Hace unos días, después de varias semanas de un suspense generado de manera oportuna y brillante por el organizador del certamen y por los medios de comunicación, se concedió el I Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana a la escritora argentina Samanta Schweblin, a su libro El buen mal, publicado en 2025 por la editorial Seix Barral.
Al margen de la polémica suscitada por la irrupción de Aena en el terreno literario y por la cuantía prevista para el ganador del premio; una vez que todo ese asunto ya ha cumplido su función de reclamo publicitario y ha quedado atrás, lo que importa es la obra galardonada y, sobre todo, el hecho, destacado por la propia Schweblin en el acto de entrega, de que se haya concedido un premio tan mediático a un libro de relatos y no a una novela.
Es una gran noticia. Es algo que ha sucedido muy pocas veces. Aunque en el espectro de los concursos literarios convocados por administraciones, asociaciones y fundaciones, por entes públicos y privados, el relato es el género predominante, es sorprendente que, en un galardón creado para cualquier variante de la narrativa, en un certamen pensado para acoger toda clase de obras de prosa, tanto de ficción como de no ficción, y promovido con la intención de que se convierta algún día en el Booker Prize o el Goncourt en lengua española, se imponga un libro de cuentos en la selección final.
Quizá por eso, en cierto modo, con la decisión del jurado presidido por Rosa Montero también se premia al género relato en su conjunto. Galardonando a Samanta Schweblin y su libro El buen mal, se reivindica la importancia de esta modalidad de narrativa, se transmite el mensaje de que hay mucha vida literaria más allá de la novela. Además, el momento y la ocasión resultan muy oportunos. Y es que, gracias al impacto de este evento cuyo interés trasciende el ámbito de las letras, el público empezará a distinguir entre cosas diferentes, entre textos diferentes, entre universos diferentes. Después de varias décadas de una confusión provocada por algunos críticos y por la mayoría de editoriales, causada por ese prejuicio generalizado que ha llevado a muchos a creer que los lectores sólo son capaces de apreciar y consumir novelas, éstos volverán a recordar que existe otro tipo de narración, una clase de historias que, no sólo no requieren tanta extensión, sino que nacen, evolucionan y se mueven dentro de otros parámetros, en un espacio singular, se construyen a través de una forma y de un estilo propios.
Pero, ¿en qué se concretan esos rasgos? ¿dónde reside la peculiaridad del relato? Llegados a este punto, nada mejor que volver a mencionar a Schweblin, que remitirse a sus cuentos. Como puede constatarse en El buen mal o en Pájaros en la boca, en los textos incluidos en esos y otros volúmenes, los argumentos consisten a menudo en situaciones extrañas surgidas a partir de casualidades o malentendidos y en las que los personajes se ven sumidos de pronto, quiebros inesperados que conducen el inicio realista de la historia hacia un momento o un lugar donde las cosas ya no obedecen a reglas lógicas. Así ocurre, por ejemplo, en el relato Irman con los clientes de un restaurante de carretera a quienes no pueden servirles las bebidas porque el empleado, debido a su corta estatura, no alcanza el fondo de la nevera donde están las botellas; en el relato El cavador con el inquilino de una finca que se ve obligado a consentir en ella la presencia de un hombre contratado para cavar un pozo; o en el titulado Hacia la alegre civilización con ese viajero a quien nadie da cambio, las monedas necesarias para sacar el billete, y que, como consecuencia de ello, se queda varado por tiempo indefinido en la estación.
Sí, muchos relatos de la autora argentina se desarrollan en una especie de microcosmos donde, como nos recuerda Milan Kundera en uno de sus ensayos, “no hay un sistema de valores comúnmente admitidos que impidan la victoria de lo irracional”. Y, por citar a otro maestro del género, cabe añadir que en las historias de Schweblin sucede también eso que destacaba Julio Cortázar al hablar de sus cuentos, el hecho de que los protagonistas acepten lo extraño con naturalidad, sin escándalo, que reaccionen ante la nueva realidad adaptándose a ella como si nunca hubiesen conocido otra. Es el caso de Pájaros en la boca, donde un padre se resigna a la nueva existencia de su hija, convertida en una criatura silenciosa que se alimenta de pájaros vivos suministrados por él; o de Un animal fabuloso, uno de los textos del libro premiado por Aena, donde varios personajes encajan con una mezcla de tristeza y serenidad que un niño se haya transformado en caballo, tenga una segunda vida como caballo.
Claro que el asunto, la esencia literaria de los relatos en general, al margen de Samanta Schweblin, no se reduce a eso, va más allá de esas tramas anodinas, aparentemente triviales o anecdóticas. Lo que los caracteriza como una dimensión narrativa distinta de las novelas, más certera a la hora de reflejar la complejidad del ser humano y del mundo donde habita, es el doble nivel, esa estructura por la cual lo que leemos es sólo una parte del todo, la superficie visible de un conjunto formado también por un subtexto en el que acechan los grandes temas, todos esos conflictos y dramas familiares, sociales o sentimentales que saturan las páginas de la ficción popular y que el relato no necesita explicitar, no necesita nombrar, no necesita narrar, pues ya están insinuados, sugeridos entre líneas, contados, en definitiva, por medio de una técnica de elementos rotatorios, de una tensión permanente, de un clima de inquietud o de perplejidad, de un tono melancólico, de un ritmo musical y de un lenguaje de palabras sencillas capaz de emocionarnos con la belleza de su sonido.
El autor es escritor