en 2005, cuando fuimos a hacer la primera exhumación con métodos científicos a Fustiñana, nadie nos preguntó nada. Ninguna autoridad, de las que habían sido avisadas, nos preguntó: ¿quiénes sois, a dónde os lleváis esos cuerpos? Tampoco nadie nunca nos preguntó, ¿y quiénes son esos siete que exhumáis, qué les ha sucedido, cómo fueron asesinados? En este país en 2005 podías abrir una fosa y llevarte siete cuerpos a Murchante sin que nadie te preguntara nada.

Aún peor, en el cementerio de las botellas de San Cristóbal había enterrados 131 presos sin que ninguna institución, durante 80 años, hubiera avisado a las familias. Y fueron muertos de morir y muertos de matar, que diría Ernesto Carratalá, él también preso en Ezkaba, porque se les murieron a los militares por enfermedad, neumonía y tuberculosis principalmente. Así que, se supone, la tutela de esos cuerpos era del Estado. Pero para qué explicarlo cien veces si no quisieron saber. Hasta tuvimos que llevar los restos de más de treinta presos en nuestros coches particulares hasta las manos de sus familias, ¡hasta Jaén, Vizcaya, Cuenca o Salamanca, en nuestro tiempo libre, con nuestra gasolina, sus muertos!.

Por eso, el valor de la memoria tiene que ver con la visibilización de una realidad que ha sido deliberadamente ocultada. Hablar de la violencia, encararla, dar voz a las víctimas y proponer otro paisaje moral que entierre aquellas prácticas negacionistas juegan, sin duda, un papel catártico. Y en ese camino siempre hay mecanismos que pretenden impedir cualquier avance que suponga una ruptura de ese relato del olvido.

Hace tiempo traté de allanar el camino de los concejales gobernantes en la pasada legislatura en Tudela cuando se disponían a cambiar los nombres franquistas del barrio de Lourdes. Función fracasada porque la polémica desatada fue mayúscula. De ese proceso me llamó la atención la actitud del concejal del PP, que en la reunión, y ante la descripción de lo sucedido en Navarra, de forma insistente me hablaba de lo sucedido en Paracuellos. Así, imagino, pretendía bloquearme cualquier razonamiento, el "ellos también han matado" es una reacción tan vieja como mezquina, porque quien trata de equiparar daños en realidad pretende minimizar la gravedad de lo sucedido.

Así que entre olvidos y compensaciones se ha construido buena parte de la memoria en este país. Ya se ha dicho hasta la saciedad, pero quienes forjaron buena parte de la memoria antifascista y democrática de Europa, aquí han sido olvidados. Y hoy, normal, necesitamos contar y llorar. Porque la herida de aquella gente olvidada se agrandó con cada año que pasaba en Francia sin poder volver, con cada "mejor olvidar".

Así que callar ante la violencia nunca es una buena opción, nunca, en ningún sitio ni en ninguna situación. Porque hay que renovar el patrimonio moral, reconstruirlo y salvaguardarlo de esas ruinas sobre las que se forjaron los discursos de odio.

Entonces el potencial subversivo de la memoria también apunta a una serie de tareas colectivas, entre las que se encuentra la consolidación de unos valores que no sean intermitentes y sirvan para reconocer en el otro, aun en la discrepancia más profunda y radical, a un semejante que merece ser respetado.

El caudal republicano en aquellos difíciles momentos de la II Guerra Mundial se manifestó en una organización eficaz y una capacidad de pelear, derrota tras derrota, admirable. Fueron claves en la liberación de París, pero también en los juicios de Nuremberg. En situaciones extremas se ayudaron y tuvieron una visión histórica al sacar del campo las fotos de los horrores nazis en Mauthausen y esconderlas en una casa cercana.

Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras, pintaron un 5 de mayo de 1945 en la única pancarta visible que había en el campo nazi, no olvidemos entonces que siempre, hasta en el lugar más oscuro y triste de la historia, hubo un republicano que luchó hasta el último aliento por los valores de libertad.

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