Cumplieron 25 con el cuarto de siglo con la promesa de que, a su edad, tendrían una vivienda digna, un trabajo estable y un proyecto vital más que definido. Por eso, durante toda su vida se ajustaron a las directrices sociales –estudiaron mucho porque era la única garantía, se vieron obligados a escoger muy jóvenes su camino académico y laboral, como si después no pudieran cambiar de rumbo, y fueron enlazando contratos cortos, con unas condiciones precarias– para llegar a una edad adulta en la que se esfuerzan, pero no avanzan. Porque entre el precario mercado laboral, el precio inasumible de la vivienda y una política cada vez más crispada, construir un proyecto vital se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Así, aunque se siguen esforzando por alcanzar sus sueños, cada vez reverbera más fuerte una palabra que no entraba en sus planes: la decepción.
De esta forma, Daniel Vitallé, actor que tiene que trabajar como camarero en Madrid a la par que buscar posibles papeles para perseguir su vocación; Alberto Vital, graduado en Ingeniería en Tecnologías Industriales por la UPNA, tiene un doble máster en Ingeniería Industrial y Electrónica Industrial y doctorando de Ingeniería Electrónica en la UPM en Madrid con la idea de poder ser profesor; Zoe Agarraberes, estudió Enfermería en Tarragona, hizo máster en Quirófano, vivió en Barcelona y, actualmente, trabaja en Atención Primaria y Urgencias Extrahospitalarias en lo rural; Alaitz Leatxe, psicóloga en el área de violencia machista que vive en Donamaria después de haber estudiado en Tarragona, e Iñigo Cintas Navarro, graduado en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Navarra “por descarte”, pasó por Madrid, pero volvió a Navarra y, actualmente, es periodista en Nueve Cartas, una agencia de comunicación especializada en proyectos culturales, son cinco navarros que, pese a tener muy claros tanto su vocación como su identidad social, laboral y política, todavía no pueden definir su proyecto vital debido a las múltiples problemáticas que azotan a su generación.
La vivienda
Resignación ante la precariedad
Sus diferentes circunstancias les obligaron a tener que marchar a grandes ciudades, como Madrid, Tarragona y Barcelona y, en muchos casos, las dificultades o el malestar en unas condiciones precarias les obligaron a volver a sus casas –y afrontar ese duelo, que nunca es fácil– o a tener que desgastarse económicamente para perseguir sus objetivos. En el caso de Vitallé, que sintió de forma innata ese amor hacia las cámaras y los escenarios, tiene la suerte de vivir junto con su hermano en un piso a las afueras de Madrid, donde quiere quedarse porque sabe que es donde llegan las oportunidades. “Yo no puedo parar si no me sale curro de actor porque tengo que pagarme el alquiler, la luz, el agua, el gas, comer... y es complicado de mantener. Pero el piso cuesta mucho y a mí me preocupa bastante”, comenta.
Y ese es, precisamente, el motivo por el que Agarraberes tuvo que dejar Barcelona. “Tuve una crisis porque pagaba más de 500 euros de alquiler por un piso compartido con otras tres personas y el sueldo no era muy boyante. Y pensando en mi futuro vi que no era posible ni vivir sola ni ahorrar para mantenerme”, cuenta. “Hay mucha gente que vuelve con sus padres por la impotencia de no poder aguantar”, añade Dani.
Por otro lado, cuando Cintas vivía en Madrid tuvo que compartir piso con cuatro personas –entre ellas, su casera– en un espacio muy pequeño que se encontraba a las afueras de Madrid. “Tenía que cambiar de vía con el metro para llegar al centro y, además, pagaba casi 500 euros por una habitación. Esas condiciones hay que sumarlas al tiempo que trabajas. Te limita mucho”, recuerda.
Pero esta problemática no se limita solo a las grandes ciudades. Leatxe, después de volver de Tarragona, se independizó en su pueblo, en donde sufrió grandes dificultades. “Hay muchas casas vacías, hay muchas segundas viviendas y muchas casas rurales, pero los jóvenes del mismo pueblo no tenemos la posibilidad de encontrar un piso. Las casas son muy caras y no podemos permitírnoslo, mientras la gente apuesta por hacer casas rurales o por dejar que la vivienda se derrumbe”, denuncia, para además mencionar que en su trabajo también ve a mujeres que tienen que pagar precios muy elevados por una habitación y les obligan a pagar por cada uno de sus hijos.
