César Borgia, el prohombre que descansa en Viana

"César Borgia, generalísimo de los ejércitos de Navarra y pontificios, muerto en campos de Viana el XI de marzo de MDVII". Este es el epitafio de la lápida de mármol blanco que cubre la tumba de César Borgia a los pies de la portada renacentista de la iglesia de Santa María de la Asunción de Viana, en Navarra

31.03.2021 | 11:02
Busto del prohombre en una calle de Viana y escultura de José Ulibarrena que representa la muer- te de Borgia, adquirida por el Ayuntamiento de Viana.

Es una sencilla sepultura para un hombre que fue hijo de un Papa, arzobispo de Valencia, obispo de Iruña, cardenal, condotiero, patrón de Leonardo da Vinci, inspirador de El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, símbolo supremo de las luces y las sombras del Renacimiento, generalísimo de los ejércitos del Vaticano, capitán de los ejércitos del reino de Navarra, además de duque de Valentinois, duque de la Romaña y conde de Dyois, entre otros títulos nobiliarios.

Hijo de alejandro VI

César Borgia (1475-1507) fue el segundo hijo natural del Papa de origen valenciano Alejandro VI y de Vannozza dei Cattanei. El pequeño Borgia nació en una Italia fragmentada, dividida en estados gobernados por poderosas familias que mantenían parentesco entre sí. Se crió en una Roma de rencillas entre clanes, de alianzas y traiciones, de rumores y sobornos. A finales del siglo XV, el Vaticano era mucho más que la capital espiritual de los cristianos; era también el centro de un inmenso poder terrenal. Y en el núcleo de ese poder se encontraba el Papa.

Como era costumbre en esa época, su padre lo destinó a la carrera eclesiástica, algo normal para el segundón de cualquier familia noble. Por su parte, su hermano mayor, Juan, fue nombrado duque de Gandía y capitán general de los ejércitos pontificios, cargo que César ansiaba para sí. Estudió teología y leyes en la universidad de Perugia y en la universidad de Pisa, ambas en Italia. A los diecisiete años fue consagrado protonotario del papado y obispo de Iruña (1491). Antes de cumplir los veinte años ya era arzobispo de Valencia y poco después cardenal. Una noche de verano de 1497, César y su hermano Juan cenaron juntos en casa de su madre. Después, Juan se despidió con el pretexto de ir solo a una cita. No regresó al Vaticano. Su cadáver apareció una semana después en el fondo del río Tíber.

El cuerpo del duque de Gandía, acompañado por un gran cortejo, con la cara descubierta e iluminado por doscientas antorchas, fue conducido a lo largo del río romano. El Papa enloqueció de dolor, pero no detuvo a nadie. A día de hoy, sigue sin conocerse al culpable, aunque algunos historiadores señalan a César como principal sospechoso.

Pudo ser cualquiera de sus enemigos, pero a nadie benefició más la tragedia que a César. Muerto Juan, él era el más apto para reemplazarle. Y así fue. En 1498 abandonó definitivamente la carrera eclesiástica. Era la primera persona en la historia que renunciaba al cardenalato para convertirse en el nuevo capitán general de los ejércitos vaticanos.

¡O césar o nada!

El recién coronado Luis XII de Francia estaba interesado en una liga con el Vaticano, por lo que procede a congraciarse con el Papa otorgando a su hijo un título nobiliario. En septiembre de 1498, César se convierte en duque de Valentinois. Después de su investidura, marcha a Francia para encontrarse con el rey.

El monarca expone a César su deseo de hacerse con el ducado de Milán, para lo cual le conviene una coalición con los estados pontificios. Para estrechar más aún el pacto con los Borgia, el rey promueve el matrimonio del nuevo duque con Carlota de Albret, hermana del rey Juan III de Navarra. Se casa con ella el 12 de mayo de 1499 en Blois (Francia).

