Desde hace décadas, distintas autoras feministas vienen señalando que el cuerpo de las mujeres no es solo un cuerpo: es un territorio político. Naomi Wolf lo formuló con claridad en El mito de la belleza, al explicar cómo, a medida que las mujeres avanzaban en derechos, aumentaba la presión sobre su apariencia. No se trataba de una cuestión estética, sino de una forma de control social.
Hoy, esa presión no solo se mantiene, sino que se ha intensificado y sofisticado a través de las redes sociales. Ya no es necesario imponerla desde fuera de manera explícita: funciona porque ha sido interiorizada.
Desde niñas, las mujeres aprendemos dos cosas fundamentales. En primer lugar, que nuestro cuerpo es imperfecto y necesita ser corregido, adornado o transformado para ajustarse a un ideal de belleza siempre cambiante e inalcanzable. En segundo lugar, que ese cuerpo está siendo constantemente evaluado por los demás; familia, medios de comunicación, redes sociales o entorno cercano participan, de forma más o menos explícita, en esta evaluación continua.
Como consecuencia, ya no hace falta que nadie nos juzgue, hemos aprendido a hacerlo nosotras. Nos convertimos en observadoras de nuestro propio cuerpo, nos evaluamos, comparamos y corregimos incluso en ausencia de una mirada externa.
Este proceso ha sido ampliamente analizado por Sandra Lee Bartky, quien describió cómo las mujeres desarrollan una forma de auto-vigilancia constante que regula no solo la apariencia, sino también la forma de moverse, de sentarse o de ocupar el espacio. No es solo una cuestión de imagen: es una disciplina del cuerpo.
En este sentido, hablar de “dictadura de la belleza” no es una exageración retórica. Se trata de un sistema que genera normas, sanciones y consecuencias. Según varias autoras, “la tercera jornada” para algunas mujeres. No cumplir con los ideales estéticos implica castigo social y laboral, pérdida de reconocimiento o cuestionamiento personal. Como señala Marcela Lagarde, las mujeres somos socializadas para ser “seres para otros”, y el cuerpo es uno de los principales vehículos de ese mandato.
Las consecuencias de este aprendizaje son profundas y generalizadas. La insatisfacción corporal no es una excepción, sino una experiencia ampliamente compartida entre mujeres de diferentes edades. El tiempo, la energía y el dinero invertido en pensar, corregir o preocuparse por el propio cuerpo es enorme. A ello se suma el malestar emocional, la sensación de no ser suficiente y la asociación directa entre apariencia y valor personal.
Aquí es donde la cuestión estética se conecta directamente con la autoestima.
Durante mucho tiempo, la psicología ha abordado la autoestima como una variable individual, ligada a la percepción valorativa que cada persona tiene de sí misma. Sin embargo, autoras como Bell Hooks han insistido en que no puede entenderse al margen de las condiciones sociales y culturales. No se trata solo de “quererse más”, sino de comprender el contexto en el que ese autoconcepto se construye.
Si desde niñas aprendemos que nuestro valor depende de nuestra apariencia, la autoestima queda inevitablemente condicionada por esa evaluación constante. No es casual que muchas mujeres desarrollen una relación ambivalente con su cuerpo: lo necesitan para ser reconocidas, pero al mismo tiempo lo viven como insuficiente.
En este marco, lo que a menudo se presenta como una cuestión de cuidado personal o elección individual e, incluso, empoderamiento debe ser revisado críticamente. La industria de la belleza, el fitness o la cirugía estética se sostienen en gran medida sobre esta insatisfacción estructural. Prometen soluciones individuales a un problema colectivo.
Nombrar este fenómeno como “violencia estética” permite visibilizar precisamente ese carácter estructural. No se trata de decisiones libres en un vacío social, sino de prácticas que se producen en un contexto de presión, aprendizaje y desigualdad, donde el patriarcado y el capitalismo operan de manera conjunta: uno establece los mandatos sobre el cuerpo de las mujeres y el otro convierte esa insatisfacción en un mercado altamente rentable.
La cuestión, por tanto, no es si las mujeres deben o no cuidarse, arreglarse o interesarse por su imagen. La cuestión es en qué condiciones se produce esa relación con el cuerpo. Si está mediada por el miedo, la autoexigencia o la necesidad de validación externa, difícilmente puede hablarse de libertad.
Revisar la dictadura de la belleza implica, en última instancia, desplazar la mirada. Pasar de ver el cuerpo como un objeto que debe ser evaluado a entenderlo como un sujeto que siente, experimenta y habita el mundo.
Y esto tiene implicaciones directas en la autoestima.
Porque la autoestima de las mujeres no puede construirse únicamente desde el interior, como si fuera un ejercicio de voluntad individual. Requiere también cuestionar los mandatos que la atraviesan. Desactivar la autovigilancia. Reconocer que el malestar no es un fallo personal, sino una respuesta coherente a un sistema que constantemente señala que el cuerpo nunca es suficiente.
Quizá, entonces, la pregunta no sea cómo mejorar la autoestima de las mujeres, sino qué condiciones sociales necesitamos transformar para que esa autoestima pueda construirse sin estar permanentemente amenazada.
La autora es psicóloga y docente feminista