Álvaro Baraibar exdirector de paz, convivencia y derechos humanos

“Seguimos pendientes de que todo el mundo acepte que la violencia nunca estuvo justificada”

Tras casi cuatro años como director general de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, Álvaro Baraibar ha dejado el cargo. Momento idóneo para hacer balance

10.02.2020 | 02:31
Álvaro Baraibar, exdirector de Paz y Convivencia de Navarra.

Tras 4 años como director general de Paz, Convivencia y Derechos Humanos, Álvaro Baraibar ha dejado el cargo.

pamplona - Baraibar regresa a la investigación y la docencia histórica, pero con una novedad clave: su hijo pequeño, de año y medio, que le ayuda a centrarse en lo inmediato. Un factor que incidió en su voluntad de no repetir al frente de la Dirección General de Paz, Convivencia y Derechos Humanos.

¿Cómo ve al nuevo Gobierno?

-Veo un equipo interesante, potente y plural, que es lo que al final la sociedad decidió, y lo que había sido de alguna forma el Ejecutivo anterior.

¿Qué pondría en su debe y en su haber en estos cuatro años como director de Paz y Convivencia?

-En el debe, me imagino que muchas cosas. En memoria y en torno a las víctimas es muy difícil trabajar a ritmo de legislaturas. Es un trabajo a largo plazo para poder dar respuesta a todo lo que esta sociedad necesita construir en favor de la convivencia. Queda por tanto mucho por hacer.

¿Y en su haber?

-Sentar las bases de unas políticas institucionales en un gobierno que quería dar respuesta a los procesos de vulneración de derechos humanos que se han producido en el pasado, y a todas las víctimas. Siempre lo hemos dicho, a cada víctima en su propio contexto victimológico, sin ninguna mezcla, sin ninguna dilución; son contextos distintos el 36, el terrorismo, o los abusos policiales, pero todas esas víctimas requieren respuesta por parte de las instituciones, y creo que en estos cuatro años hemos sentado esas bases.

Seguro que hubo momentos de satisfacción, pero difíciles de traducirlos políticamente en frutos concretos. Con esto ya contaban...

-Sí, es esa dificultad de que el trabajo se mida en un plazo relativamente corto como es una legislatura, en un tema tan sensible y delicado como es dar respuesta a personas que han sufrido tanto y que tienen tanto dolor en su familia. Pero hemos sentado esas bases, para un trabajo institucional que en algunos casos llevaba demasiado tiempo a la espera.

¿Le faltó una mayor presencia pública, en esa combinación de trabajo discreto pero también de cierto liderazgo social?

-Se puede entender así, pero fue algo querido y buscado. Siempre he pensado que lo que había que hacer para poder avanzar en el trabajo era evitar los focos públicos, evitar buscar la atención mediática. Siempre he creído que esa era la mejor manera de trabajar, de forma más discreta, no por ello menos intensa, todo lo contrario. Cuanta más exposición pública, más complicado después. Recuerdo que en la primera comparecencia en el Parlamento, solicité a los parlamentarios de la comisión un esfuerzo prepolítico. Pudo sonar a cierta ingenuidad, pero abandonar las querencias partidistas es algo absolutamente imprescindible para poder trabajar en torno a las víctimas.

En ese mismo marco prepolítico, ¿cómo resumiría los contactos que ha habido con víctimas tan plurales y diversas?

-Las situaciones son muy diferentes, sería muy complicado hacer un balance conjunto. Por ejemplo, recuerdo a víctimas de la violencia franquista en algunos de los primeros actos a los que acudí. Lo primero que querían trasladar era el enorme agradecimiento, porque era la primera vez que un cargo de Gobierno acudía a esos actos de homenaje. La verdad es que el sentimiento con el que te recibían y la gratitud que mostraban me impactó muchísimo, sobre todo cuando oyes que ha pasado ya mucho tiempo, más de 80 años, y que es tiempo de pasar página y olvidar. Yo siempre he defendido que nunca hay que pasar página; hay que mirar al futuro, eso es evidente, pero siempre mirando al pasado. Y con las víctimas del terrorismo, ha sido otro contexto muy diferente. La realidad política y social ha sido muy distinta.

¿En qué sentido?

