Sigilosamente, el chico empujó la puerta y asomó la cabeza: era un buen momento; no había nadie en la iglesia. Dejó que la puerta se cerrase y, en la acera tranquila, se concentró.
Hoy era 14, el último día de Sanfermín, y hoy también debía encender todas las velitas que había junto a la imagen del santo. Aunque no les gustase a los curas o, al menos, a ese que le descubrió unos días antes; aunque hoy sintiese una mala corazonada, un presentimiento chungo, hoy también debía encender todas las velitas. Porque él quería ser como su padre, un gran corredor, jugarse la vida las mañanas de Sanfermín y que nunca le cogiese un toro.
El chico respiró profundamente, entró en la iglesia y se dirigió hacia las velitas. Allí se detuvo. Observó la imagen del santo, cogió los fósforos de un bolsillo, encendió una velita y comenzó a prender las demás. Había setenta. Siete filas de diez velitas cada una, que fue encendiendo nervioso, con el corazón prieto. Cuando encendió la última, apagó el séptimo fósforo, miró al santo y le dijo: “Para que sea un gran corredor, san Fermín”.
Entonces oyó un ruido, miró hacia el altar y vio al cura, todo negro, que volaba hacia él resoplando como una bestia. Y, como si estuviese en la Estafeta, el chico apretó a correr. Y sintió que corría pegado a las astas, sintió que el toro le pisaba los talones y se los manchaba de baba, sintió que se jugaba la vida, sintió que el toro le cogía…, y el rabioso cura le tiró de los pelos, lo zarandeó, le gritó “¡Qué has hecho! ¡Qué has hecho, demonio!”.
Entonces, sofocado, vio el pañuelo rojo y su habitación serena. Había sido una pesadilla, y hoy también debía encender todas las velitas de la iglesia. Allí le aguardaba un miura al que debía burlar.