La actualidad de la cuestión groenlandesa me ha hecho recordar lo que leí hace años acerca de la posible existencia de una Nouvelle Navarre en la gran isla helada. Importa subrayar que las líneas que siguen proceden de un relato novelesco, de Gabriel de la Landelle (1812-1886), capitán de la marina mercante, escritor y político francés, que en 1856 recorrió las costas del suroeste y el sur de la mayor isla del mundo en una expedición al mando de un príncipe de la familia Bonaparte.

El viaje tenía un carácter científico, pero también político. De hecho, Landelle estaba interesado en los progresos de las diversas naciones marítimas en relación a la navegación, el comercio, etcétera desde una perspectiva nacionalista. De ahí que, llevado por sus deseos, más o menos ilusorios, de que Francia extendiese su influencia por aquellas tierras, llamó Nueva Navarra a una pequeña parte del territorio. El asunto, por tanto, creo que tiene algún interés, más allá de la mera curiosidad. Veamos.

Desde la exploración de Jacques Cartier, en 1534-1535, hasta finales del siglo XVI, Francia organizó una serie de expediciones a la región del río San Lorenzo, el núcleo inicial de Canadá. Algunos de los enclaves que construyeron estos pioneros fueron destruidos. En la tarea de su reconstrucción habrían participado aventureros católicos que derrotaron a los indígenas y liberaron a descendientes de colonos islandeses, noruegos y daneses. Como algunos de esos excautivos hablaban de Osterbyg como de un país idílico, hacia 1600 equiparon una flotilla y ocuparon una zona a la que llamaron Nueva Navarra en honor de Enrique IV de Francia (Pau, 1553-París, 1610), el Enrique III de Navarra, que hasta 1589 reinó solo en lo que quedaba de la Navarra independiente. Cabe pensar que entre estos nuevos canadienses habría algunos originarios de la Baja Navarra.

Sea como fuere, muy pronto los nuevos navarros entraron en contacto con los últimos colonos dinamarqueses (daneses) que vivían en las montañas y que, después de haber sido abandonados por su metrópoli, aceptaron la dominación francesa. Con la autorización del rey, la Nueva Navarra se habría convertido en ducado, y durante unos pocos años mantuvo buenas relaciones con las colonias vecinas y con Europa. No obstante, pronto se dejó sentir en la colonia la profunda división existente en Francia entre católicos y hugonotes, y además un banco de hielo helado que bajó del polo Norte cerró la bahía por la que accedían desde el mar.

Los navarros trataron de restablecer las comunicaciones, pero se encontraron con grandes obstáculos, pues la erupción de un volcán había transformado a su nueva tierra en un archipiélago de rocas escarpadas y montañas de hielo. Además, la falta de madera adecuada les impedía llegar navegando al sur de Groenlandia.

Algunas expediciones mandadas al desierto helado del Norte desaparecieron víctimas de las tempestades, las avalanchas y los osos. Los tres únicos supervivientes de la última expedición trazaron un cuadro tan negativo del clima y del camino que los navarros renunciaron a ponerse en contacto con otras colonias y optaron por quedarse en su Nouvelle Navarre. Y es que, si bien los vientos del Este producían desastres, eran poco frecuentes. Además, estaban abrigados de los vientos del Norte por una cadena de montañas y durante el verano la tierra era fértil, ya que un banco de hielo protegía las tierras.

Uno de los objetivos de la expedición de 1856 era buscar los vestigios de la antigua Osterbygd (asentamiento del Oeste), que según Landelle era el nombre danés (Osterbygden) de un antiguo establecimiento vikingo en Groenlandia y el de la Nueva Navarra, que también se denominó Tierra de los Volcanes. Nuestro autor señaló que entró en contacto con los herederos de aquellos pioneros, que hablaban francés y que vestían los mismos ropajes que en la época de Enrique IV. Le dijeron con orgullo que ellos eran navarros procedentes de la Nueva Francia. Esta circunstancia y la siguiente descripción de los contornos de la Nueva Navarra permiten sospechar que quizás se extendió al sur de Groenlandia: era un oasis de más de veinte leguas cuadradas, cuyos límites al Sur eran desconocidos de los mismos habitantes, de tal modo que sería difícil decir si era una isla o una parte de la Groenlandia meridional.

Además de pintar con vivos colores las luchas entre las tribus indígenas, el clima hostil, los viajes en trineo y una historia de amores, Landelle detalló con gran precisión algunos nombres históricos reales de los accidentes geográficos y de los establecimientos franceses en Canadá desde finales del siglo XVI. También lo hizo así con los de Groenlandia que recorrió en su viaje. Sin embargo, a diferencia de la Nueva Navarra mexicana, limítrofe al territorio de los apaches, aparentemente Nouvelle Navarre no aparece en la cartografía del este de Canadá y de Groenlandia de los siglos XVI, XVII y XVIII, aunque no he podido consultar la historiografía canadiense y la francesa para corroborarlo. Esta ausencia de más información me impide ir más allá de las noticias expuestas y conocer en qué medida son el fruto de la imaginación de un novelista del siglo XIX, al menos en lo referido al término Nueva Navarra.

En cualquier caso, resulta más que probable que en los siglo XVI y XVII hubo bajonavarros que participaron en la conquista del Canadá oriental y entraron en contacto con colonos daneses, y que quizás visitaron la Groenlandia meridional.

El autor es profesor honorario de la UPNA