Casi todos hemos experimentado esa necesidad imperiosa de asaltar la despensa en busca de un dulce o un snack poco saludable cuando el reloj marca las cinco de la tarde. Lejos de ser una simple falta de fuerza de voluntad, este comportamiento responde a una reacción fisiológica muy concreta. El farmacéutico y nutricionista Javier Fernández Ligero (@nutriligero) arroja luz sobre esta consulta tan habitual, explicando que este deseo incontrolable por comer azúcares es, en realidad, un síntoma claro de que no estamos gestionando de forma adecuada el resto de nuestras comidas diarias.
El error de los hidratos en la comida central
Según detalla el experto, la raíz de este problema no se encuentra en la merienda en sí, sino en las decisiones que tomamos horas antes. Fernández Ligero advierte que es muy frecuente sufrir estos episodios porque tendemos a introducir una cantidad excesiva de hidratos de carbono en la comida del mediodía. El problema se agrava cuando esta ingesta copiosa no va acompañada de ningún tipo de actividad física posterior. Al someter al organismo a esta carga de energía rápida sin darle una vía para consumirla, el cuerpo reacciona liberando una gran cantidad de insulina para intentar estabilizar los niveles de azúcar en sangre.
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La redacción de DIARIO DE NOTICIAS seleccionará las preguntas de los lectores que se publicarán en noticiasdenavarra.com, siempre acompañadas de la respuesta del nutricionista.
El bajón metabólico de la tarde
Esa montaña rusa hormonal es la verdadera culpable del hambre repentina. Como explica el nutricionista, la acción potente de la insulina provoca que, apenas unas horas después de haber comido, el azúcar caiga de forma brusca. Es precisamente al llegar a la franja de las cuatro o las cinco de la tarde cuando experimentamos ese fuerte vacío en el estómago. En ese momento, nuestro cerebro interpreta la bajada de energía como una emergencia y nos pide un antojo hipercalórico, preferiblemente en forma de dulce, para recuperar el pico de glucosa perdido.
La combinación perfecta para calmar la ansiedad
Para romper este círculo vicioso y calmar el apetito sin sabotear nuestra salud, Javier Fernández Ligero propone una estrategia nutricional muy específica basada en la saciedad. El farmacéutico recomienda apostar por alimentos que aporten consistencia al estómago de forma prolongada. La fórmula ideal consiste en introducir en la merienda un lácteo natural de calidad, como puede ser el queso fresco o el kéfir, ya que destacan por su alto poder saciante. Para completar esta ingesta y hacerla aún más atractiva, el especialista aconseja mezclar ese lácteo con una pequeña porción de entre 15 y 20 gramos de frutos secos y añadir unos trozos de chocolate puro. De esta forma, conseguimos frenar el antojo aportando grasas saludables y proteínas, logrando llegar a la hora de la cena sin ansiedad.