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Trump

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Prometí no escribir una sola palabra desde mi último artículo sobre el particular. Lo prometí de ese modo en el que se cierra una caja con doble vuelta de llave y se tira caja y llave al mar. Así de rotunda e incontestable fue mi decisión.

Acontece que este tipo abyecto no ha dejado ni por un segundo de poner en tela de juicio la dignidad misma de la humanidad toda. Si esta humanidad no es capaz de analizar y detener ipso facto la atrabiliaria y dañina maldad de este ser abyecto, zafio, vulgar, corrosivo, brutal, enajenado de sí, es cuestión de preguntarse de qué furtivas mimbres está hecha. Qué le ocurre, si ha dejado de tener consciencia de sí o, si el individualismo menos edificante la ha anulado por completo.

Un individualismo de muy corto recorrido que ha abdicado de cualquier clase de valor, idea o soporte moral. Ya los griegos establecieron la idea del límite, que es tanto como dar plena soberanía al sentido común. Este adalid del mal mismo y del individualismo más sangrante ha arrasado con cualquier clase de ley moral y ha arrasado con el mismísimo sentido común.

Sí, prometí no escribir una línea más sobre él, porque creo firmemente en la fuerza de la omisión cuando es activa. Nadie, ni de forma particular y menos aún colectiva debería escribir nada en absoluto sobre este tipo. Sería un silencio atronador que terminaría con él de un modo breve. Un sujeto de semejante cariz debiera estar internado en aquel manicomio de Quién voló sobre el nido del cuco, y Jack Nicholson y el Chief indígena lo abofetearían sin cesar, día y noche en un ritual de profunda limpieza del espíritu y de justicia restaurativa. De todo individuo, de la humanidad entera. Claro que, como ven, he sentido la necesidad de escribir estas cosas porque había –y hay a día de hoy– algo inconcluso que debe concluir de inmediato. Y debe hacerlo porque la indignidad de este peligroso mequetrefe pone en peligro la dignidad misma como concepto y praxis de una humanidad sufriente y desnortada hasta el tedio mismo, hasta la fatalidad.

Un hombre, Donald Trump, hijo de inmigrantes, que asesina en las calles de Mineápolis y de otros lugares, a otros inmigrantes –pobres, eso sí, a los ricos no los toca– mediante una clase letal de policía patriótica que se ha sacado de la manga para detener, torturar asesinar a todo inmigrante pobre que sea detectado por sus redes de espionaje brutal y por él mismo.

Debo decir que no me satisface esto que escribo, tampoco el hecho incuestionable de que un zurruño de esta categoría me haya obligado a romper mi promesa, porque era una promesa firme para con ustedes y, sobre todo lo era para conmigo mismo. He roto mi promesa. Les pido disculpas. Esto es lo que hay.

Es posible que alguien con suficiente poder mediático y naturalmente militar, haya decidido que debemos vivir en la abyección misma, incluso en su resignada aceptación. Esto es lo peor de todo, la aceptación, porque es tanto como renunciar a la propia vida y al disfrute de la misma. Del misterio apasionante de la vida.