La inteligencia humana es el eso desconocido, aun para el propio humano, que la humana inteligencia artificial aspira cuando menos simular para así poder imitarla objetiva, subjetiva e intersubjetivamente mediante la constatación y conveniente reproducción de sus recurrentes patrones. El artificio, por su parte, es lo dado naturalmente en el hombre, tal como ha sido constatado entre otros por Peter Sloterdijk cuando nos habla de la “antropotécnica real” en sus archiconocidas Normas para el parque humano. Para empezar, el filósofo alemán sostiene en dicho ensayo, ya de forma avanzada y concluyente, el que “los hombres son seres que se cuidan y se protegen por sí mismos y, vivan donde vivan, generan alrededor suyo el entorno de un parque. Parques urbanos, parques nacionales (como vimos en Marcuse), parques cantonales, parques ecológicos, en todas partes el hombre debe formarse una opinión sobre el modo de regular su autosostenimiento.” El paraíso ya era en sí mismo un arcano parque del ayer para lo del más allá. Y en su gobernanza, inspirándose en las enseñanzas del platónico arte de lo real, afirma para la antropotécnica el imprescindible requisito de que: “el político sepa entretejer del modo más efectivo las propiedades de los hombres voluntariamente gobernables que resulten más favorables a los intereses públicos, de manera que bajo su mando el parque humano alcance la homeostasis óptima. Esto sucede –apostilla el autor– cuando los dos extremos relativos propios de la especie humana, la fortaleza guerrera, por una parte, y la prudencia filosófico-humana, por otra, son introducidos en el tejido del interés público con la misma fuerza”.
Siendo ahí, donde interviene otro filósofo alemán, Markus Gabriel, con su paradójica propuesta de creación de algo así como un Capitalismo ético, verdadero ejemplo donde los hubiere de pragmático oxímoronismo iniciado por la consigna de que “el mejor negocio por hacer es aquél de hacer el bien”, basándose en una combinación de emergentes principios tecnológicos así como de otros más tradicionales de condición económica, una vez se ha descartado toda iniciativa políticamente revolucionaria. A este complejo de acciones viene a denominarlo como “progreso”. Y, para ello, requiere negar la condición de sistema del capitalismo reduciendo su condición a “mera dimensión de nuestra vida económica”: “Esta dimensión consiste en un conjunto de condiciones vagamente conectadas que generan soluciones creativas y efectivas a nuestros problemas de supervivencia. La respuesta correcta a las diversas incertidumbres y complejidades de nuestra era de crisis anidadas no es un cambio de sistema ni una revolución, sino un complejo conjunto de reformas; algunas de estas reformas deben ser, de hecho, bastante visionarias y, por lo tanto, radicales”. Es lo que este autor propugna como liberalismo ecosocial y que encuentro cierto paralelismo con la vía ecofabista definida en otro lugar, en la añoranza de los valores de un capitalismo ya superado por el tecnofeudalismo, en la opinión de otros pensadores como Byung-Chul Han.
El dictaminado, por imperativo, progreso del hoy, son las autocráticas políticas trumputinianas basadas en la intervención no tanto de la sabiduría como de la fuerza, según puede ser apreciado y constatado sin dificultad alguna. Ahora bien, al preguntarnos por el lugar donde se encuentra la otra parte del binomio alemán, esa prudencia filosófica y bondad ética propuestas, se constata diáfanamente estar ausentes en el presente de sus acciones. Así podemos comprobar, sin margen de error, los intereses que los puedan motivar, pero en absoluto las bondades de sus empresas (Petronor/Repsol, al margen). Ambos, sin duda alguna, usan de intelecto y retórica, pues en tales casos, emulando el pensamiento de Donald Davidson sobre el contenido del habla, “el tema (que los entrelaza unificándoles) depende simplemente de cómo se establece la conexión básica entre las palabras y las cosas o los pensamientos y las cosas”, dando lugar a hechos, sucesos y acontecimientos.
Su misión, por otro lado, es la de no dejarse engañar por El mito del votante racional –obra del economista Bryan Caplan– una vez haya sido convenientemente desmitificado por la evidencia de que la premisa por la que el pueblo es depositario de la voluntad de quienes hayan de gobernar en su nombre, requiere de un conocimiento y una información que no tiene y nunca habrá de poseer al estar claramente distorsionada por congénitos sesgos de la irracionalidad que en su tetrapartición fundamentalmente consisten en ser aquellos del anticapitalismo, el odio hacia el extranjero, la naturaleza positiva de la creación de empleo y la sensación de un irrefrenable declive económico. Su extenso análisis sobre la economía percibida por el público fundamentalmente norteamericano, basada en la SAEE (Encuesta de Americanos y Economistas sobre Economía de 1996), donde supuestamente se mide “lo que la gente dice creer” –recientemente traducido al castellano–, plantea nada más ni menos el que “debilitar la democracia a favor de los mercados puede ser algo bueno”.
Para llegar a tales conclusiones, parte del nihilista aserto nietzscheano de que tener fe (religiosa) consiste en no querer saber qué es la verdad, pretendiendo, a su vez, hacernos partícipes del mundo de creencias alrededor de la religación económica. Con ello se pretende, de paso, aliviar la extendida sensación de un vacío de sentido y existencia en todo lo que nos afecta, analizando la sociedad mediante la aplicación de una lógica escindida entre expertos, ciudadanos ilustrados y público en general, donde son los primeros, en su opinión, quienes tienen un juicio más acertado al estar fundamentalmente mejor informados. Ahora bien, nos dirá, si partimos del principio de que “el tiempo es dinero y estar bien informado requiere tiempo”, a sabiendas de que “la gente busca un equilibrio entre el beneficio derivado del saber y el coste que deben asumir para formar criterio sobre los asuntos públicos”, no es de extrañar nos recomiende que “el camino más prudente, (pase) por averiguar lo suficiente como para tomar una decisión más o menos buena, sin incurrir en tantos costes”, depositando, por ende, plena confianza en el criterio del principio de autoridad y competencia de estos supuestos expertos que lo suelen ser “de parte”. Consejo que, desgraciadamente, al parecer, no sirve ni para su máximo representante gubernamental. Visto lo cual, al humano corriente, esa, para algunos, efímera concretización de un combinado matérico, no nos queda otra opción que la cotidiana vacui-factura del diario quehacer. Es decir, para el poder, su sometimiento. Pues no en vano, en otro lugar, Peter Sloterdijk afirmara: “Desde que el progreso es automático, el optimismo frente al futuro se ha convertido en melancolía de los procesos”.
El autor es escritor