Decir que cada partido es una final se ha convertido en una frase automática, casi tranquilizadora. Sirve para exigir concentración, evitar relajaciones y no pensar en nada más allá del próximo partido. Es la versión copera del “partido a partido” aplicada a la Liga, y traslada ese tono eliminatorio tan propio de una competición que en Pamplona se vive con especial pasión.
En Osasuna ha funcionado casi siempre, sobre todo en El Sadar, cuando el grupo de capitanes llamaba a capítulo y el resto respondía. Ayuda mucho que quienes lo invoquen sean los jugadores.
Si no es así, la comparación con el pastor que grita “¡que viene el lobo!” sigue planeando en el ambiente. Y cuando la advertencia se repite demasiado, pierde efecto. Porque cuando, por fin, aparece el lobo, pocos reaccionan ya.
El partido de Vigo marcó el mejor momento de la temporada al completar 10 puntos de los últimos 12, en cuatro partidos vividos como auténticas finales tras ver las orejas del lobo muy de cerca. Pero, alejado el lobo, los jugadores volvieron a una cierta tranquilidad (solo perturbada en el partido del Real Madrid) y los nuevos reclamos a más finales dejaron de tener efecto.
El miedo ha cambiado de bando y el pastor grita ahora: “¡Que viene Europa!”. Y, además, se llama Ante Budimir, es uno de los nuestros y lo dice con una sonrisa abierta, como restándole solemnidad, y rebajando la tensión de quien sabe que está diciendo algo que puede ser muy trascendente. Lo hace porque ha visto al que ya no es un lobo sino un tren al que todavía se llega. Alcanzar una plaza europea ya no es, además, como cuando solo jugaban los tres o cuatro primeros clasificados, ahora es posible que baste con quedar en mitad de la tabla para conseguirlo, según determinados escenarios.
Así que llegan nueve finales, pero esta vez no impuestas desde fuera, sino asumidas desde dentro. No son un recurso artificial para elevar la tensión, sino una convicción compartida, y así es como mejor ha funcionado Osasuna en el pasado. No es seguro que todos los partidos que quedan vayan a ser finales, aunque ése sería el mejor síntoma posible, porque significaría que las anteriores se han ganado o, al menos, no se han dejado escapar. El domingo llega la primera. Y, según lo que ocurra, sabremos cuántas más lo serán.
El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA