El testimonio de una niña trans de 6 años: "Si ahora volviera a meterme en tu barriga, ¿crees que podría nacer chica?"
Los padres de M., niña trans de 6 años, reflexionan sobre los estigmas sociales, la expansión de bulos y el miedo como consecuencia del auge de los discursos de odio
M. tiene seis años y es una niña trans. Hay quienes dicen que “es muy pequeña”, “no sabe lo que dice”, ¿y si mañana te dice que quiere ser un perro, también le haces caso?”. Y, sin embargo, ella lleva pidiendo desde que cumplió cuatro añicos que le llamaran en femenino, le cogía faldas plisadas a su madre –A.– porque “las quiero con mucho vuelo para bailar”. Esos primeros gestos se fueron intensificando con el paso del tiempo. “En los inicios de las infancias trans se exteriorizan los estereotipos de género porque es la herramienta que utilizan para ser vistos y vistas como quienes realmente son”, explica la madre. De ahí que M. pasara por una etapa de “furor” con “las princesas, las sirenas y las barbies”. Y, después, llegaron las preguntas en la ducha sobre su identidad de género que su hermano mayor nunca tuvo: “¿Crees que algo salió mal cuando yo estaba en tu barriga? Si ahora volviese a meterme dentro, ¿podría nacer chica?”, “mamá, papá, ¿existe algún médico que pueda cambiarme el corazón por uno de chica? Yo quiero ser una niña” o “¿de mayor va a salirme barba? Si me sale, me muero”, solía decir.
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Esas preocupaciones –casi todas relacionadas con su físico– prevalecen dos años después. De hecho, en el psicólogo hizo un ejercicio en el que tenía que dibujar las emociones por las que transitaba ese día. “Y lo que más señalaba ella era el miedo en el estómago porque sabe e intuye que parte de la sociedad niega su existencia por su sexualidad”, comenta A. Entre otras cosas, porque a pesar de que su vínculo más cercano le puso muy fácil esta transición, la sociedad apela a que M. todavía es muy pequeña como para poder decidir sobre su identidad. “Pero no vaciló a la hora de escoger su nombre”, apunta I., su padre. “Si son pequeños, porque son pequeños; cuando lo hacen en la adolescencia, es una moda y es cosa de las hormonas. Y si lo dicen cuando son adultos se sorprenden porque no lo han dicho antes. Nunca es el momento”, añade su madre. Por suerte, M. estuvo acompañada por parte de su familia –siempre “por detrás” para no afectar en sus decisiones–, pero todavía quedaba enfrentarse a un mundo que no siempre le va a reconocer. De hecho, solía golpear sus genitales mientras aseguraba que no quería tenerlos porque “ella percibía que para ser una chica tenía que tener unos genitales concretos. Y eso lo ha visto de fuera. Porque todos performamos el género a nuestra manera; por ejemplo, a través del maquillaje”. En el caso de M. –y como suele ocurrir al inicio–, ella, al principio, optaba por la ropa rosa, con brillos y las faldas. “Era su manera de comunicarnos que necesitaba que le viéramos como una niña. Y cuando la reconocimos, se pudo poner chandal, pantalones, ropa negra...”, menciona su padre.
El miedo a la sociedad
Al hacer la transición, M. gritaba a los cuatro vientos que “era una niña con pene”. Pero luego llegó el silencio. Quizá a raíz de que unos chicos le preguntaran, a modo de burla, si era niña o niño para acto seguido bajarle los pantalones. O porque fue percibiendo, a tientas, que hay una buena parte de la sociedad que cree que “ser trans es algo malo”. Ahora se reprime y se oculta. “Cuando se va de excursión es incapaz de ir al baño y muchas veces llega a casa con el pantalón lleno de pis.Prefirió la humillación de mearse encima antes que sentirse vulnerable por enseñar sus genitales”, expresa la madre. De hecho, incluso cuando se siente en un entorno seguro porque está con sus padres está obsesionada con los pestillos. “No quiero que nadie entre, me vean y me digan algo por tener pitilín”, dice.
Rechazo causado por bulos
El auge de los discursos de odio –muchas veces “colocados bajo el paraguas del abolicionismo– hace que surjan y se expandan bulos como la amputación genital en menores o la medicación hormonal a niños, que, por supuesto, poco tiene que ver con la realidad. “Muestran preocupación por los menores que están con bloqueadores de la pubertad (que también se utilizan en personas cis) o con hormonación por sus posibles efectos adversos o irreversibles pero a su vez critican a las personas trans cuando deciden no hormonarse”, se queja A. “Es algo que no tiene mucho sentido porque no pueden realizar un cambio de sexo hasta que cumplen los 18 y, encima, las listas de espera son de casi diez años. Y no entienden que hay chicos a los que les crece el pecho en la pubertad, y que eso les afecta en su bienestar emocional, que luego se tendrán que realizar una mastectomía por lo privado, pero es algo que se podría haber detenido mucho tiempo antes”, añade I. Porque también es esencial tener en cuenta que muchos de esos chicos y chicas esperan durante años poderse operar o recibir una hormonación. Y hay ocasiones en las que el dolor, el rechazo, el miedo, el asco o la ansiedad vencen y, por desgracia, se suicidan, como ocurrió en 2018 con Ekai Lersundi, quien se quitó la vida a los 16 años porque no recibía su tratamiento hormonal.
Y eso provoca también mucho miedo a I. y A., quienes se preocupan de cómo será el primer amor de M., sus primeras relaciones o de qué manera se enfrentará a la exposición en redes sociales. Sobre todo, cuando saben que, con solo seis años, ella ya tiene ataques de ansiedad y llora desconsolada “porque cree que nunca va a ser una niña de verdad. Tiene seis años y no debería estar pensando en este tipo de cosas”, dice A. con pena. Toda esta angustia revela, como bien dice su madre, que nadie puede vivir sin ser quién es. En muchos casos, la sociedad se ampara en cuestiones biológicas o relacionan a las personas trans con gente que está siguiendo una moda. “Pero ellos se sienten hombres o mujeres. A mí me gustaría preguntar a los religiosos que están en contra de esto de dónde viene su fe porque esto tiene que ser lo más parecido. Porque no es cuestión de ciencia, sino de identidad y sentimientos”, señala I. Y más allá de eso, ambos prefieren ver el vaso medio lleno y alegrarse porque “M. nos ha regalado unas gafas antiprejuicios que nos permiten mirar con el alma y no con los ojos. Y de eso va, en realidad, el activismo”. Mientras, solo queda que ella deje de sentir miedo y le cuente al mundo, otra vez, que es una niña que se merece vivir en paz siendo quien es y sin pedir permiso ni esconderse.