El estornudo es un gesto cotidiano al que apenas prestamos atención, pero detrás de él se esconde un complejo mecanismo de defensa fundamental para nuestra salud.
Su función principal es evitar que partículas peligrosas —como bacterias o virus— entren en el aparato respiratorio.
Aunque suele ser inofensivo, la ciencia ha demostrado que, en circunstancias muy excepcionales, un estornudo puede causar lesiones.
El "centro del estornudo", situado en el bulbo raquídeo, se encarga de dirigir funciones autónomas básicas, entre ellas la respiración.
Cuando los receptores del revestimiento de la nariz y de las vías respiratorias detectan la presencia de un irritante, envían una señal a este centro, que activa una respuesta automática e imposible de frenar de forma consciente.
El resultado es una expulsión violenta de aire cuyo objetivo es eliminar aquello que ha provocado la irritación.
Esa expulsión no es nada suave: lo que desencadena el estornudo puede salir del cuerpo a una velocidad de 56 kilómetros por hora en algunos casos.
Esta fuerza explica por qué el estornudo es tan eficaz como mecanismo de limpieza, pero también por qué puede tener consecuencias inesperadas.
Posibles lesiones
Aunque las ventajas de un buen estornudo superan con creces los riesgos, existen situaciones poco frecuentes en las que puede producirse una lesión.
Un estornudo especialmente violento puede provocar, por ejemplo, una hernia pulmonar a través de los músculos intercostales, situados entre las costillas, generalmente en una zona débil.
Este tipo de complicaciones suele estar asociado a factores como obesidad mórbida, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, diabetes o tabaquismo.
También se han documentado casos en los que el estornudo provoca el desgarro de los delicados tejidos pulmonares.
En estas situaciones, el aire a alta presión procedente de las partes más profundas del pulmón se escapa al espacio situado entre el tórax y el propio pulmón, comprimiéndolo en uno o ambos lados del pecho. Este fenómeno puede comprometer seriamente la función respiratoria.
Las posibles lesiones no se limitan a los pulmones. Existen casos descritos de personas que han sufrido el desgarro del delicado revestimiento del cerebro al estornudar, lo que da lugar a una hemorragia subaracnoidea, un tipo de ictus potencialmente mortal si no se diagnostica y trata a tiempo.
Incluso sin llegar a ese extremo, hay informes de personas que experimentan debilidad en un lado del cuerpo o alteraciones visuales tras un estornudo.
¿Aguantarse el estornudo?
Ante este panorama, podría parecer razonable intentar aguantar el estornudo.
Sin embargo, no es una buena idea. En 2023 se conoció el caso de un hombre escocés que se tapó la nariz y cerró la boca para evitar estornudar, lo que le provocó un desgarro de la tráquea.
Al bloquear las vías respiratorias, la presión se acumuló en el sistema respiratorio, alcanzando niveles hasta 20 veces superiores a los normales.
Es importante saber que, salvo excepciones muy puntuales, el cuerpo humano está bien adaptado para estornudar y no suele haber motivos para preocuparse. La gran mayoría de las lesiones descritas se producen en circunstancias extremadamente raras. En condiciones normales, dejar salir el estornudo sigue siendo la opción más segura.