De esta forma, en la gran mayoría de los casos destaca la crispación y el cansancio. Y, además, las noticias no acompañan: “Vi un artículo que decía que la media para independizarse ha subido hasta los 38 años. Me parece desalentador”, se queja.
Además, comenta Cintas, “para comprar un piso tienes que tener pareja. Antes, la sociedad era muy cerrada y patriarcal y no podías convivir con tu pareja antes del matrimonio. Ahora, queremos convivir antes de hacernos pareja de hecho o de casarnos, pero no se puede. Me parece surrealista que haya gente que trabaje y que hipoteque un tercio de su vida, pero que no se pueda comprar un mísero piso. ¿Qué estamos haciendo mal como sociedad para que sea tan difícil? Porque suben los precios, pero los sueldos no suben”, reflexiona.
El futuro, un proyecto vital con nebulosas
Vital señala entre bromas que es rara avis porque tiene un proyecto más o menos estable durante los cinco años que dura su tesis. No obstante, también reconoce que es “muy difícil tener un proyecto vital si no tienes garantías de lo que vas a hacer en los próximos años”. Y eso, muchas veces, lleva a pensar en los tiempos de sus padres: “A mi edad mis padres ya tenían un piso comprado, pero yo no me imagino en los próximos cinco años con esa estabilidad. De hecho, creo que en mi caso es muy complicado”, apunta Vitallé.
Por su parte, Zoe sueña con ser madre, pero su circunstancia laboral –contratos de sustitución que se entroncan (y, para obtener plaza, también tienen que transcurrir años porque cada vez hay más competencia y piden muchos años de experiencia)a) y con una difícil conciliación debido a las guardias, el trabajo en días festivos, etc.– no encaja con ser capaz de brindar tiempo de calidad al bebé: “No me gustaría tener hijos tarde, pero tampoco veo que en los próximos años les pudiera dar la calidad de vida que me gustaría”.
Por otro lado, Alaitz asegura que no ve “nada” más allá del presente porque no se imagina “un trabajo estable, una vivienda digna o un proyecto vital. Tengo muchas dificultades para mirar el futuro”, reconoce; en especial, porque no considera que haya grandes oportunidades y eso le hace estar en una “crisis”.
De la misma manera, Cintas tampoco ve un futuro claro, pese a que tiene la “suerte” de tener un trabajo estable. “Me gusta tener mi vida más allá del trabajo –aprender euskera, ver pelota y los partidos de Osasuna, tener sus proyectos audiovisuales propios–, pero no he contemplado todavía nada. Me conformo con tener un sueldo mes a mes”, indica.
En el caso de Vitallé, su proyecto es “ser algo que, de por sí, es muy complicado. Yo pienso antes en cuándo me van a dar una película o una serie que en si me voy a poder comprar una casa. Mi objetivo es seguir haciendo proyectos, pero sí estaría bien que este sueño me dé lo suficiente como para no tener un segundo trabajo que me mantenga. Es decir, que pueda vivir holgado y bien”, dice.
Y eso pasa, también, por poder descansar y tener tiempo de calidad con uno mismo y con los seres queridos, que tampoco suele ocurrir. “Para llegar a donde estoy ahora, he tenido que estudiar durante todo el día, incluido los fines de semana y no tenía vida social. Ahora, que he terminado el máster, me estoy forzando a descansar sábados y domingos para no volverme loco”, comenta Vital.
Desinformación y redes
La radicalización de la sociedad
Otra de sus muchas preocupaciones radica en la manera en la que la sociedad se está orientando hacia los extremos políticos; en especial, por parte de la ultraderecha, que está proyectando diferentes discursos “antifeministas”, “racistas” y “autoritarios” que están cogiendo fuerza entre una población más joven. “Se sienten cada vez más cómodos haciendo este tipo de discursos, ha calado mucho y a mí me da bastante miedo porque esas políticas pueden cambiar la vida de muchas personas. Se dificultan los recursos y... acojona”, confiesa Leatxe.
