Se pongan como se pongan los puristas de la cosa futbolera –que si por ellos fuera se jugaría con los balones de los años 20 del siglo pasado–, este deporte no será ni medio serio hasta que no se juegue a tiempo real, como se juegan el baloncesto o el fútbol sala.
Y no solo para evitar polémicas –ayer se quejaba el míster del Sevilla de los 9 minutos de prolongación en la segunda mitad, cuando su equipo perdió ese tiempo y más–, sino, y aún es más importante, para acabar con tanto teatrillo del malo para perder tiempo, que da una imagen penosa del fútbol, porque convierte la picaresca y la trampa en virtudes cuando son defectos graves, torpedos a la línea de flotación de la deportividad.
Media hora de tiempo real en cada mitad de partido y al menos nos ahorraríamos ese montón de marrullerías desagradables que vemos en cada jornada en tantos y tantos estadios.