La autopista que une Pamplona con Bilbao parece tener, desde hace décadas, un carril de sentido único en lo que al fútbol formativo se refiere. La relación entre Lezama y Tajonar no es solo una cuestión de vecindad geográfica, sino el escenario de una batalla por el control del talento joven en el que uno no para de atacar al otro. Para el Athletic Club, Navarra representa un pulmón indispensable para sostener su singular filosofía; para Osasuna, cada salida hacia Ibaigane se vive como una pequeña derrota institucional que ha obligado al club rojillo a blindarse de forma casi militar y a pelear por cada canterano que viene a ser agasajado por los rojiblancos. Y son muchos. En este 2026, la herida sigue abierta, alimentada por una política de captación que ha descendido hasta categorías donde los futbolistas apenas han dejado atrás la infancia.
El caso más reciente que ha copado la actualidad del fútbol foral es el de Sergio Nuin. Este joven defensor, capitán de la selección navarra sub-16 y nacido en 2010, personifica la agresividad del actual modelo de captación bilbaíno. Su incorporación, prevista para este próximo mes de junio, no solo destaca por sus cualidades técnicas y su planta física, sino por el componente simbólico que arrastra al ser uno de los prospectos más interesantes de la cantera rojilla. Movimientos como el de Nuin confirman que el radar del Athletic ha bajado el umbral de edad, buscando asegurar el talento antes incluso de que los jugadores entren en la etapa juvenil, donde las cláusulas de rescisión empiezan a ser un obstáculo real.
Esta tendencia hacia el fútbol base más profundo tuvo un punto de inflexión crítico en enero de 2024 con la doble operación de Adama Boiro e Iker Quintero. Mientras que el pago de los dos millones de euros por Boiro, quien ya forma parte del primer equipo en Bilbao, aunque sin mucho protagonismo, fue un movimiento de mercado profesional, el fichaje de Quintero dolió más en las entrañas de Tajonar. Quintero, un cadete de apenas 15 años y señalado como el mejor jugador de su generación en diversos torneos internacionales, abandonó la estructura de Osasuna dejando tras de sí un rastro de indignación. Su salida obligó al Athletic a negociar una compensación para evitar un nuevo conflicto en los juzgados, evidenciando que la figura del “fichaje de formación” se ha convertido en una partida de ajedrez donde cada pieza navarra es protegida con celo.
Si se echa la vista atrás para entender la magnitud de esta fuga de talento, el nombre de Oihan Sancet surge como el gran éxito de esta estrategia. Captado en edad cadete en 2015, Sancet es hoy el espejo en el que se miran los técnicos de Lezama para justificar su insistencia en el mercado navarro. Sin embargo, no todos los caminos han sido tan llanos. La traumática salida de Jesús Areso en 2017, mediante el pago de su cláusula de rescisión de 450.000 euros cuando capitaneaba al filial rojillo, marcó el inicio de la era de la “cláusula anti-Athletic”. Una medida defensiva que busca equilibrar una balanza que, históricamente, siempre ha pesado más hacia el lado de Ibaigane. Eso sí, Areso volvió, para consolidarse en el fútbol profesional y destacar en Osasuna... hasta que se volvió a marchar al Athletic previo pago de su cláusula (12 millones), lo que ha provocado que sea uno de los pocos jugadores en el mundo por el que un equipo ha pagado su cláusula dos veces. Eso sí, ahora con los rojiblancos le vuelve a ir regular. Su próxima competencia en el lateral, Hugo Rincón, también fue fichado de Tajonar, en categoría cadete.
Incluso en categorías infantiles, la presión no cesa. Nombres como el de Adrián Sieiro en 2023 o Javier Zabala en 2022 demuestran que el seguimiento de los ojeadores del Athletic comienza en los campos de tierra. Otros como Marcos Goñi también destacan en los filiales rojiblancos.