En Estella-Lizarra los toros no son una tradición viva: son y han sido siempre (al menos en mi dilatado recuerdo), un hábito sostenido por la inercia social en las fiestas patronales. Un espectáculo que raya la juerga y el despiporre sin respeto ni empatía alguna a los profesionales de la tauromaquia y tampoco a los propios animales que están siendo sacrificados.
Afortunadamente estas costumbres ya no representan a la mayoría social, pero continúan porque nadie quiere asumir el coste de decir en voz alta lo que es evidente: la tauromaquia es un anacronismo, que la sostienen cuatro taurinos y que la ciudad debe ir dejando atrás.
Cada verano se repite el mismo ritual: se invocan las palabras “tradición o costumbre” como si fuera un salvoconducto moral, se agita la costumbre local como si fuera un escudo y se pretende que la muerte de un animal siga siendo el eje simbólico de las fiestas. Pero la realidad es otra. La tauromaquia ya no forma parte del imaginario festivo de las nuevas generaciones de Estella-Lizarra.
En Navarra, los datos son claros: la mayoría de festejos taurinos municipales son deficitarios. Requieren subvenciones, infraestructuras y personal público. En Estella‑Lizarra, la situación es idéntica. Se dice que “mueven dinero”, pero mover dinero no es generar valor. Si un espectáculo necesita financiación pública para sobrevivir, si divide a la ciudadanía y si no atrae a jóvenes, no estamos ante un motor cultural: estamos ante un gasto que nadie se atreve a revisar.
Los carteles taurinos –con su épica de héroes, su estética congelada en el tiempo y su silencio sobre el animal– son la prueba de que la tauromaquia necesita ocultar su propia naturaleza, aunque en Pamplona aún se presenta eufemísticamente como Feria del toro. ¿Existe mayor hipocresía?. El sufrimiento se difumina. La violencia se convierte en postal.
Pero en Estella‑Lizarra, como en buena parte de Navarra, la identidad ya no se construye desde la sangre, sino desde la convivencia, la diversidad y la capacidad de actualizar lo que somos. Las familias no quieren que sus hijos crezcan normalizando la muerte como entretenimiento. Y cada año, más vecinos lo dicen sin reparo.
La tauromaquia no está siendo atacada: está quedándose sola.
La responsabilidad política: dejar de esconderse
Mantener los toros no es una decisión cultural, y lo saben: es una decisión política. Y en Estella-Lizarra, donde cada euro público se discute, se fiscaliza y se justifica, sostener un espectáculo que ya no une a la ciudadanía es una incoherencia difícil de explicar.
Defender la tauromaquia hoy es defender un modelo de identidad que excluye, que divide y que no dialoga con el presente. Es confundir costumbre con inmovilismo y cultura con crueldad. Es mantener un símbolo que ya no representa a la ciudad, sino a una minoría que teme reconocer que el tiempo ha cambiado.
Estella‑Lizarra ya está preparada
Una ciudad que se respeta no necesita sangre para celebrar. Una ciudad que evoluciona sin temor a revisar sus costumbres. Una ciudad que mira al futuro no puede seguir justificando la violencia como si fuera patrimonio.
La tauromaquia no es identidad. No es cultura. No es arte. Es un residuo del pasado sostenido por inercia. Y Estella‑Lizarra ya está preparada para dejarlo atrás.