Las intensas lluvias de los últimos meses han dejado una imagen poco habitual en los montes: más verdor, más vegetación y, en apariencia, menos riesgo. Sin embargo, tras esa sensación de seguridad se esconde una paradoja. Ese crecimiento puede convertirse en el combustible que alimente los incendios en los próximos meses.

Las lluvias abundantes no eliminan el riesgo de incendios, pero sí lo transforman. El crecimiento de vegetación que traen las lluvias, en apariencia positivo, puede convertirse en un factor de riesgo si se combina con altas temperaturas. “El año pasado creció mucho la vegetación y luego hubo unas temperaturas muy altas… ese fue el cóctel perfecto para que hubiera incendios”, explica Julen Rekondo, químico y divulgador ambiental.

La lógica es sencilla: más agua implica más masa vegetal, pero también más material susceptible de secarse con el calor. Y ahí entra uno de los conceptos clave en el comportamiento del fuego. “Esa vegetación se transforma en lo que llamamos combustible fino”, señala Mónica Parrilla, Ingeniera Técnica Forestal y portavoz de Greenpeace. Se trata de materia vegetal ligera que, al perder humedad, arde con gran facilidad y favorece la propagación.

Durante los meses húmedos, ese riesgo puede pasar desapercibido. “Un espacio húmedo va a ser más difícil que arda”, explica Parrilla. Sin embargo, advierte, esa percepción puede ser engañosa. Cuando llegan las olas de calor, esa misma vegetación se transforma en combustible fino muerto. Estos se convierten en los “elementos perfectos” para la progresión del fuego. "Que haya vegetación seca susceptible a arder y que encima sea continuada, entonces el fuego no va a tener ningún tipo de parada”, afirma.

El resultado es una situación cada vez más frecuente y cambiante. “Tanto un año seco por falta de humedad como un año lluvioso en que hay un ‘boom’ de vegetación y luego vendrán las olas de calor y las temperaturas anómalas, se secará”, explica Parrilla.

El año 2025 ha sido un ejemplo claro de esta tendencia. Aunque el número de incendios no fue especialmente elevado, su impacto sí lo fue. Los grandes incendios forestales —aquellos que superan las 500 hectáreas— se han triplicado, y su magnitud también ha aumentado. “De los 10 incendios más grandes de este siglo, 8 han ocurrido en 2025”, destaca Parrilla.

La consecuencia es un tipo de fuego más difícil de controlar y con efectos más profundos sobre el territorio. En las zonas más afectadas, la vegetación queda prácticamente destruida y el suelo pierde su capacidad de regeneración, aumentando el riesgo de erosión y degradación. Aun así, este cambio no se manifiesta de la misma forma en todos los territorios. “No podemos equiparar la situación de la cornisa cantábrica con la de otras zonas de la península”, explica Rekondo. Mientras que en otras zonas gran parte del riesgo se concentra en verano, en el norte el patrón es distinto y más irregular. “Los meses más problemáticos no son precisamente ni la primavera ni el verano”, aclara Rekondo, aunque no excluye casos esporádicos.

Aunque el cambio climático agrava los incendios, no explica por sí solo su origen ni su creciente gravedad. Detrás hay una combinación de factores estructurales que llevan años transformando el territorio. “Los incendios cada vez son más graves y se multiplican por varios factores”, explica Rekondo. Entre ellos, destaca la despoblación rural, el abandono agrícola y la pérdida de la ganadería extensiva, que han cambiado profundamente el paisaje. A ello se suman las urbanizaciones dispersas, muchas veces sin medidas de autoprotección, y la proliferación de infraestructuras como tendidos eléctricos o parques energéticos, que aumentan el riesgo de ignición.

