Leticia, madre de un niño con TEA: “Llevar a mi hijo al colegio es como soltar una bomba; que vengan ellos a intentar sacarle de casa”
Leticia se enfrenta a la apertura de un expediente bajo la amenaza de la Fiscalía por absentismo escolar al no poder obligar a su hijo con autismo a salir de casa
Sacar a Ian de casa supone para sus padres, cada mañana, un verdadero reto. No es algo solo complicado; es, en la gran mayoría de ocasiones, algo imposible. Ian es un menor vizcaíno que tiene Trastorno del Espectro Autista, que le otorga un 57% de discapacidad y el grado dos de dependencia. Desde hace algo más de un año, sin saber por qué, su sitio seguro se reduce exclusivamente a su casa. Leticia Fernández, su madre, describe el momento de salir como “una pesadilla para él”.
“Cuando intentamos que salga entra en crisis, grita, corre, vomita… No razonamos con él porque no se puede, entra en colapso”, cuenta. Esta situación le ha llevado a tener un 100% de absentismo en el colegio, por lo que las instituciones amenazan con elevar el caso a Fiscalía de Menores si no se resuelve el asunto ya que, con casi 11 años, Ian está obligado a acudir a la escuela. Por ello, su familia ha comenzado con el proceso de solicitar la escolarización domiciliaria, algo que, aseguran, “no está siendo nada sencillo”.
“No sabemos por qué Ian ha dado este giro, porque antes iba a clase todos los días, pero un día llegó a la puerta y dijo que no entraba. El absentismo ha ido subiendo hasta que al final ha llegado el punto en el que no ha ido nada”, cuenta su madre. La primera llamada que disparó las alarmas fue la de la directora del colegio, que le habló de abrir un expediente de absentismo. “Yo le dije que entendía que hiciera su trabajo y que llamase a quien tuviese que llamar”, recuerda.
Las consecuencias de llevar a Ian a la fuerza al colegio
“Llevarlo a la fuerza es como llevar a un niño secuestrado; en el momento en el que le suelte es como soltar una bomba. Lo primero que va a hacer es escaparse y le puede pillar un coche; le puede pasar cualquier cosa porque no va a entender ni de pasos de peatones, ni de tráfico. Su afán va a ser irse a casa y va a echar a correr. Y lo segundo es que no va a haber quien le calme, ni quien le haga entrar en la clase ni en la dinámica de grupo”, explica sobre lo que ocurriría de obligarle a ir a clase. "Si tan fácil lo ven, que vengan ellos a intentar sacarle de casa", sentencia.
Desde absentismo se pusieron en contacto con ella y empezaron a trabajar juntos para solucionar la problemática, pero al no haber avances, empezó a sobrevolar la posibilidad de elevar el caso a Fiscalía de Menores. “Hablé con ellos y les dije que vinieran a los ocho de la mañana e intentaran llevarle al cole, a ver si así me entendían”, señala. “Me dijeron que la escolarización es una obligación y ahí ya no pude contenerme. Si la ley dice que tiene que ir al colegio, esta también dice que la educación es gratuita y adaptada a las necesidades de cada alumno pero, ¿dónde está la adaptación de mi hijo?”, remarca. “No sé si es por falta de ganas o de recursos, pero no se cumple. Los profesionales hacen milagros con las migajas que les dan. Están mandando a los profesores a cazar mariposas con una caña de pescar”, denuncia.
La familia ha pasado por un periplo de mudanzas en este último año y finalmente en enero se asentaron en Galdakao. Sin embargo, un retraso de tres meses en el empadronamiento bloqueó cualquier posibilidad de cambio de centro, lo que ha demorado el proceso de escolarización domiciliaria.
Además del problema del padrón, ya solucionado, a Ian se le suma otro bache en la escolarización domiciliaria, ya que Educación exige un informe médico que justifique que el niño no puede desplazarse. Sin embargo, al no existir una patología física "objetiva", como una lesión ósea, su pediatra no puede firmar el documento con un motivo orgánico, dejando la responsabilidad en manos de una psiquiatría saturada. "Mi vida ya es suficientemente difícil, solo pido que no me pongan más trabas", relata Leticia, desbordada por la falta de orientación.
Impacto emocional
Mientras el caso sigue su curso hacia la Fiscalía, Leticia y su familia viven "esclavos" en su propio hogar, con ciclos de sueño invertidos y sin poder realizar tareas cotidianas como ir a la compra juntos. El descanso es un concepto inexistente en una casa donde Ian puede conciliar el sueño a las seis de la mañana o a las doce del mediodía. "Llevo un mes agotada. Me levanto a las cinco para asegurar que mi otro hijo, Dylan, vaya a sus prácticas, y hay días que Ian se acaba de acostar. No descansas, estás todo el tiempo con un ojo abierto", confiesa Leticia.
Esta "esclavitud" doméstica no solo afecta a los padres. El impacto emocional alcanza de lleno al hermano mayor, quien a menudo debe ejercer de apoyo logístico en casa, renunciando a la ligereza propia de su edad. "El crío no tiene por qué aparcar su vida para cuidar de su hermano, pero lo hace. Al final, estos hermanos son más adultos de lo que les toca porque tienen que echar una mano en casa sí o sí", lamenta.
Ian cumple en breve 12 años, y Leticia ha alquilado un txoko con la esperanza de ver si su hijo es capaz de cruzar el umbral de la puerta para celebrarlo. Es un pequeño experimento de libertad en medio de un encierro que nadie ha elegido. Mientras tanto, la amenaza de la justicia sigue ahí, ignorando que un niño con TEA en crisis es una barrera que ningún acta administrativa puede levantar. "Ojalá mi hijo saliera de casa, pero forzarle es poner en riesgo su vida. No pido que me lo pongan fácil, pero que no me pongan más trabas", sentencia.
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