En ese sentido, Vitallé menciona que parte de esta culpa puede deberse a que “estamos todo el día con el móvil, tenemos información para aburrir, pero la gente no sabe y, luego, intentan explicar algo de lo que no saben, lo difunden... y el resultado son bulos y una rueda cada vez más grande que no nos viene nada bien como sociedad”, sentencia.
De esta forma, Agarraberes pone el ejemplo de que cada vez son más los jóvenes que dicen que con Franco se vivía mejor: “Falta conciencia social”, critica. Pero cada vez es más difícil hacer frente a estos nuevos discursos que, a tientas, se han ido afianzando en el pensamiento colectivo: “Hay que generar un discurso paralelo que convenza y que tenga la capacidad de mover a gente, pero es muy difícil”, se resigna Alaitz.
En ese sentido, Iñigo añade que se están volviendo a mencionar diferentes discursos con el objetivo de generar “crispación, odio, xenofobia, misoginia y rechazo al euskera”. “Parece que se está dejando de lado los problemas que nos afectan mientras la ultraderecha se permite vivir en cosas que ya hemos superado como sociedad”.
Por otro lado, Vital considera que hay una responsabilidad por parte de las instituciones para poner “freno a según qué cosas”, pero “me da la sensación que lo que se hace es coger una problemática social y ofrece una solución que va en contra de determinados colectivos. Por ejemplo, los problemas de vivienda lo vinculan con la inmigración, que no tiene sentido, pero así van surgiendo discursos no críticos. La gente sin inquietudes sociales y políticas no quiere reflexionar sobre estos temas, pero tenemos que hacerlo”.
Y la posible solución es que “no hay solución porque la gente lee y busca lo que quiere”, dice Zoe con resignación.
Pero más allá de esa desinformación voluntaria y de la crispación de muchos jóvenes, que se ven vulnerados por esos discursos, Dani denuncia que, mientras que su abuelo “sabía de todo y leía de todo”, ahora hay jóvenes que desconocen “quién es Lope de Vega”, pero “no les interesa tampoco. Y eso es preocupante porque, como se dice, el que no conoce su historia está condenado a repetirla. No puede ser que no se tenga cultura general y que digan que se la ‘suda’ saberlo. Creemos que no sirve porque solo pensamos en las cosas nuevas, en la modernidad, pero también tenemos que mirar hacia atrás para crecer como personas”.
La inteligencia artificial
La era de la soledad
Se sabe que es una herramienta útil –de hecho, Alberto la utiliza para etapas de documentación de los proyectos–, pero su mal uso puede disminuir la creatividad de las personas –el famoso brain rot, que tiene que ver con el deterioro cognitivo por el consumo excesivo de contenido trivial y rápido, sobre todo vinculado a las redes sociales y la IA– y también puede perjudicar a la manera en la que la gente se ‘desinforma’ y a fomentar los discursos de odio.
“Estoy a favor de aplicar la IA, pero la generación de vídeos a mí me asusta mucho porque casi no se pueden distinguir de la realidad.”, declara Alberto. Por su parte, Vitallé también tiene miedo de que en algún momento se empiecen a hacer vídeos y desaparezca el oficio de ser actor profesional. Más allá de eso, “a nivel social, me da bastante cosa porque si puedo coger la foto de alguien y hacer un vídeo con eso... hay que tener mucho cuidado. Debería legislarse de alguna manera porque nos están haciendo ver que no somos útiles”.
Así. otra de las problemáticas es que se está utilizando ChatGPT como “terapeuta profesional” cuando tienen problemas emocionales. “Me preocupa que la gente lo haga porque eso demuestra que es la única herramienta que la gente tiene para atender a su salud mental. La IA nos está enseñando a nivel social que hay una necesidad de atención psicológica que tiene que ser fácil y accesible y que no cueste un riñón, pero también nos habla de un problema de soledad muy grande que tenemos que aprender a afrontar”, reflexiona Leatxe.
Pero todavía hay muchas incógnitas que la IA no puede resolver. Por ejemplo, qué hacer con una juventud que se siente sola, vive en condiciones precarias y no hay nadie que les ampare. O cómo acabar con este relato de decepción, cuando todos se resignan y apenas quedan esperanzas...