Labores de extinción en el incendio de Jaizkibel (Pasaia) en marzo de 2025. EP

En este contexto, el fuego encuentra cada vez más facilidades para propagarse. “Los incendios siempre han existido, pero ahora tienen una propagación mucho mayor”, señala Rekondo, que insiste en que el problema no es solo la cantidad de vegetación, sino cómo se gestiona. De hecho, rechaza la idea simplista: “No se trata de desbrozar y arrasar”. En determinadas zonas, explica, es necesario reducir la continuidad del combustible, pero sin perder de vista que los bosques son ecosistemas complejos.

En este contexto, el fuego encuentra cada vez más facilidades para propagarse. “Los incendios siempre han existido, pero ahora tienen una propagación mucho mayor”, señala Rekondo, que insiste en que el problema no es solo la cantidad de vegetación, sino cómo se gestiona. De hecho, rechaza la idea simplista: “No se trata de desbrozar y arrasar”. En determinadas zonas, explica, es necesario reducir la continuidad del combustible, pero sin perder de vista que los bosques son ecosistemas complejos.

Sin embargo, hay un factor determinante que sigue marcando la diferencia: el origen humano. En datos, Rekondo recalca que alrededor del 80% de los incendios están provocados por las personas, y de ahí el 55% son intencionados. “Para que haya un incendio tiene que haber una mecha”, resume.

Todo apunta a un cambio de fondo: los incendios ya no solo son más frecuentes, sino también más extremos y difíciles de controlar. “Es una constante que se está viendo a nivel mundial”, señala Rekondo, apuntando a ejemplos recientes como Canadá o California. Los grandes incendios forestales son cada vez más habituales y marcan una tendencia al alza.

Algunos de ellos, advierte, entran ya en una nueva categoría: “se llaman incendios que no se van a poder extinguir”. Ni siquiera los medios más avanzados logran frenarlos. “Tenía que haber un cambio”, explica, muchas veces relacionado con la meteorología. En California, estos incendios han llegado a prolongarse durante meses.

Parrilla coincide en ese diagnóstico y sitúa el cambio climático como un factor clave en esta transformación. Las condiciones que genera —olas de calor más intensas, sequías prolongadas o menor humedad— convierten la vegetación en un combustible mucho más inflamable. Pero no solo eso: estos incendios presentan un comportamiento distinto. “Generan un microclima propio”, advierte, lo que agrava la situación. Como resume Rekondo: “Los incendios no son fenómenos meteorológicos pasajeros: son síntomas de un riesgo estructural”. Un riesgo que ya no pertenece al futuro, sino que forma parte del presente.

Prevención

Las medidas preventivas existen y, en muchos casos, están al alcance de cualquiera. Sin embargo, siguen sin aplicarse con la intensidad necesaria. “No son solo técnicas”, explica Rekondo, que pone el foco en acciones básicas como mantener activos los planes de emergencia local, eliminar materiales combustibles o mejorar la formación y la educación ambiental.

Los bomberos trabajan en las labores de extinción del incendio en Olleta (Nafarroa) en 2022. EP

Aun así, la prevención sigue siendo una “asignatura un poco pendiente”. No solo por falta de recursos, sino también por una cuestión de enfoque. El problema, insiste, va más allá de las administraciones. “Muchas veces también a nivel de sociedad, se piensa que, no es una cosa nuestra, que es una cosa, de técnicos, de bomberos, de equipos de protección civil…”, afirma Rekondo.

Parrilla coincide en ese diagnóstico e insiste en la necesidad de reforzar la gestión forestal y aplicar de forma efectiva las medidas ya existentes. “Nuestros montes son una asignatura pendiente”, señala. Pero prevenir no es solo actuar sobre el terreno. Implica también repensar el modelo de territorio: abordar el abandono rural, revisar la planificación urbanística o recuperar prácticas como el pastoreo, que ayudan a reducir la carga de combustible.

