Síguenos en redes sociales:

Nunca es tarde para aprender euskera

Trece profesores imparten clases de euskera gratuitas a 220 estudiantes / El único requisito para todos es estar jubilado

Nunca es tarde para aprender euskeraIban Aguinaga

El euskera como terapia de grupo, como agente socializador, como herramienta para combatir el Alzheimer “y que el disco duro no se oxide”. La lingua navarrorum, una “asignatura pendiente” para muchas personas en Navarra y que, cuando llegan a la jubilación, quieren recuperar para, por ejemplo, poder hablar con sus biliobak (nietos). Todas las mañanas, varias aulas del Condestable y del espacio Plazara!, ambos en la calle Mayor de Pamplona, se llenan de gente veterana para hablar en euskera.

“La única condición para poder forma parte de esta iniciativa, tanto para los profesores como para el alumnado, es estar jubilado. Los estudiantes tienen derecho a recibir clase de euskera gratuita y los docentes tenemos derecho a impartirlas y no cobrar nada”, resume con gracia Alejandro Vicente, natural de Salamanca que llegó a Pamplona con 10 años y comenzó a estudiar euskera a los 30. “Cuando me jubilé Ángel me dijo que necesitaban profesores. Yo no tengo título, pero me animé y llevo cuatro años. Lo que nos une a todos es nuestro cariño y amor por el euskera”, afirma. 

Esta iniciativa comenzó hace quince años “cuando un grupo de jubilados se juntó en el Casco Viejo con la intención de organizar clases de euskera”, recuerda Javier Mangado, exprofesor de Secundaria y otro de los docentes implicados. “Encontraron a tres profesores José Manuel Alemán, Xabier Irigarai y Patxi Erdozain. Este último pertenecía a la asociación Sasoia, lo que les facilitó la solicitud de locales para impartir las clases. Al principio empezaron con deficiencias, incluso sin calefacción”, relata Mangado, que se jubiló en septiembre de 2012 y un mes después ya estaba dando clases.

Alumnado y docentes, en el Condestable.

Poco a poco, la bola fue creciendo y en la actualidad están trece profesores y unos 220 estudiantes (en torno al 60% son mujeres). “Tenemos 14 grupos desde 1º hasta mintzakide (conversación) y suelen ser de unas 15 personas, salvo los que empiezan de cero que están 20-25 personas”, explican Mangado y Vicente. Las clases se imparten en horario de mañana, en días alternos (lunes-miércoles o martes-jueves), hora y media cada día. Y son totalmente gratuitas.

Para inscribirse no se necesita realizar ningún examen. Es suficiente ponerse en contacto con la Asociación Sasoia y quedar con ellos. “Les preguntamos si ha estudiado algo de euskera y le situamos en un nivel. Y luego vemos si hay que subir o bajar”, señala  Vicente. La organización, reconoce Mangado, “es un poco anarca. Somos de ritmo caribeño, de terapia familiar y de grupo”. Como todos están jubilados, muchos alumnos realizan uno o dos viajes durante el curso con el Imserso y faltan a clase. “Esto no es como la escuela de idiomas, es algo voluntario, activo. Se trata de estar a gusto. El objetivo no es sacar el C1 sino recuperar o acercarse a la lingua navarrorum que les permita, por ejemplo, relacionarse con sus nietos”, señala Vicente.

Este profesor tiene tres principios que traslada a su alumnado. “El primero es aumentar la relación social del grupo. El segundo combatir el Alzheimer y para ello hay que aprender algo nuevo, como es el idioma. Y el tercero es hablar en euskera. Más que aprender euskera, es hablar, como sea pero hablar”, remarca.

También hay algunos estudiantes, afirma Mangado, que vienen para “alfabetizarse”. “Son personas que saben hablar perfectamente pero no que no saben escribir ni leer en euskera”, dice. Otras, apunta Ángel, alumno, “sí tienen mucho interés en aprender bien la lengua. Quizá no como para sacarse un título, pero sí quieren hablar y escribir correctamente”.

Queremos, apunta Paco Unzué, otro de los profesores implicados, “dar la oportunidad a todas esas personas que durante su juventud o etapa laboral no pudieron apuntarse a clases de euskera a que puedan hacerlo ahora, al llegar a la jubilación. Y que satisfagan así ese objetivo que tenían desde hace años”. También se apuntan personas que lo dejaron hace 40 años y deciden volver a intentarlo.

Maneras de socializar

Las razones que llevan al alumnado a apuntarse a estas clases son diversas. Para muchas personas, como Mª Carmen Royo o Marina, el euskera ha sido siempre “una asignatura pendiente”. “Mi primer contacto fue con 16 años y lo intenté muchas veces, la última en 2009. Y siempre fue un desastre por distintos motivos, en parte por creerme incapaz o por falta de tiempo”, reconoce Royo. “Pero ahora, a mis 66 años, aparece mi nieto euskaldun, de Goizueta, y he vuelto. Llevo desde septiembre y estoy muy motivada”, asegura.

Marina, con familia en Tolosa, también le tenía ganas al euskera. “En cuanto me jubilé, un mes de diciembre, en enero ya estaba estudiando. Es mi terapia ocupacional para que el disco duro no se oxide, es un motivo para levantarme por la mañana, coger la bici y venir. Me permite socializar. Me gusta relacionarme con cosas que me gustan y el euskera me encanta así que me relaciono con ella”, resume.

Ángel, Marian, Herminio y Andoni también están encantados con las clases de euskera. Los dos primeros empezaron de 0 y aunque Herminio dice que lleva diez años y no sabe “hablar”. Sus irakasles niegan la mayor. “Claro que sabes”, afirman con rotunidad. “Quizá sepa más gramática que hablar. Me cuesta mucho porque tengo que traducir todo”, reconoce Herminio, natural de Valladolid que llegó a Pamplona con 10 años. “Siempre había tenido interés y al jubilarme estuve cuatro años en la universidad de mayores y después me apunté a euskera”.

A Marian, donostiarra, le ocurre lo contrario. “Entender y hablar mejor, pero no puedo con los verbos”, asegura. Su compañero Andoni recuerda que “empezó a estudiar euskera hace mucho años, cuando trabajaba de funcionario y tenía facilidades”. De hecho coincidió con Alejandro en clase “y ahora él esta de profesor y yo sigo de alumno. Estoy atascado (se ríe)”.

Te puede interesar:

Todos los estudiantes agradecen la dedicación desinteresada del profesorado y también a la asociación Sasoia. “Vimos la necesidad de llevar el euskera a la gente mayor. Vamos a otro ritmo y quizá la escuela de idiomas se nos hace demasiado exigente. Logramos saltar toda la burocracia para buscar locales y ahora el ayuntamiento nos ayuda más”, reconoce Ángel, que añade que “gracias al boca a oreja la gente se ha ido enterando de que hay clases de euskera gratis a un ritmo ajustado a nuestra edad”.

Cada vez son más y aún "tenemos posibilidad de crecer”, pero necesitan profesores con ganas de subirse al barco. “Es nuestra principal muga”, reconoce Mangado, que anima a profesores u otros profesionales jubilados a sumarse a este proyecto. Y su colega Unzué invita también a la gente a apuntarse y descubrir que “el euskera no es tan raro o difícil como lo pintan”.