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Un sidecar para hacer sonreír a un antiguo motero en Navarra

Adacen y Sentido Motero organizan una ruta hasta Gares para que Iñigo Santazilia, usuario de la asociación de 34 años con anoxia cerebral, vuelva a sentir el rugido de su antigua pasión

Fotos de la salida de un viaje en moto de un usuario de Adacen desde Mutilva hasta Puente la ReinaUnai Beroiz

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Hubo una sonrisa hace cinco años que todo el mundo necesitaba que se repitiera. Por eso, desde Adacen llamaron a Mª Ángeles Marco y Manuel Manzanares para que pusieran rumbo a Mutilva de Zaragoza con el mismo sidecar y, junto con los voluntarios de Sentido Motero, realizaran una ruta hasta Puente La Reina/Gares con el objetivo de que Iñigo Santazilia –de 34 años– recordara aquellos maravillosos años en los que la adrenalina y la plenitud le invadían el cuerpo cada vez que hacía sonar su moto. Y un lustro después, el rugido del motor de los diez vehículos que acompañaban al sidecar devolvió la sonrisa única e inconfundible de Iñigo, que siempre está, pero que ayer brilló un poco más porque volvieron a su memoria los días de ruta, las carreteras que recorrió y aquella infancia en la casa de verano de sus padres, junto con sus hermanos, Javi y Diego, que también le acompañaron en esta salida motera. Porque hay recuerdos que solo regresan cuando el viento golpea de frente y el asfalto pasa por debajo a una velocidad que tan solo deja tiempo para sentir.

Aunque no hizo falta empezar a moverse por la carretera para arrancarle una sonrisa. Porque es inexplicable la emoción de verse rodeado de sus seres queridos (su padre, José; sus hermanos; sus cuñadas, Belén y Laura; sus sobrinos, Inhar, Adrián y Oihan; Miren Murgiondo, la neuropsicóloga de la asociación, y, posteriormente, sus amigos, con los que se iba con la moto, a los que vio en el Hotel Jakue), de revivir algo que le gustaba tanto y de sentir, después de mucho tiempo, el sonido del motor. Por eso, cuando Unai Beroiz –fotoperiodista, un alma curiosa y apasionado de las historias que merecen la pena– organizó la foto de grupo y las motos comenzaron a rugir, también se escuchó la carcajada de Iñigo. "Buena música, ¿eh, Iñigo", le comentó Unai. Y él le respondió que sí sin dejar de sonreír. Entretanto, los voluntarios de Sentido Motero le mencionaron que tenía que vestirse de forma especial para la ocasión, por lo que le regalaron una camiseta y una gorra de KTM, su fabricante de motos favorito. Y así, con la gorra calada y la camiseta naranja sobre el pecho, Iñigo ya era otro. O quizá era el mismo de siempre, el que nunca se fue del todo, el que sigue ahí detrás de los ojos cuando algo le llega de verdad. Porque hay cosas que el cuerpo recuerda aunque la vida haya cambiado de forma radical: el olor a gasolina, el peso del casco, la liturgia de una salida en moto...

UN VIAJE PARA RECORDAR

En junio de 2018, cuando Iñigo tenía 26 años, sufrió un fallo multiorgánico que le provocó una anoxia cerebral por el que tuvo que abandonar su gran pasión. "Fue un golpe muy duro para la familia porque te cambia todo, pero hay que afrontarlo y él es una persona muy feliz. Siempre sonríe. Y todavía más cuando hace cosas que le gustan, como ahora con las motos" –expresó su hermano Diego–, o cuando se habla de Osasuna, porque el fútbol ha ido ocupando el espacio que antes pertenecía a las carreras y a las curvas tomadas a velocidad. Pero algunas pasiones no desaparecen y se quedan guardadas en algún lugar del que solo salen cuando llega el momento exacto. Y ayer, con un sidecar que tuvo que cruzar una comunidad entera para llegar hasta él, Iñigo encontró ese momento. Enseguida reconoció también que se trataba del mismo vehículo con el que realizaron la misma ruta que el 21 de junio de 2021: Salieron desde Mutilva, cogieron la nacional hasta Campanas y, desde allí, camino Puente La Reina/Gares, donde pararon para tomar algo y reencontrarse con varios amigos moteros y vuelta a casa. "Hace cinco años nos enteramos de que buscaban a alguien con sidecar para dar una vuelta con un antiguo motero que ya no podía ir en moto. Entendimos la situación y contactamos con Adacen", recordó Mª Ángeles con ternura porque "fue una gran satisfacción hacerlo y ver a Iñigo tan feliz". Y, sobre todo, porque desde entonces lleva marcada en la memoria –y también en el corazón– una frase que le comentó el tío de Iñigo tras aquella primera excursión: "Nos dijo que había avanzado mucho más con esta salida que en los tres meses anteriores de fisioterapia. Nos llenó el alma", expresó. Quizá por esta razón, por la plenitud que uno siente cuando encuentra una sonrisa limpia en el otro, Mª Ángeles y Manuel no dudaron en volver a ser los acompañantes perfectos de Iñigo. Y ella le cuidó durante toda la ruta para que no se le moviera la cabeza, para que se sintiera cómodo en todo momento y para que el viaje, de alguna manera –porque así se planteó–, estuviera hecho a su medida. "No hay nada más bonito que darle una vuelta a un motero" como Iñigo, a quien, en cuanto le pusieron el casco, ya no pudo contener la emoción. "Qué carica de felicidad", indicó Belén, su cuñada. Y solo tenía la vista puesta en el viaje. En que el motor rugiera, en que el viento volviera a golpearle la cara, en que la carretera se abriera delante de él como tantas veces antes. Cuando arrancaron, todos comprendieron que aquella sonrisa que hace cinco años necesitaban que se repitiera nunca había desaparecido y, en paralelo, a ellos les había invadido una felicidad indescriptible. Porque, de alguna manera, Iñigo es el motivo de la sonrisa del mundo.