Hay una tentación recurrente cuando una sociedad se enfrenta a los símbolos más oscuros de su pasado: hacerlos desaparecer. Cubrirlos, vaciarlos, derribarlos. El gesto produce alivio inmediato, una sensación de higiene moral que tranquiliza conciencias. Pero conviene preguntarse si ese alivio no se paga demasiado caro. Porque la historia demuestra que el totalitarismo no se combate con silencio, sino con exposición crítica.
Los monumentos ominosos no son restos neutrales del pasado. Son artefactos ideológicos, diseñados para glorificar una violencia concreta y para naturalizar un determinado orden político. Precisamente por eso, lejos de ser inútiles, pueden convertirse –si se abordan con rigor– en herramientas pedagógicas de primer orden. No para homenajear, sino para desactivar. No para perpetuar, sino para denunciar.
La pedagogía antifascista no consiste en transmitir consignas ni en fabricar ciudadanos dóciles. Tampoco promete inmunidad moral. Su función es más modesta y, a la vez, más exigente: proporcionar marcos críticos, lenguaje y contexto para reconocer los mecanismos del totalitarismo cuando reaparecen bajo formas nuevas. Quien espera que la educación erradique el fascismo confunde su naturaleza. Pero quien la desprecia por no lograrlo renuncia a uno de los pocos instrumentos capaces de dificultar su banalización. Trabajar con la memoria de forma pedagógica no debe buscar adoctrinar, ni presupone sujetos pasivos, ni promete inmunidad moral, sino actuar desde el conflicto y la incomodidad. Por eso los monumentos ominosos son pedagógicamente valiosos porque no tranquilizan, porque obligan a confrontar la herencia simbólica del poder, la violencia y la complicidad social que se dio. De alguna manera la exposición crítica del pasado fascista ayuda a una sociedad a soportar lo insoportable sin mentirse.
Mantener un monumento desactivando su significado original no es un acto de indulgencia con el pasado, sino todo lo contrario. Es obligar a la sociedad a convivir con su herencia sin edulcorarla. Es impedir que la violencia política quede reducida a una nota a pie de página o a un mito familiar transmitido sin fricción. La incomodidad es aquí una virtud cívica: mirar de frente lo que fue, sin convertirlo en orgullo ni borrarlo por pudor. No busca consuelo, busca lucidez.
El derribo tardío, en cambio, suele ser simbólicamente pobre. No interpela, no explica, no deja rastro. En el mejor de los casos, clausura un conflicto; en el peor, lo traslada al terreno del victimismo y la mitificación de los fascistas. Allí donde desaparece el objeto, aparece el relato, a menudo más simple, más emocional y menos cuestionable. El vacío rara vez educa.
Se trata de invertir el sentido original del símbolo, exponer su función propagandística, señalar sin ambigüedades la violencia que celebraba. Un monumento que fue erigido para glorificar el fascismo puede, bajo una intervención crítica, convertirse en prueba material de ese mismo fascismo. Cambia la forma en que se lo mira y se lo explica.
La memoria democrática no se construye eliminando rastros, sino organizando su lectura. Exige más trabajo que la piqueta, es una apuesta más arriesgada y precisa de un esfuerzo prolongado. Porque el antifascismo no se fortalece con la limpieza visual del espacio público, sino con la capacidad colectiva de reconocer cómo se construyó el pasado y cómo puede volver a hacerlo.
En tiempos de regresión del totalitarismo, renunciar a la pedagogía crítica de la memoria es, hasta cierto punto, propiciar el desarme. Mantener los monumentos incómodos, intentar dar la vuelta a su significado original y ponerlos al servicio de una lectura antifascista no garantiza nada. No educan por sí solos, pero pueden ser herramientas irremplazables si se integran en políticas críticas de memoria. Y pueden contribuir a algo esencial: impedir que el pasado se nos vuelva a presentar como inocente. Y eso, hoy, no es poco.
Caídos Irauli