La actitud de la oposición, tanto de la derecha como la de la extrema derecha, en las comparecencias del presidente del gobierno en el Congreso de los Diputados es lamentable e impropia de partidos demócratas. Arremeten con sus irrespetuosas palabras no solo contra el gobierno, sino también contra sus socios, dando una imagen inquietante. Salen en plan talibanes y matasietes, agrediendo para no hablar, pues si hablan de política se pierden. Como se lo cuento, como lo leen, el heredero de la Kitchen, la inculta, insensata e inescrupulosa entusiasta de la fruta y el instigador de las violentas y esperpénticas asonadas ante la sede de Ferraz afirman que en España hay una dictadura comunista, pero ni el más desinformado se cree semejante desatino. Y es que las derechas necesitan renovar sus ideas, pues las actuales solo les sirven para ocultar su inmoralidad. Sirva de ejemplo de ruindad la respuesta de las derechas ante el hantavirus, que se resume en difundir graves e irresponsables mentiras.

Sin embargo, si bien es verdad que los socialistas enfrentan graves casos de corrupción, el proceloso dossier del caso Montoro lo tienen bien guardado bajo siete llaves en el sepulcro del Cid en vez de abrir todas las ventanas para orear la corrupción que les acecha. Nada o poco dicen de las tramas corruptas de la Gürtel, de los sobresueldos, de la amnistía fiscal de los ricos y de la larga lista de ranas aguirristas, pero no escatiman esfuerzos en propalar falsedades que tan solo existen en su mente, en la de sus palmeros y en la de algunos árbitros de profesión. En fin, el ínclito jefe de la oposición y su fiel aliado suben a la tribuna de oradores aureolados, con un discurso hecho de fruslería y suflé que solo aplauden los suyos, aunque algunos ni les escuchan, pues prefieren entretenerse con su Samsung Galaxy de alta gama.

En sus intervenciones se dejan entrever los heraldos negros de una democracia que tratan de cercenar y que ya principia a noticiar y a editorializar lo que su antifeminismo, su xenofobia y su negacionismo climático anuncian. Y es que uno los ve venir, pues su radicalización política fustiga la democracia y puede conducirnos hacia regímenes totalitarios. Y es que la derecha hace oposición con la arrogancia de los demócratas poco convencidos, que antaño no lo fueron y todavía hoy no están arrepentidos de no haberlo sido. En fin, las derechas se están adueñando de los viandantes y también de la calle, pues la inmatriculó Fraga Iribarne durante el juancarlismo predemocrático, por lo que existe el riesgo de una deportación masiva de peatones.

En la medida en que las derechas intervienen en el Congreso se va viendo que no pueden ser la locomotora de la democracia, ni el emporio donde se manufacture la regeneración moral del país, sino que se entrevé que, si gobiernan, el país tendrá algo de capilla ardiente. Y hablando de deportaciones, las derechas le espetan a la cara al presidente que ha regularizado a granel a migrantes ilegales e incluso peligrosos. O sea, que un migrante pasee a su diminuto caniche por la calle es sospechoso, pues puede ser un lobo solitario que camina con un perro bomba. En fin, resulta patético, pues uno de los flashback más claros que nos trae el pasado de la derecha es el más de medio millón de migrantes irregulares que se regularizó cuando gobernaba el señor bajito, moreno, de grueso bigote y sonrisa chaplinesca. Y es que con sus camisas nuevas, que ya se las habían bordado en rojo ayer, las derechas ya extremas, vienen demostrando su fidelidad al cirujano de hierro preconizado por Dionisio Ridruejo y José María Pemán, dos intelectuales mediocres y prefascistas que legitimaron al dictador. Y así, con su antediluviano discurso, que está convirtiendo la política en chatarra para desguace, se afanan en limpiar España de socialistas, populistas y nacionalistas, en un vano intento de rubricar con su palabra lo poco que las derechas venden, convirtiéndolo en nada. Y es que el discurso de las derechas tiene algo de remembranza heredofranquista, algo de anacrónica cruzada en la que el gobierno y sus socios deben negarse a participar.

En esos días en los que se ve en el cielo que va a pasar algo y sucede, las derechas van ganando las elecciones autonómicas, quizá porque algunos jóvenes consideran que con Franco se vivía mejor, claro que porque no lo sufrieron. Y así, en el Palacio de las Cortes de España, otro gallego con retranca sobrevuela la sociedad epidérmica a la que pretende gobernar, dándole personalmente las gracias a su parodiado aliado de la extrema derecha. Mientras, la izquierda trata de juntar grupos del mismo color, pero con poco éxito, hasta el punto de que su desmaña se refleja penosamente en las fotos y en el plasma. En fin, en democracia hace falta mucha generosidad y tolerancia para convivir.

El autor es médico-psiquiatra