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Tribunas

Inmatriculaciones: la codicia de la Iglesia navarra

Inmatriculaciones: la codicia de la Iglesia navarraUNAI BEROIZ

Dicen ser discípulos de Jesús de Nazareth, ese carpintero de Galilea que nació, vivió y murió pobre. Alguien que decía a todos los que le querían seguir que tenían que desprenderse necesariamente de sus bienes materiales. Pero, paradójicamente, ellos, los autoproclamados discípulos suyos (llámense cardenales, arzobispos, obispos...) se aferran con uñas y dientes a una inmensa cantidad, casi innumerable, de posesiones terrenales sin parecer importarles que miles de seres humanos mueran de hambre cada día. Posesiones materiales de las cuales, además, se han apropiado, en algunas ocasiones, de una forma que no es, en absoluto, ni ética ni evangélica.

Es el caso, por ejemplo, de los denominados bienes comunales, pertenecientes a diferentes municipios, que han sido inmatriculados por la Iglesia católica aprovechando muy astutamente los subterfugios de la legislación promulgada en tiempos del Gobierno de José María Aznar, ese personaje que para algunos pasa por ser un católico de pro. Una legislación que permitió que bienes que, hasta entonces, eran de dominio público pudieran ser privatizados a favor de la Iglesia católica.

Centrándonos en la Comunidad Foral Navarra: los Bienes Inmatriculados de esa forma por la Iglesia ronda los tres mil, entre los cuales se encuentran huertos, campos diversos, viviendas, fincas, jardines.

El señor Florencio Roselló, arzobispo de Pamplona y Tudela, como máximo representante de la Iglesia católica en la Comunidad Foral, es el responsable último de que esos bienes inmatriculados permanezcan en poder de la Iglesia y no hayan sido devueltos a los municipios correspondientes. Esto es algo que, además de chocar por completo con el mensaje del carpintero de Galilea, indigna cada vez a más ciudadanos navarros, tanto creyentes como no creyentes, entre los cuales me incluyo.

La Plataforma de Defensa del Patrimonio Navarro lleva años luchando para que esos bienes sean devueltos a sus propietarios originales, es decir, a los municipios. El pasado lunes, como se lleva haciendo desde hace trece años, varios cientos de ciudadanos navarros se sumaron a la kalejira, convocada por dicha Plataforma, y recorrieron las calles del Casco Viejo para mostrar su desacuerdo con las inmatriculaciones. La kalejira, amenizada por la fanfarre Fan Fan Xar, finalizó su recorrido en la puerta del Palacio del Arzobispado, palacio que se encontraba protegido, como no podía ser menos, por efectivos policiales.

La intención de los manifestantes era entregar carbón al arzobispo para, así, recriminar, simbólicamente, su actitud. Pero, a pesar de que alguno de los manifestantes llamó a la puerta del Palacio Arzobispal, nadie respondió. El arzobispo no dio la cara aunque, muy posiblemente, se encontrase en aquellos momentos en el interior del Palacio pertrechado dentro de las gruesas paredes que encierran sus tres mil metros cuadrados de superficie. ¿Por qué no quiso dar la cara el arzobispo? ¿No será porque, en el fondo, es consciente de que el hecho de apropiarse de miles de Bienes Comunales no tiene justificación alguna?

Señor arzobispo: ¿hasta dónde va a llegar la codicia de la institución a la que usted representa? ¿No le parece que la Iglesia católica, antes de llevar a cabo las susodichas inmatriculaciones, era ya propietaria de una inmensa cantidad de edificios, terrenos y bienes diversos a lo largo y ancho de toda la Comunidad Foral? Por no hablar del expolio de terrenos públicos que supuso para el municipio pamplonés, allá por los años sesenta, la construcción de la Universidad del Opus Dei.

Dígame señor arzobispo: ¿no tenían ustedes ya suficientes posesiones terrenales para tener que apropiarse de las propiedades comunales de los diferentes municipios? ¡Vergüenza les tendría que dar..! Pues mire, señor arzobispo, cada vez somos más los ciudadanos navarros que nos revelamos ante los atropellos que ha cometido y sigue cometiendo la institución a la que usted representa.

Una institución, cuyos inmuebles, recordemos, están inexplicablemente exentos del pago del IBI y cuyos dirigentes, autoproclamados como representantes terrenales de un supuesto Dios, se consideran legitimados, para conceder o denegar pasaportes para una, no menos supuesta, eterna vida celestial.

Una institución que, si tiene dos mil años de existencia, no es por su credibilidad sino por el temor que suscita en tantas personas lo que pudiera llegar a haber más allá de la muerte.

Un temor que la Iglesia católica ha rentabilizado siempre, y sigue rentabilizando, en su propio beneficio. Pero por mucho que les pese a algunos, la Iglesia católica, por todopoderosa y privilegiada que sea, no debe dejar de ser cuestionada. Y así lo estamos haciendo y lo seguiremos haciendo cada vez más personas.

¡Ojalá, más pronto que tarde, dicha institución dejase de ser todopoderosa y privilegiada! Por un mínimo de justicia, con mayúsculas, y también, por un mínimo de respeto hacia el mensaje original de ese carpintero de Galilea que lleva siendo traicionado y tergiversado desde hace tantos siglos.