Don Quijote y la salud mental

29.06.2020 | 01:07

al escribir El Quijote, Miguel de Cervantes demostró una comprensión de la naturaleza y de la mente humanas muy superior a la mayoría de la sociedad actual que considera a las personas con problemas de salud mental poseídas por la maldad y culpables potenciales de hechos atroces. La extendida creencia de que los psicópatas son enfermos mentales representa un craso error porque, desde el punto de vista científico, se denomina psicópata precisamente al asesino en serie que no padece ningún trastorno mental, sino una falta absoluta de empatía hacia los demás, acompañada de un nulo desarrollo de su conciencia ética. Recordemos que esta novela realista, en dos partes, se publicó entre 1605 y 1615, es decir, hace cuatro siglos un escritor autodidacta era capaz de entender más que la media en el siglo XXI, lo que demuestra que no hemos avanzado tanto, aunque la ciencia haya dado un extraordinario paso hacia adelante. Don Quijote está caracterizado como un personaje idealista, bienintencionado, ingenuo, altruista, generoso y veraz, además de valiente, noble y muy digno. Se puede pensar que la ingenuidad, característica propia de muchos de estos pacientes, no constituye una gran virtud y ciertamente no parece muy práctica, pero sí que contiene una mayor belleza que el engaño, la mentira y el trampantojo. Simultáneamente, aparece como un individuo con alucinaciones auditivas y visuales que advienen a su imaginación casi siempre para nutrir sus fantasías, en que se figura que seres poderosos y malignos conspiran contra él. Su idealismo raya el delirio al embarcarse en la empresa de ir por el mundo solucionando los problemas y remediando las injusticias de los demás, algo que le cuesta casi siempre muy caro. La sociedad del Imperio español queda retratada en su conflicto con un hombre totalmente entregado a los valores más loables, pero incapaz de detectar la malicia de la mayor parte de las personas con que se topa. Si bien es cierto que emplea algún tipo de violencia, vemos que casi todos los personajes son potencialmente violentos, en una sociedad violenta. Lamentablemente, también nosotros hemos sido instruidos desde la más tierna infancia en una cultura de la violencia por casi todas las manifestaciones culturales y artísticas, incluida la historia como asignatura.

En la actualidad, predomina cierta pereza ante la lectura de El Quijote aunque esta novela comenzó su andadura como un superventas, sin un prestigio desbordante. Hasta no bien entrado el siglo XIX, los lectores lo disfrutaban mucho porque se reían a carcajadas de las desventuras de don Quijote y de las patochadas de Sancho Panza; solo a partir de un nuevo análisis propiciado por el Romanticismo se valoró que alberga unos conceptos éticos y estéticos más plausibles, y los eruditos la aceptaron como una obra excelsa. Y si bien El Quijote es un libro sumamente divertido con un estilo narrativo dinámico y unos diálogos muy ágiles, el marcado contraste entre los ideales más elevados y el sentido práctico de la gente común suscita las reflexiones más profundas sobre la ética y la realidad. Por otro lado, el libro contiene digresiones de gran valor intelectual, moral y ético, y mantiene en todas sus páginas una altísima y vigente virtud filológica y estilística. Sin embargo, nosotros tenemos que hacer hincapié en la caracterización ya en el siglo XVII de un personaje literario buena persona con trastorno mental grave. Pensamos que esta idea expresada por Cervantes debería haber cundido más. Por lo tanto, como en el estado de alarma muchas personas con problemas de salud mental, cuya problemática les induce a aislarse en su domicilio, se han adaptado mejor al duro confinamiento mientras que el porcentaje en general de sus delitos sigue siendo inferior a la media, solicitamos encarecidamente que ahora se les deje volver a pisar el asfalto, los centros de trabajo y formativos, los locales de ocio, etcétera.

El autor es filólogo y colaborador de Anasaps