Poco después es nombrado administrador de las posesiones de los Borgia. Mientras tanto, Luis XII acuerda una alianza con la Señoría de Venecia, cosa que facilitaba sus propósitos de adueñarse del Milanesado. Igualmente, se acuerda entre la corona francesa y el papado un plan de cooperación militar, que implicaba que César dirigiera un contingente para apoyar al ejército de invasión francés, y una vez realizada la conquista, el rey aportaría tropas que secundarían la labor del ejército papal en la conquista de los estados de la Romaña, que Alejandro VI albergaba la esperanza de unificar, legando a sus descendientes un principado en Italia.

A partir de aquí y hasta la muerte de su padre, los triunfos del duque, con sus más y sus menos, se suceden uno tras otro. Y siempre con la ayuda de su fiel sicario Michelotto. Solo la muerte de su padre truncará sus planes. Es legendaria la frase en latín que César mandó inscribir en el filo de su espada: ¡Aut Caesar aut nihil! (¡O César, o nada!). Estas palabras hacían referencia a su único fin en esta vida: lograr victorias para Roma y su familia y que fueran dignas de la memoria de un césar.

` Miembros de la comisión del V Centenario bendicen en 2007 la cruz de campo que señala el lugar en el que murió.

De mal en peor

El 5 de agosto de 1503, César y su padre acuden a un convite ofrecido por el cardenal Adriano da Corneto. La mañana del 12 de agosto el Papa se siente indispuesto, y al mismo tiempo el duque, que se hallaba a punto de partir a Perugia con su ejército, cae enfermo. Esos días se habían producido muchas muertes por malaria en Roma. Sin embargo, las malas lenguas aseguran que han sido envenenados.

El 18 de agosto, tras varios días con tratamientos de sangrías, leves intervalos de mejoría alternados con fuertes episodios de fiebre, el Sumo Pontífice muere sin haber tenido tiempo para que su hijo consolidara su poder sobre la Romaña. Su cadáver se ennegreció y se descompuso de inmediato. César sobrevive, pero sin la protección de su padre todo irá de mal en peor. Con un ejército de doce mil hombres, el duque intenta influir sobre el cónclave del colegio cardenalicio para que elijan a su candidato.

El 22 de agosto, el colegio permite a César retener el cargo de capitán general del Vaticano hasta que el nuevo Papa fuera elegido, pero acto seguido inician una serie de maniobras para que abandone la ciudad durante la elección del nuevo pontífice.

El 1 de septiembre, el ejército comienza su retirada de Roma. Ese mismo día, el duque llega a un acuerdo con el rey de Francia. César aportaría sus tropas al monarca y presionaría para que resultara elegido el candidato francés mientras el rey, a cambio, garantizaría las adquisiciones territoriales realizadas en años anteriores. Finalmente, es elegido Papa Pío III. Cuando el duque regresa a Roma el 3 de octubre lo hace acompañado de tan solo seiscientos cincuenta hombres.

El 15 de octubre, cuando la familia Orsini demanda al pontífice que sea detenido solo le quedan setenta leales, pero envía a sus capitanes a realizar nuevas levas. No obstante, el Papa se encontraba enfermo desde hacía días y no ordena nada a este respecto.

Muerto Pío III, y tras un nuevo cónclave, es elegido como nuevo pontífice el cardenal Giuliano della Rovere, enemigo feroz de los Borgia, que toma el nombre de Julio II. En noviembre, el nuevo Papa ordena su detención. Es retenido en los palacios del Vaticano.

Cuando César es liberado acude a Nápoles con un salvoconducto, por lo que el pontífice protesta ante los Reyes Católicos, entendiendo que se da apoyo a su gran rival. El Gran Capitán lo detiene y lo envía a Castilla. Es encarcelado en el castillo de Chinchilla de Montearagón (Albacete) y trasladado meses después al castillo de La Mota, en Medina del Campo (Valladolid).

muerte en viana

Una noche de octubre de 1506 César se descuelga desde la torre del homenaje del castillo de La Mota con la ayuda de un criado, pero es descubierto y la soga cortada. El destino quiere que, aún malherido, consiga escapar a lomos de un caballo. Se pone precio a su cabeza.

