En 1967 el amplio pulmón verde constituido por la Ciudadela renacentista y los glacis de la Vuelta del Castillo era ya un espacio perfectamente configurado, aunque la zona albergaba aún acuartelamientos militares, se encontraba muy precariamente urbanizada, y los edificios de viviendas hoy existentes faltaban en su mayoría. Es por eso que la llamada Torre de Huarte, proyectada por Guibert y Redón en 1963, constituía una atalaya aislada y aventajada del entorno, circunstancia bien aprovechada por Arazuri y Galle, que obtuvieron en 1967 unas vistas de valor excepcional. Esta semana publicamos la tercera de ellas, la correspondiente al frente septentrional, con lo cual cerramos un giro de 360 grados y culminamos la serie iniciada hace dos semanas.
La fotografía, obtenida en un día nevado, se abre al fondo y a la izquierda con la Torre de Erroz, situada en el arranque de la avenida de Barañáin, y que había sido realizada por los mismos arquitectos que la Torre de Huarte a partir de 1964. A continuación, bajo el perfil del monte Ezkaba-San Cristóbal, se ve una amplia zona aún sin edificar, que va ocupada únicamente por los árboles de la Taconera. Ya hacia el lado derecho se ven los primeros edificios levantados en la avenida del Ejército, y cierran el plano por la derecha los baluartes en forma de estrella de la Ciudadela.
HOY EN DÍA la vista septentrional de la Torre de Huarte es, con mucho, la que menos cambios ha experimentado en los 46 años transcurridos. Vemos, al fondo y a la izquierda, el perfil de la Torre de Erroz, tal y como la veíamos en 1967, y a continuación, justo bajo la cima del monte Ezkaba, el perfil inconfundible del Edificio Singular, que va seguido de los bloques de viviendas que conforman la avenida del Ejército. En el extremo inferior derecho, cierra el plano la terraza inferior de la Torre de Huarte, que aparecía cubierta de nieve en 1967, y que certifica que nos encontramos en el punto exacto en el que Galle se situó para obtener su fotografía hace medio siglo.
Toda esta zona ha podido preservar su antigua apariencia gracias a la conversión en parque y zona de paseo de la Ciudadela, hecho que ha permitido, de paso, la conservación de la Vuelta del Castillo. Así podrán verla también nuestros nietos, siempre y cuando no sobrevenga alguna otra alcaldesa, redentora, iluminada y visionaria, a la que se le ocurra, por ejemplo, impulsar aquí un aquapark, un parque Disney, un mega-parking subterráneo o un Museo del Ajoarriero. Y que nadie se ría, que cosas más grandes se vieron, en esta Iruñea de nuestros dolores, durante los años grises del barcinato. Una época que, a tenor de lo que leemos en los periódicos, constituyó un tiempo de esplendor y grandes oportunidades... para algunos.