Gorramendi, un alto en el camino

10.01.2022 | 00:53
Felipe Gurrutxaga Arratibel

la sugerencia de un amigo me ha espoleado para contar el relato de mis vivencias en Gorramendi. Hace no mucho tiempo, este periódico dedicó un monográfico al cuartel de Gorramendi, desde un prisma distinto que no invalida lo que aquí se va a relatar.

Comenzando por lo inconfesable, debo reconocer que acudí al servicio militar, con carácter voluntario, necesitado de hacer un "alto en el camino" en una vida sin rumbo. Así que me alisté en el ejército del Aire, y después de un invierno de instrucción en Zaragoza, con el cierzo haciendo de las suyas, y un sargento chusquero obsesionado con mis apellidos, abandoné la base aérea de Zaragoza sin poner un pie en ningún objeto volador, que de suyo correspondía, o yo así lo creía.

Llegué al cuartel de Gorramendi a principios de la década de los setenta, con los malos augurios pisándome los talones. Ya el primer día, con ocasión del traslado de un armario entre cuatro compañeros, tuvimos el infortunio de que sonaran a la vez la colisión del armario con el suelo, y una blasfemia que retumbó en todo el cuartel, y llegó a oídos del capitán, quien después de indagar la identidad del blasfemo y no obtener respuesta, el azar me llevó a correr con la peor parte. Me quedé sin pernocta ese fin de semana, y el entretenimiento de limpiar todos los utensilios de cocina oxidados, amontonados en una especie de piscina. Y eso que el ejército del Aire llevaba fama de ser el más aperturista de los tres ejércitos.

Como no hay mal que por bien no venga, los "abuelos" del cuartel se apiadaron de mí, librándome de las novatadas y pasando a ser su protegido. Olvidada la resaca de la blasfemia, el capitán me ordenó organizar un curso de alfabetización, en un arranque de buenas intenciones, que duró una puesta de sol, no sin antes orquestar una campaña para blanquear la imagen del ejército.

El destacamento estaba enclavado en un lugar estratégico, con vistas a los valles de ambos lados de la frontera, un espectáculo para los sentidos, desde el alba con los primeros rayos alumbrando el Baztan, o el crepúsculo tiñéndola de rojo, cuando no el mar de nubes escondiéndola en su regazo, o las nieves del invierno cubriéndola de blanco. Y allí, más arriba, en la cima del Gorramendi, dónde el viento azota con dureza, dos grandes esferas blancas dispuestas a tocar el cielo, con la última tecnología para detectar todo lo que se movía en la península, junto con Morón de la Frontera y Rota, formaban una especie de triángulo de las Bermudas, todo ello controlado por el ejército americano, sin que el español se jalara una rosca. Su única función era custodiar la seguridad de las instalaciones, disponiendo de 4 garitas, y el funcionamiento de los radares era cosa exclusiva de los americanos.

Formaban como dos cuarteles en uno. Por un lado el de los americanos, edificado con los últimos materiales de construcción, grandes ventanales para que penetrara la luz, habitaciones individuales, sala de cine, bolera, amplia cafetería, salón de estar..., mientras las instalaciones del ejército español construidas de piedra del lugar, habitaciones de a cuatro, y una lúgubre cantina con cuatro mesas para jugar al mus. Todo ello conformó como una especie de orgullo patrio que nos dió su juego.

El funcionamiento de ambos ejércitos era como la noche y el día. El americano mucho más profesionalizado, recordaba a una empresa privada, con sus horarios en que prestaban servicio y el resto del día ejercían de civiles, vestidos de paisano, no les vinculaba la disciplina militar, mientras nosotros obedecíamos órdenes las 24 horas del día y siempre vestidos de militares. Cada semana se fletaba un avión desde Frankfurt a Fuenterrabía, con toda clase de mercancía, desde militar hasta doméstica, incluida alimentación, música, revistas, películas... y cada primer viernes de mes, organizaban orgias que duraban toda la noche, fletando un autobús de chicas, la mayoría del otro lado, y gran parte de los soldados americanos con unas cogorzas de aquí te espero.

Algunas chicas de la zona se dejaron seducir por el porte y el dólar americano, acabando varias de ellas embarazadas, las menos consiguieron terminar en EEUU con el padre de la criatura, y el resto se convirtieron en madres solteras.

Terminado mi breve periplo como maestro, me incorporé a la sección de obras. El primer cometido fue hacer una zanja de 50 cm x 50 cm, a lo largo de unos 200 metros que unía el destacamento con la cima del Gorramendi, con la intención de tirar una línea telefónica. A los pocos días de finalizada la zanja, se nos ordenó volver a taparla, y si te visto no me acuerdo. Todo un ejercicio de eficacia y previsión.

Con el trabajo del comando de obras a salto de mata, nos conjuramos los oficiales albañiles, y yo mismo, para proponer al capitán la construcción de una nueva cafetería que fuera la envidia de los americanos, sabedores de que nuestro primer oficial echaba mano de su orgullo herido a la menor ocasión. Planificamos con él los detalles de la reforma, y también los beneficios una vez acabada, un mes de permiso. La nueva cafetería fue la envidia de los americanos y el motivo de que nuestro capitán se paseara con la cabeza bien alta.

La relación con los americanos de la base recordaba a la serie de "arriba y abajo", y así venía siendo costumbre desde años atrás, que soldados españoles repusieran los bolos en su lugar, mientras los yanquis se divertían en la bolera a cambio de una mísera limosna. Nuestro pequeño triunfo con la cafetería nos animó a negociar el aumento de nuestros emolumentos. Después de duras negociaciones conseguimos un importante aumento pero poco duró la alegría, porque al tiempo instalaron bolera automática.

Así que las espadas continuaban en alto hasta que un suboficial americano y un soldado de Ejea de los Caballeros se retaron a beber de un trago una botella de ginebra, que terminó con un coma etílico del aragonés que duró más de una semana, y el americano con un pedo como un general, pero en pie. A los testigos propios se nos castigó con un mes sin salir del cuartel, mientras los americanos se fueron de rositas.

Son una pequeña muestra de algunas anécdotas que rodearon la convivencia de dos ejércitos que no se parecían en nada, pero ambos estamparon su firma en la vida del valle, a cambio de disfrutar de la belleza de un paisaje pintoresco, un oasis en medio del páramo franquista.

El destacamento estaba enclavado en un lugar estratégico, con vistas a los valles de ambos lados de la frontera, un espectáculo para los sentidos

El funcionamiento de ambos ejércitos era como la noche y el día. El americano mucho más profesionalizado, recordaba a una empresa privada

noticias de noticiasdenavarra