Las consecuencias que está teniendo la guerra de Irán para la economía mundial son ya bien conocidas por todos: el temor a una ola inflacionista derivada de la subida de precios de las materias primas energéticas. Todo esto podría, en el peor de los casos, acabar generando un frenazo en el crecimiento e incluso la llegada de una situación de estanflación, es decir, estancamiento en el crecimiento económico combinado con inflación. Sin embargo, el conflicto está dejando evidencias de la fragilidad de Estados Unidos por el enorme endeudamiento público del país, y confirma que su gran problema es haber acumulado una deuda que, para muchos, plantea dudas sobre su sostenibilidad. Y no solo es el tamaño de la deuda: el hecho de que esta esté en manos de los mercados en una proporción muy superior a lo habitual en el pasado ha hecho que el país dependa de la reacción de los inversores para poder sostener políticas como, por ejemplo, una guerra.
La decisión de Donald Trump de cambiar su estrategia y moderar su agresividad en el conflicto con un mensaje que apunta a un acercamiento con Irán para frenar las hostilidades se ha producido en un momento en el que los mercados estaban tensionando la deuda pública de Estados Unidos. En el momento en el que el bono a 20 años tocó el 5%, y el de vencimiento a 10 años el 4,44%, Trump cambió su discurso, y estos niveles coinciden, exactamente, con los que tocó la deuda en abril de 2025 justo cuando Trump moderó su política arancelaria.
Si bien esta coincidencia no tiene por qué implicar que sea el único motivo que ha llevado al presidente a cambiar de estrategia, la realidad es que, desde hace años, se advierte del peligro que supone el enorme endeudamiento público de Estados Unidos, un problema grave que no parece tener solución, o, al menos, no la están encontrando los políticos en los últimos años. Con un endeudamiento sobre el PIB anual del 125%, máximos históricos por encima de los que se alcanzaron tras la Segunda Guerra Mundial, el coste de los intereses de la deuda no para de escalar, y las previsiones apuntan a que el problema va a empeorar todavía más en la próxima década.
Aunque hasta ahora el coste económico de la guerra no parece ser un gran problema, la realidad es que, al margen del conflicto, se puede decir que Estados Unidos debe hasta la camisa y no hay un plan que solucione esta realidad. Si bien es cierto que la administración Trump ha señalado en múltiples ocasiones su intención de mejorar la situación fiscal de Estados Unidos, los planes en este sentido no están saliendo como se esperaba. El aumento de su endeudamiento hasta superar los máximos históricos que se alcanzaron tras la Segunda Guerra Mundial se ha fraguado desde el año 2008. El aumento del déficit que se produjo esos años, por los estímulos fiscales para sostener a la economía combinados con la caída de ingresos fiscales que sufrió el país por el frenazo en la actividad económica, dispararon la deuda desde el entorno del 65% del PIB anual, hasta superar el 100% en el año 2013.
Después de unos años de estabilización, el covid llegó en 2020, y se pasó del entorno del 107% de deuda / PIB a alcanzar el 131%, en junio de ese mismo año, un máximo sin precedentes. Desde entonces se ha conseguido moderar la ratio hasta el 125% actual, pero las estimaciones de aumento del déficit anual confirman la incapacidad de los distintos gobiernos de trazar un plan de adelgazamiento de la deuda. El dólar es la moneda que se utiliza para el comercio mundial y también es la moneda de reserva mundial, pero si dejase de serlo por cualquier motivo (denominación en otras divisas de materias primas, una caída de la demanda externa, presiones de los compradores externos para usar la moneda como un arma contra EEUU), la enorme deuda acumulada por el país se convertiría en una bomba de relojería para la sostenibilidad fiscal.
El alto nivel de deuda sobre el PIB que mantiene Estados Unidos no es la única vulnerabilidad que presenta ahora el país, en comparación con el pasado. La composición de la deuda pública ha cambiado con los años. Hace 25 años, el 40% de esta deuda estaba en manos del gobierno federal, o de sus propias agencias, como la Administración de la Seguridad Social. En 2025 este porcentaje ha caído hasta el 20%. Ahora, el 80% de la deuda (unos 29 billones de dólares) está en manos del mercado y, por lo tanto, expuesta a los cambios de ánimo de los inversores y a las rentabilidades de los bonos en el mercado.
La crisis del bono de 2022 en Reino Unido, en el que una propuesta de recortes de impuestos disparó las rentabilidades de los bonos más de 150 puntos básicos en pocos días, y terminó con la intervención del Banco de Inglaterra, sirve de recordatorio de cómo se pueden deteriorar las finanzas públicas. Las cifras que presenta la Fundación Peter G. Peterson sobre el coste neto de los intereses de la deuda en Estados Unidos son un buen ejemplo del problema que tiene el Gobierno de Trump. Se espera que los déficits superen los 2 billones de dólares anuales durante la próxima década, lo que llevará al gobierno a pedir prestado cada vez más para financiar sus actividades. Y si suben los tipos de interés, la cantidad total de deuda presionará los costes de intereses por encima de 1 billón de dólares ya en 2026, lo que supone más de la mitad de todo el déficit ese año. En total, la fundación prevé que solo los costes por intereses de la deuda sean de 14 billones de dólares hasta el año 2036. Aunque los políticos americanos tienen la esperanza de que los tipos de interés puedan mantenerse estables a futuro, el entorno de tipos es extremadamente complicado de predecir, y mucho menos, de controlar. La deuda federal estadounidense alcanzó la cifra de 38,76 billones de dólares en febrero en 2026. En términos históricos, la deuda ha crecido de manera sostenida desde 1942, cuando era de apenas 60.000 millones de dólares, hasta superar los 38 billones en 2026. Efectivamente, USA tiene un problema.
El autor es economista