Estamos asistiendo con una mezcla de estupefacción, desesperanza y temor al ascenso, incomprensible para muchos, del ideario fascista, fenómeno que se da principalmente en la juventud, debido posiblemente no solo a la influencia de sus principales canales de información y adoctrinamiento como son las redes sociales, sino al desencanto de una política que no resuelve en absoluto sus problemas más acuciantes, como el de la vivienda o la falta de oportunidades.
Este fenómeno preocupante y de extrema gravedad exige acciones urgentes para preservar las formas de vida democrática conquistadas no sin muchos esfuerzos y sinsabores y es por ello que dicha urgencia nos emplaza a las personas, partidos e instituciones que entendemos que hay que frenar esta peligrosa deriva ideológica y política, a tomar decisiones inaplazables.
No parece que hoy por hoy muchos de los partidos y coaliciones que se declaran de izquierda sean plenamente conscientes de la gravedad de la situación que podría darse si en una próxima cita electoral fuese la ultraderecha la que impusiese sus criterios y decisiones políticas. Y si realmente son conscientes, todavía se comprende menos las reticencias y negativas a una amplia coalición que animaría a muchas personas a participar e infundiría la necesaria esperanza, coalición que a su vez tendría muchas posibilidades de ser una alternativa en un futuro gobierno del estado. Siendo consciente de las dificultades que entraña este proyecto, lo considero en la actualidad indispensable.
Yo sigo con mucho interés el devenir de los acontecimientos con la madurez que da la edad y he podido leer con cierta sorpresa como partidos que se declaran de izquierda (y me consta que lo son) como el caso de EH Bildu y con el que en muchos planteamientos coincido, haga afirmaciones Arnaldo Otegi tales como: “Nuestro proyecto es y será un proyecto por y para nuestro país: Euskal Herria y su gente”. No creo que esta razón sea incompatible con, en situaciones críticas, no poder participar de una alianza común antifascista. Lamentablemente la misma posición parece ser la de BNG y ERC.
Ante una situación tan delicada, no solo a nivel nacional español sino europeo, tampoco creo que se puedan adoptar actitudes de tal miopía e irresponsabilidad, puesto que, en el caso de un gobierno de ultraderecha, definición en la que incluyo también al PP, los enormes problemas que tendríamos todos los que nos consideramos progresistas o miembros de naciones sin Estado, como es el caso de Navarra o Euskal Herria en su conjunto, así como las otras citadas, perderíamos lo inimaginable. Padeceríamos con toda seguridad un ataque institucional desde el gobierno español a derechos ya conquistados, aunque éstos sean parcialmente, y no solamente en cuestiones de autogobierno, sino en lo relativo a nuestra lengua y cultura, entre otros y entonces todos seríamos perdedores. La ofensiva político-judicial sería imparable y los sueños de mejorar nuestras comunidades y nuestra situación en muchos ámbitos también.
El mismo argumento es aplicable a Podemos y otros pequeños grupos que ya están condenados a la irrelevancia política en el panorama político español.
El problema subsidiario que se deriva de estas actitudes tan poco proclives a la unidad de la izquierda es que empujan a muchas personas desencantadas y decepcionadas a la abstención y al rechazo de la política, lo que retroalimenta a su vez el ascenso de las citadas ideologías de corte fascista que tantos desastres han ocasionado y podrían volver a hacerlo.
Por todo lo anterior, yo pediría o exigiría una profunda reflexión y la aceptación de una realidad incuestionable que cristalice en una propuesta de esperanza y acción común.