Era una noche especial para Amaia: primer concierto del año; primero también de esta segunda parte de la gira, que tendrá lugar en seis grandes recintos de todo el país; primera vez que tocaba en el Navarra Arena (hasta ahora, en Pamplona, había actuado ante aforos más reducidos, como el Teatro Gayarre, Baluarte y Ciudadela); y, por si fuera poco, era también el día de su cumpleaños.
El público respondió a su llamada de la mejor manera posible, esto es, agotando todas las entradas. A las 20:31 se apagaron las luces y Amaia apareció en escena para interpretar al piano Visión, la onírica pieza que abre su último álbum, Si abro los ojos no es real. Sin pausa, los cascos de un caballo marcaron la percusión de Tocotó, una canción en la que puede intuirse la admiración que siente la cantante por Marisol, seguida de Magia en Benidorm, en la que recorrió bailando el gran escenario. A su término, ya no pudo contenerse más y saludó a su ciudad, con la simpatía y el desparpajo que la han hecho tan querida por las miles de personas que, entregadas a la causa desde el primer momento, le cantaron el Cumpleaños feliz.
A estas alturas, sus músicos ya habían salido, aunque se mantenían en segundo plano, dejando que todas las luces y el protagonismo recayeran sobre la cantante. La vida imposible, de su segundo álbum, fue recibida con idéntico entusiasmo que sus predecesoras. Siguieron con la electrónica Dilo sin hablar, en la que Amaia empezó a sacar partido a todas las posibilidades que el enorme escenario le ofrecía, subiéndose a una especie de pasarela situada encima de su banda.
Varias cámaras seguían cada uno de sus movimientos para proyectarlos en las dos pantallas gigantes que había en los laterales. Así, la visión era perfecta desde cualquier punto del Arena, y lo mismo puede decirse del sonido, que llegaba al fondo del pabellón con absoluta nitidez. Continuaron con la sinuosa Nanai, plagada de percusiones y detalles, que fusionaron con La tarara, con Amaia nuevamente sentada al piano mientras su rostro compartía pantalla con imágenes de videojuegos.
Se quedó frente a las teclas para comenzar lo que anunciaron como Segundo acto, que se abrió con C’est la vie, en la que apareció, de pronto, un sexteto con cuerdas y metales que embellecieron el acabado de las canciones. Y siguieron las sorpresas: Me pongo colorada, de Papá Levante, sonó con la solemnidad de un aria y marcó el camino para la emotiva Auxiliar, dedicada por Amaia a su madre. Después, Ya está, con la artista tocando el arpa.
Con doce músicos
A su espalda, doce músicos iban acompañando con suma sutileza un texto en que reflexiona sobre la muerte. Quizás fuese por lo profundo del texto, pero pocas veces (por no decir ninguna) se habrá podido contemplar un recinto de las dimensiones del Navarra Arena en absoluto silencio. Doce mil almas conteniendo la respiración y escuchando. Uno de los mejores momentos de la velada se vivió con su versión de Santos que yo te pinte, de Los Planetas, entre lo sinfónico, lo alternativo y lo electrónico.
Y llegó el Tercer acto, que no fue el del desenlace, porque todavía quedaba mucha noche por delante, sino el del más difícil todavía, con la irrupción en escena de dieciséis coristas. En esta parte sonaron temas como Fantasma o Despedida, dedicada a su abuela, con Amaia exorcizando (y taconeando) su miedo a morir y su celebración de la vida. El despliegue de medios no fue inútil, aquello sonaba a gloria. Y por si fueran poco los dieciséis coristas, en Yo invito se unieron varios miles de gargantas, que cantaron el estribillo mientras Amaia sonreía emocionada, en medio de una cuidada coreografía. El cénit de esta parte se alcanzó con la atronadora versión de El nuevo verano, que hizo retumbar las gradas del Arena.
Final bailable
Para el Cuarto acto habían reservado las canciones más bailables y electrónicas de su repertorio. Se retiraron los coristas y la sección sinfónica, dejando a Amaia con su banda. Fue el turno de M.A.P.S., Giratutto (que contó con una iluminación más “discotequera”), El encuentro o La canción que no quiero cantarte (con final “bisbalizado” al son del “Ave María, cuando serás mía”). La primera composición publicada por Amaia, Quedará en nuestra mente, hizo las veces de cierre en falso del concierto, con todo el público cantando y bailando.
Los bises
Llevábamos poco más de noventa minutos de actuación y nadie se creyó que aquello hubiese terminado. Quedaban los bises, que vinieron cargados de emociones: la tradicional Zorongo gitano, interpretada por Amaia a piano y voz (menudo piano… ¡y menuda voz!); Yamaguchi, esa canción con aires de jota dedicada al parque de Pamplona; la trepidante Aralar, con los coristas de nuevo sobre las tablas; y Tengo un pensamiento, que comenzó a capela y terminó con un verdadero deleite de cuerdas, percusiones, metales y coros. Todo el Navarra Arena se puso en pie para despedirse, pero aún quedaba una última propina: Bienvenidos al show. Deslumbrante.