Médico de familia objetor de conciencia

14.10.2020 | 01:21
Una opinión de Arturo Vinuesa

Soy médico de familia colegiado en Navarra. Tengo 51 años y hace tiempo decidí colgar mi bata de la Seguridad Social para lanzarme a la inseguridad social de ser autónomo en una pequeña consulta. Tenía 7 minutos por paciente y no podía tratarlos como se merecían. Lo que nunca imaginé es que los centros de atención primaria se convertirían en lugares de asistencia telefónica donde la relación médico-paciente es un milagro.

Quiero aclarar que no soy un médico negacionista, ni antivacunas, ni antimascarillas, ni antinada. Soy un médico a favor de la salud, de nuestro sistema inmune y del sentido común.

Esta pandemia ha puesto en jaque la gestión mundial de la salud, al sistema sanitario de cada país y al sistema inmune de cada persona, y nos ha puesto a todos con mascarilla, pero también ha desenmascarado muchos talones de Aquiles en personas, instituciones y gobiernos.

Nos han dejado sin vitaminas necesarias para nuestro bienestar físico y emocional. Estamos sin Vitamina A. La del Aire puro, los Abrazos y Amigos, y sólo tenemos vitamina A de Abuso de Autoridad. Nos han quitado la vitamina B de Besos y Bosques y nos la cambian por la vitamina V de Vacuna. No hay vitamina C de Cariño y Comprensión, pero sobra la vitamina C de Cobardía y Chantaje emocional. La Dignidad y Derechos de la vitamina D, ahora es Distanciamiento, Dependencia y División, y así podríamos seguir con todas las vitaminas.

Nuestros cerebros y sistemas nerviosos están siendo sometidos a un estrés desproporcionado y continuo. Cada telediario, con sus cifras de PCR y muertos con covid-19, cada vez que no puedo visitar a mi familia, cada inspiración sin O2, cada paseo por mi barrio con negocios cerrados y personas apagadas y rabiosas, etcétera, es un refuerzo negativo que pone en alerta mi sistema nervioso generando neurotransmisores de estrés y mi cerebro reptiliano activa el modo supervivencia. Esto es genial para defenderse o huir de un peligro puntual, pero si esta activación nerviosa es diaria y continua, perjudica y anula muchas funciones vitales: caen nuestras defensas, sobre todo los linfocitos CD4 y macrófagos (importantes en la inmunidad anticovid), se anula el sistema nervioso parasimpático (que es donde el cuerpo se relaja y se cura de sus enfermedades). También nuestro cerebro racional y emocional se colapsan: perdemos memoria, sentido crítico, empatía y resiliencia, etcétera. Esto provoca, según las reacciones, una actitud de parálisis, agresión o huida, y en las sociedades conlleva polarización y división.

Y así tenemos 3 tipos de personas: unas, generalmente mayores, que están en casa paralizadas, delante del telediario, sin querer bajar ni a por el pan, ni mucho menos que sus nietos vengan a darles vitaminas A, B y C. Otros son los que atacan y van por la calle increpando y denunciando. Y por último están las personas que huyen de esta situación. Hay muchas formas de huir; una es bajarse del barco y despedirse de la vida (mis amigos psiquiatras están muy preocupados por el aumento de suicidios). Otra es negarlo todo e ir a la contra (negacionismo extremo). Pero la más frecuente es la huida hacia adelante, es decir, agachar la cabeza, obedecer lo injusto, seguir en piloto automático y dejar mis derechos y mi conciencia detrás.

Esta huida hacia adelante, sin vitaminas y con hiperactivación nerviosa, unida a los cinco gansos que gobiernan países y los medios creadores de opinión, provoca un colapso seguro en nuestros mecanismos de defensa y de nuestros cerebros. Anulando nuestro sentido crítico, nuestra capacidad de juntarnos y con las dosis justas de noticias contradictorias y deprimentes, somos una sociedad perfecta y sumisa.

Como decía al principio, no soy un médico negacionista, ni antivacunas, ni antimascarillas, pero sí tengo curiosidad científica y me hago preguntas: ¿cómo es posible que este virus sea el primer virus respiratorio de la historia que se transmite en asintomáticos? ¿Por qué la OMS ha cambiado 34 veces su versión sobre las formas de transmisión, las mascarillas, los guantes, la prevención, las vacunas, etcétera? ¿Por qué España lidera el uso obligatorio de mascarillas y también lidera el número de rebrotes en Europa.? ¿Por qué obligan a las mujeres a dar a luz con mascarilla y a mí a ir al monte o a la playa con ella, y luego me la puedo quitar en la terraza del bar junto con personas que están fumando (que en unas comunidades está prohibido y en otras no)?

Entiendo la presión social y la urgencia generada por los titulares exagerados, pero necesitamos vacunas seguras y eficaces, y creo que las prisas y las presiones de gobiernos y farmacéuticas no deberían hacer sacar un remedio que luego sea peor que la enfermedad, más si cabe cuando su mecanismo de acción (insertando RNA.m. en el genoma) se inoculará en humanos por primera vez en la historia y no se puede saber sus efectos a medio y largo plazo sobre la inmunidad y sobre la salud. La paciencia es la madre de la ciencia, pero esta ciencia se ha desmadrado y nos promete la cura para Navidad.

En esta segunda ola, mucho menos virulenta, hasta qué punto, merece la pena, por no colapsar la sanidad, colapsar todo lo demás. Desbordar nuestra economía, nuevamente rescatada por Europa, creando miles de despidos y millones de autónomos dependientes de las ayudas de papá Estado. Desbordar la educación con medidas que asustan a alumnos, profesores y padres. Desbordar nuestro tejido productivo empresarial, nuestro turismo, nuestro ocio, etcétera, y, lo peor de todo, hemos hecho de la atención primaria y de la sanidad de este país, que era ejemplo para el mundo, un sistema caótico de teleasistencia y de teledesastre. Sin comerlo ni beberlo nos hemos abocado al teletrabajo, a la teleeducación, al teleconsumo, al teleocio, a los telecontactos y a la telesanidad. Telesanidad. Sin quererlo estamos siendo teledirigidos y teleacobardados y, ante esto, yo me hago objetor de conciencia.

 

El autor es médico de familia colegiado en Navarra