María Luisa Elío Bernal (1926-2009): la pamplonesa a la que García Márquez dedicó 'Cien años de soledad'
Probablemente quien haya leído “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez haya visto allí estampado el nombre de esta interesantísima mujer, porque el nobel colombiano le dedicó su obra más conocida. A pesar de ello, la pamplonesa es hoy una perfecta desconocida en la ciudad que le vio nacer.
Una familia aristocrática
María Luisa Elío vio la luz en Pamplona un 17 de agosto de 1926. Su madre, Carmen Bernal, había nacido en la localidad murciana de Mazarrón, mientras que el padre, Luis Elío Torres, pertenecía a una familia cuyas raíces se hundían en la Edad Media navarra. Los Elío procedían del señorío homónimo, sito en Val de Etxauri, y sus antepasados ostentaron títulos como los de Vizconde de Valderro, Marqués de Vessolla, Conde de Ayanz, Barón de Bigüézal y señor de Elío, de Peña y de Eriete, entre otros. Con esta prosapia no es de extrañar que los Elío-Bernal gozaran de una buena posición económica, lo cual les permitió adquirir una elegante vivienda en la avenida de Roncesvalles 2, 5º izquierda. Allí tendría el matrimonio a sus tres hijas, Carmentxu, Cecilia y la pequeña María Luisa. Luis Elío era juez municipal, y era una persona religiosa, progresista y de carácter humanista, cercano al socialismo, lo que le alejó un tanto del resto de su familia. Así, cuando decidió repartir sus tierras de Barañain entre sus renteros, la élite terrateniente navarra lo etiquetó de comunista y, en cierta manera, lo sentenció.
La llegada del golpe del 36 supondrá un cataclismo para la familia. Un repaso a la prensa de la época demuestra la normalidad con la que hasta aquel momento Luis había desarrollado su vida. Ascensos profesionales, eventos sociales, bodas y natalicios se suceden con relativa frecuencia, hasta las vísperas del golpe. Todavía el 21 de marzo la prensa informa de que se ha reincorporado a su puesto de juez, tras unos días de ausencia, y de repente, el 18 de julio, se produce el vacío. Luis Elío simplemente desaparece de la vida social y de la propia ciudad, en una especie de estruendoso silencio. Es un proceso idéntico al que hemos visto con otros fusilados pamploneses, como el impresor Bengaray, el fundador de Osasuna Eladio Cilveti o el presidente del mismo club, Natalio Cayuela. Pero Luis Elío no será fusilado, salvará milagrosamente la vida con la ayuda y complicidad de los gerifaltes fascistas Blas Inza y Generoso Huarte. Ellos consiguen sacarlo de comisaría, y lo mantendrán escondido durante toda la guerra en un pequeño lavadero sito en la Casa de Misericordia. Posteriormente huirá a Francia, siendo internado en el campo de concentración de Gurs, y de allí pasará a París.
Guerra y exilio
Mientras tanto, Carmen y sus hijas han tenido que pasar grandes padecimientos. Intentan cruzar a Francia varias veces, simulando excursiones familiares, y en una de ellas son detenidas por los falangistas. Estando retenidas en Elizondo conocen a un enigmático preso, que a pesar de estar siendo acosado sonríe a la pequeña María Luisa. Al día siguiente la niña, que entonces contaba 10 años, acude de nuevo para darle unos cigarrillos, pero le dicen que ya ha sido ejecutado. El recuerdo de aquel hombre le acompañaría toda la vida. Las cuatro mujeres conseguirán finalmente huir a Francia, se embarcan luego a Barcelona, donde el ministro Indalecio Prieto da trabajo a Carmen, y finalmente viajan a París, donde se reencuentran por fin con el padre, al que habían dado por muerto. En 1940 embarcan para Méjico pero, según relataba la propia María Luisa, las penalidades sufridas en aquel tiempo habían destrozado física y anímicamente a su padre, que ya nunca volvería a ser el hombre de antes de la guerra. Cae en una profunda depresión, que precipitará la separación del matrimonio y la quiebra de la vida familiar en 1941, cuando María Luisa tiene 15 años.