El 3 de diciembre llega a Iruña, donde le acoge su cuñado el rey de Navarra. Desde 1452 Navarra se encuentra inmersa en una guerra civil entre agramonteses, partidarios de los reyes navarros, y beaumonteses, partidarios del condestable del reino de Navarra, Luis de Beaumont, segundo conde de Lerín y afín al rey castellano Fernando el Católico.

El duque, sin un ducado en el bolsillo, se pone al servicio de su cuñado, quien lo nombra condestable y capitán de los ejércitos navarros. Su primer objetivo militar es la conquista de la plaza beaumontesa de Larraga, pero no lo consigue. Decide entonces tomar la villa de Viana, en esos momentos en poder del conde de Lerín. La villa finalmente cae, pero no el castillo.

La noche del 11 de marzo de 1507 se desata una fuerte tormenta y César ordena retirar la vigilancia de Viana, lo que es aprovechado por sesenta hombres del conde de Lerín, posiblemente con la colaboración de algunos vecinos, para evadir el cerco, entrar en la fortaleza a través de un pasadizo en las murallas, llamada tradicionalmente puerta del Socorro, y abastecer a sus defensores con víveres para un mes más.

Al amanecer, la guardia ve cómo los jinetes abandonan el castillo en dirección a Mendavia y dan cuenta al duque. Encolerizado, se lanza en su persecución por el Portal de la Solana. César no se percata de que ha dejado atrás a sus soldados hasta que llega a un término conocido como la Barranca Salada. En este lugar, tres soldados navarros del conde de Lerín, Garcés de Ágreda, Pedro de Allo y un tercero de nombre desconocido, le preparan una emboscada. El duque es derribado con una certera lanzada en el costado descubierto. En el suelo es rematado y despojado de su armadura y ropas. Lo dejan desnudo, con solo una piedra para ocultar sus vergüenzas. César tenía 32 años.

Todavía existe la duda de si la emboscada pudo ser o no preparada por el rey navarro. Quizá, Juan de Albret quiso mejorar sus relaciones con Francia, que amenazaba en aquellos momentos los territorios navarros del otro lado de los Pirineos, a cambio de la muerte del duque.

El conde de Lerín permite trasladar su cadáver a Viana y enterrarlo en el presbiterio de la iglesia de Santa María de la Asunción. Su epitafio, escrito sobre un sepulcro gótico esculpido en alabastro, reza: "Aquí yace en poca tierra el que toda le temía, el que la paz y la guerra en su mano la tenía". Su escudo y su estandarte se exponen como trofeos de guerra en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Lerín (Navarra).

A mediados del siglo XVI, y según cuenta la tradición, un obispo de Calahorra (La Rioja) considera un sacrilegio que sus restos estén sepultados en lugar sagrado y ordena exhumarlos y enterrarlos, sin señal alguna, en una tumba antropomorfa en la calle Mayor para, según él, "que en pago de sus culpas le pisotearan los hombres y las bestias".

El sepulcro de alabastro es destruido en el siglo XVII durante las pugnas de la Contrarreforma. En 1884, y a petición del arqueólogo francés Charles Iriarte, se localizan en la calle Mayor lo que se suponen eran sus restos. Se dejan en el mismo lugar.

A principios del siglo XX, un movimiento reivindica su figura e instala un cenotafio en su memoria en el zaguán del Ayuntamiento. En 1937, en plena Guerra Civil, un grupo de personas lo destroza por considerar que era una vergüenza para la ciudad. En 1945 se vuelven a exhumar los restos de la calle Mayor y se analizan concienzudamente.

En 1953 se trasladan definitivamente a los pies de la portada meridional de la iglesia de Santa María, en el exterior, pero dentro del recinto del templo. Y ahí continúan. En 2007, con motivo del quinientos aniversario de su muerte, se solicita al arzobispo de Pamplona y Tudela el traslado de los restos al interior de la iglesia, pero deniega la petición alegando que "en la actualidad no se entierra a personas en el interior de las iglesias".

Hoy en día, la ciudad de Viana recuerda al Borgia con un busto en bronce en la plaza Sor Simona Oroz, obra del escultor navarro Fructuoso Ortuna, y con una cruz de campo en la Barranca Salada, en el lugar donde se supone cayó muerto.

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