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¿Un cuadro puede ser mi amigo?

¿Un cuadro puede ser mi amigo?Efe

Esta maravillosa y sorprendente pregunta la hizo una niña que visitaba el Museo de la Universidad de Navarra durante una de las actividades de su Área Educativa, dirigida por Fernando Echarri y Teresa Barrio. Una pregunta que ha servido como título de su magnífica exposición “Diez años de educación a través del arte en el MUN”. ¿Tiene respuesta la pregunta?

Hay ocho acepciones que da la RAE a la palabra amigo/a, la cuarta “que gusta mucho de algo” y la quinta “Dicho de una cosa: Propicia, benigna, grata”. Y mirado así, un cuadro puede ser, sin lugar a dudas, algo que gusta mucho y nos es grato. La niña que realizó la pregunta la hizo, seguro, de manera espontánea, natural, directa, como diciendo, si lo que estoy viendo me gusta ¿puedo entablar una relación con lo que veo? Hay objetos que nos gustan y si podemos los adquirimos y nos los llevamos para usarlos, para contemplarlos o simplemente para que nos hagan compañía. Un cuadro, una obra de arte, tiene muchas cualidades, propiedades y bondades. Si un cuadro nos gusta de verdad, si nos produce su contemplación un gozo interno, una ensoñación, una reflexión, un placer estético, si nos hace ver de otra manera, si nos despierta sentimientos y emociones, si nos calma y relaja, si su belleza nos sobrecoge… esa obra se vuelve indispensable en nuestras vidas. Es como un hermoso flechazo que hace que se entable con esa obra una relación especial, amorosa.

Todos y todas tenemos obras de arte que en un momento de nuestras vidas nos han impactado. Así, por ejemplo, dos obras muy conocidas: El Guernica de Picasso y el Grito de Munch. El Guernica nos sobrecogió por su fuerza expresiva, por cómo reflejaba el dolor, la tragedia y la desolación, y cuando volvemos a ver nuevos episodios bélicos, nos vuelve este grandioso cuadro, porque en él está todo dicho y contado. Esta obra es una compañera fiel para denunciar los horrores de la guerra. El Grito expresa de la mejor manera posible la desesperación, el quejido contra la locura, contra tus propios demonios… Los dos cuadros son ejemplos fáciles de entender, ya clásicos dentro del mundo del arte, lo que nos hace ver es lo hermoso que es tener un cuadro referente para cada situación, para poder expresar lo que sientes. Esa imagen que te viene a socorrerte como buen amigo/a, para ayudarte a canalizar lo que sientes.

Pero un amigo, además de todo esto, te ayuda a pensar, a sentir, a conocerte, a cuestionarte, a hacerte más preguntas. Y ahí, el arte nos invita continuamente, si lo queremos coger, a entrar en su mundo, en su dialéctica, en su imaginería, como amigo de compañía que nos interpela continuamente. Y, además, nos ofrece la mayor diversidad jamás creada e imaginada y nos adentra en ese jardín de las delicias donde brilla la belleza. Una belleza que puede llegar a deslumbrar de tal manera que nos llegue a provocar el síndrome de Steendhal, una reacción de hipersensibilidad (hasta el desmayo) al exponerse a una saturación de arte o belleza extrema. Una reacción parecida cuando se produce una atracción física y emocional ante la persona amada.

Con un amigo/a se queda, se sale, se llama de vez en cuando, ¿pero con un cuadro? Hay que ir a su encuentro, si tenemos la suerte de tenerlo cerca (museo) mejor, y si no, abriremos una reproducción (libro, lámina, foto…) para volver a encontrarlo. Pero ¿y si nos creamos nuestra propia cuadrilla de amigos cuadros en casa? Es decir ¿y si vamos creando nuestra propia colección de cuadros, obras de arte, que vayamos admirando y adquiriendo poco a poco para irlos saboreando, según nuestras posibilidades? Es posible y asumible, hay tantos artistas con propuestas y lenguajes artísticos tan diversos, que si vamos en su búsqueda seguro que encontramos aquella obra que nos sea grata, que nos guste mucho. Poder tenerla colgada o expuesta en nuestra casa, hace que cada día la veamos, nos regocijemos con ella, nos limpie de tanta basura mediática, de tanta tensión gratuita, y puede que hasta nos saque una sonrisa. Porque el arte, cuando lo tienes a tu lado y convives con él, sana, calma y llena el espacio íntimo de color, ritmo y belleza.

La gente que ya ha comprado una obra original y la tiene en casa, es generalmente la que vuelve a comprar obras de arte, porque sabe apreciarlo, porque le da una sensibilidad especial y porque entiende que cada obra tiene su espacio, su lugar y transmite algo único. Entrar en una vivienda así es un placer, una experiencia casi espiritual y logras entender la vida que transmiten. Porque una mirada al arte (como a la naturaleza) limpia, quita el estrés y evita el consumo desaforado. Meter el arte dentro de tu vida, de tu hogar hace que se potencie la contemplación pausada, la concentración aumenta y la vida se demora, se silencia internamente y hace fluir la ensoñación, así como la mirada al interior. Con el arte, el presente toma sentido porque se vuelve a sentir lo que le rodea. l