Llegar a casa después de una jornada laboral agotadora y sentir un deseo irrefrenable de asaltar la despensa es una escena que se repite a diario en muchos hogares. Sin embargo, no siempre que nuestro estómago ruge lo hace por una necesidad física real de nutrientes. El farmacéutico y nutricionista Javier Fernández Ligero (@nutriligero) aborda una de las consultas más frecuentes de los ciudadanos: cómo diferenciar el apetito fisiológico genuino de ese otro provocado por el estrés diario o los vaivenes emocionales.

El engaño de los picos de glucosa

Para empezar a identificar el origen de nuestro apetito, el especialista propone fijarnos en el reloj. Según explica Fernández Ligero, en una gran parte de las ocasiones, lo que interpretamos como hambre es puramente emocional o un reflejo del estrés agudo. La principal pista nos la da el tiempo transcurrido desde nuestra última comida. Si hemos almorzado hace apenas dos o tres horas, es muy complicado, fisiológicamente hablando, que se trate de un hambre real. El nutricionista aclara que esta falsa alarma suele ser consecuencia de la bajada repentina de un pico de glucosa previo. El cuerpo, acostumbrado a esa energía rápida, nos engaña pidiendo una nueva dosis urgente a base de hidratos de carbono para volver a elevar los niveles de azúcar en sangre.

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La prueba del brócoli frente a la necesidad de nutrientes

Para salir de dudas en ese mismo instante, Javier Fernández Ligero comparte una técnica muy sencilla que no suele fallar. La diferencia clave radica en el nivel de exigencia de nuestro estómago. Cuando una persona siente hambre real y fisiológica, su organismo demanda simplemente combustible. El experto detalla que, ante esta necesidad auténtica, si a alguien se le pone por delante un plato de brócoli, una ración de comida tradicional o cualquier alimento nutritivo, se lo comerá con mucho gusto, independientemente de la hora que marque el reloj. El cuerpo no pone excusas porque su única prioridad es nutrirse y recargar sus reservas energéticas.

El perfil selectivo del comedor emocional

Por el contrario, el hambre emocional se desenmascara por su carácter caprichoso. Este tipo de apetito, que suele atacar con mayor virulencia durante la tarde o al caer la noche justo después de la jornada de trabajo, actúa de forma totalmente distinta. El farmacéutico subraya que, en estos casos de ansiedad o estrés, el cerebro rechaza de plano alimentos saludables como el brócoli mencionado anteriormente. Se trata de un apetito tremendamente selectivo que busca consuelo rápido, apostando siempre por productos ultraprocesados, dulces o snacks salados. Reconocer este patrón de rechazo hacia la "comida real" es, según el especialista, el paso definitivo para frenar a tiempo la ingesta compulsiva y empezar a gestionar el estrés de una forma mucho más saludable.