El contraste es evidente. Mientras la extinción concentra gran parte de los recursos, la prevención sigue quedando en segundo plano, a pesar de ser más eficaz a largo plazo. “Lo que necesitamos es que haya incendios que sean de baja intensidad”, resume Parrilla. El debate, según el experto, ya no es si se puede invertir en prevención, sino si se puede permitir no hacerlo. La clave, insiste, está en actuar antes: prevención, preparación y reducción del riesgo. “La prevención no se improvisa”, afirma.

Desde actualizar los planes de emergencia locales hasta mejorar la gestión del territorio. Pero, sobre todo, implican un cambio de enfoque: entender que la prevención no depende solo de las administraciones, sino del conjunto de la sociedad. Para Rekondo hablar de incendios ahora no es alarmismo, es responsabilidad.

Parrilla pone el acento en un elemento clave para que todo eso sea posible: la inversión económica. En ese sentido, insiste en la necesidad de coordinación entre administraciones y en evitar que el debate se desvíe hacia explicaciones simplistas que no abordan el problema real. El reto, en definitiva, es cambiar de modelo. Pasar de reaccionar ante el fuego a anticiparse a él.

Porque, como coinciden los expertos, prevenir no solo es más eficaz, sino también la única forma de evitar que los incendios del futuro se conviertan en catástrofes inevitables. Detrás de cada incendio hay mucho más que llamas. Es la idea en la que insiste Parrilla, donde advierte de que el fuego es solo la parte visible de un problema mucho más profundo. “Los incendios al final son la punta del iceberg de causas estructurales”, explica.

La preocupación no se limita al momento del incendio, sino a sus consecuencias: pérdida de biodiversidad, impacto en la población y daños difíciles de revertir. “Nos preocupamos mucho por los incendios en época estival”, señala Parrilla, criticando un modelo que prioriza la reacción frente a la prevención. Durante años, los incendios se han tratado como un suceso aislado. Sin embargo, esa mirada está empezando a cambiar: “Hay una realidad debajo de esas llamas que explica muchas cosas”.

La falta de preparación puede marcar la diferencia en escenarios cada vez más extremos. “La percepción del riesgo, de la autoprotección, creo que es una asignatura pendiente”, advierte. Porque la pregunta ya no es si los incendios van a seguir ocurriendo, sino en qué condiciones lo harán y cómo de preparados estaremos. Asumir esa realidad es el primer paso. El siguiente, quizá el más difícil, es actuar antes de que el fuego vuelva a recordarlo.

Patrones diferentes de incendios en las partes del norte

El comportamiento del fuego en la CAV y Nafarroa no responde del todo al patrón mediterráneo habitual. El riesgo no se concentra únicamente en verano. La historia lo demuestra. En 1989, en pleno diciembre, más de 27.000 hectáreas ardieron en Euskadi, un episodio que sigue siendo el peor registrado en la zona. Desde entonces, la situación ha sido más contenida, incluso en años especialmente duros.

También en fechas recientes. En 2022, Rekondo recuerda como un incendio en Zalla arrasó alrededor de 500 hectáreas, una cifra significativa en el contexto local, aunque muy alejada de los grandes incendios registrados en otras partes del mundo.

Como explica Rekondo una de las claves está en el calendario. En la vertiente cantábrica —Bizkaia, Gipuzkoa y el norte de Álava— el mayor riesgo se sitúa entre otoño e invierno, cuando la combinación de vegetación seca y viento sur reduce la humedad y convierte el monte en combustible. En cambio, en la Rioja Alavesa y Llanada Alavesa el comportamiento se asemeja más al del interior peninsular, con mayor peligro en verano. Los incendios en Euskadi están “fuertemente ligados” a los episodios de viento sur intenso.

De hecho, el cambio climático está alterando también este equilibrio. Aunque tradicionalmente el invierno ha sido la época más crítica, Rekondo avisa de que el riesgo se está extendiendo a lo largo de todo el año. A ello se suma un factor común al resto del territorio: el origen humano de los incendios. La mayoría están provocados por negligencias o acciones intencionadas, mientras que el cambio climático actúa como agravante.