En Méjico
En su país de acogida la naturaleza creativa de María Luisa encontró un acomodo perfecto. Cursa estudios en la Escuela Ruiz de Alarcón y en la Academia Hispano-Mexicana, y pronto se estrenará como actriz en la obra La Vida es sueño de Calderón de la Barca, y en la película Escuela de Señoritas. Se introduce en círculos intelectuales, frecuenta a figuras como Octavio Paz, Luis Buñuel o José Bergamín, y publica algunos trabajos. Es en este tiempo cuando conoce a José Miguel García Ascot, cineasta hijo de exiliados, con quien se casará en 1954.
Durante una estancia en La Habana en 1959 unos apuntes suyos que recogen sus recuerdos de Pamplona llegan a manos del gran escritor cubano Alejo Carpentier, que le anima a terminarlos, y de aquellos escritos surgirá en 1962 el guion de la película En el balcón vacío, que ella misma protagonizará. De nuevo en Méjico, traba amistad con Gabriel García Márquez, tan solo un año más joven que ella, al que brinda apoyo económico y sobre todo consejos y asesoramiento para la creación de su gran obra, Cien años de Soledad. En agradecimiento, el futuro premio Nóbel dedicará su obra maestra al matrimonio. En lo sucesivo, además, el escritor colombiano dará a leer a los García-Elío sus bocetos, para que los revisen antes de entregarlos a la editorial.
1968 será un año especialmente duro para María Luisa, puesto que se produjo la muerte de su padre (27 de enero) y su propia separación matrimonial. Se había prometido no volver a Pamplona mientras viviera su padre, y por ello en 1970 decide cerrar el círculo vital abierto en 1936, y regresa. La decepción, sin embargo, será terrible. Pamplona ha cambiado y ya no es la ciudad alegre de su infancia, ya no es su casa. La percibe triste, gris, llena de recuerdos dolorosos, y habitada por los fantasmas de su niñez. Toma conciencia entonces de que aquel pasado idealizado nunca podrá volver, y la impresión recibida hará que, a su regreso a Méjico, se interne en un sanatorio psiquiátrico. La publicación de su novela Tiempo de llorar, sobre su propia experiencia vital, tendrá un efecto terapéutico para ella, al tiempo que trabaja como coordinadora de exposiciones en el Museo de Bellas Artes de Ciudad de Méjico.
Posteriormente, ya en la década de 1990 y en su última etapa profesional, se dedica a producir y dirigir programas de contenido cultural en la empresa de comunicación Televisa. María Luisa fallecerá finalmente el 17 de julio de 2009, en su casa del barrio de Coyoacán de Ciudad de Méjico, cuando contaba 83 años. Dejaba varias novelas, especialmente Tiempo de llorar, y la película En el balcón vacío, sin olvidar personajes inspirados en su propia persona e incorporados a obras de otros autores, como los mejicanos Carlos Fuentes y Salvador Elizondo, claro reflejo del impacto que les produjo conocer a aquella mujer irrepetible. Y en Navarra, ayuntamientos progresistas dedicarán en 2018 el nombre de la biblioteca pública de Barañain a María Luisa, y la plaza situada ante los juzgados de Pamplona a su aita, el desdichado juez Elío.
Epílogo
El 23 de septiembre de 2025 recibimos en la alcaldía de Pamplona la visita de Diego García Elío, editor mejicano e hijo de José Miguel García Ascot y María Luisa Elío. Aprovechando que se encontraba pasando unos días en la tierra natal de su madre, rememora con nosotros algunos aspectos relacionados con su vida, y nos cuenta que él mismo, teniendo siete años, acompañó a su madre cuando regresó a Pamplona en 1970. Y relata la profunda tristeza que produjo a María Luisa la transformación operada en la ciudad, repitiendo casi miméticamente escenas que ella misma había imaginado años atrás, en 1962, cuando escribió el guion para la película En el balcón vacío.
En el film la protagonista, interpretada por la propia María Luisa, asciende las escaleras de su casa, cruzándose con los fantasmas de su familia que descienden por ella, sin haber envejecido. Entra en la casa vacía, y se atormenta por no poder escuchar la llamada a comer de su padre, ni las risas de su madre, ni los sonidos de sus propios juegos infantiles. Se trata de una obra autobiográfica, intimista, donde reina la nostalgia por una Pamplona que ya solo existe en la memoria. Y es que, paseando por los escenarios de su infancia, la Taconera, la Media Luna y su propio hogar abandonado, María Luisa Elío se da cuenta de que es precisamente el hecho de regresar a casa lo que ha destruido la Pamplona de sus recuerdos. Por eso, según ella mismo dejó escrito, volver a casa fue, de alguna manera, irse para siempre.