-A nadie se le escapa que ha sido mucho más complicado. Siempre nos dijeron que en la medida en que Bildu apoyaba este Gobierno no querían participar en las iniciativas que pudiéramos llevar adelante, porque no creían en ellas. A pesar de eso, hemos podido dar pasos muy importantes, no solo en el reconocimiento y la reparación, sino también en el ámbito educativo, y en la voluntad de trasladar a las futuras generaciones toda esa realidad de vulneraciones de derechos humanos que hemos vivido. Esas bases están sentadas y confío en que la labor de este Gobierno pueda seguir avanzando.

¿Cree que su sucesor, Martín Zabalza, lo puede tener algo más sencillo o presume que va a ser más o menos igual de complicado?

-La realidad está demostrando que fácil no va a ser, y que va a seguir siendo complicado. Pero yo confío que esos consensos que a largo plazo hay que ir construyendo, absolutamente, imprescindibles, irán llevando a una mayor colaboración y comprensión mutua para trabajar en lo que debemos hacerlo todos y todas, que es la respuesta a las víctimas.

Dijo en 2016 que en Navarra había mucho más camino para andar en derechos humanos que en la CAV. ¿Se ha acortado sensiblemente esa distancia?

-Me refería sobre todo en aquel momento a que no había habido políticas públicas de memoria estructuradas por parte del Gobierno de Navarra, y en cambio en la CAV en ese camino institucional nos llevaban muchos años. La legislatura anterior ha servido para avanzar de forma importante en nuestra comunidad, y yo confío en que ese trabajo pueda seguir haciéndose.

Le pregunto lo mismo que a la consejera Ollo. ¿Cómo le afectó en lo personal una responsabilidad con una carga tan delicada, tan humana, y con tanto contacto con las víctimas?

-De una forma muy intensa, como no podía ser de otra manera. Cualquier persona que se acerque a la realidad que viven las víctimas, cambia necesariamente después de un contacto estrecho con ellas. Tanto si ese contacto ha sido recibido con gratitud o justo lo contrario. En ese sentido, la verdad es que no soy la misma persona que hace cuatro años, porque las vidas de todas estas personas, las dificultades que han sufrido y el dolor que han tenido durante todo este tiempo y que siguen teniendo, a uno le impacta de una forma muy profunda. Cuando hablo con compañeros de la universidad y me preguntan algo parecido, suelo decir es que la gran diferencia con el ámbito universitario, yo que soy historiador, es que ves el efecto directo que sobre las personas tiene tu trabajo.

¿Cómo se debe seguir trabajando para que cale la necesidad de una convivencia más armónica?

-No me siento capacitado para decirle al actual Gobierno por dónde tiene que ir, ni muchísimo menos. Lo que sí que creo que no terminó de hacerse durante la legislatura pasada, y probablemente necesite mucho más tiempo, es aceptar por parte de todo el mundo que la violencia nunca estuvo justificada y que nunca jamás está justificada. Algunos discursos llevan a pensar otras cosas. Esa es la base de todo: la aceptación de la inviolabilidad de los derechos humanos. A partir de ahí se pueden construir cosas. Cualquier otra cosa solo nos puede llevar al abismo.

Determinados episodios este verano, como los ataques a placas de víctimas de ETA en Donostia, los ataques al monumento en recuerdo a los Sanfermines del 78, o la presencia de dos parlamentarios de Navarra Suma el 25 de agosto en Leitza, aunque hayan dicho que solo fueron a una comida, le llevarán a una reflexión sobre el camino por recorrer.

-En el ámbito de lo privado, la libertad de cada cual está clara en democracia. Pero hay que ser absolutamente escrupuloso y exquisito en la forma en la que trasladamos al espacio público ese tipo de situaciones. Lo más lamentable es que las víctimas vuelven otra vez a sentirse victimadas, hay una revictimación cada vez que se produce un acto de enaltecimiento de cualquier situación de violencia que se pudo producir en el pasado, por distintas que sean todas ellas entre sí. Pero ninguna de ellas está justificada y el enaltecimiento, el respaldo, la comprensión, la justificación, la explicación de todas esas situaciones de vulneraciones es intolerable desde un punto de vista ético, y genera un dolor añadido a personas que ya sufrieron como consecuencia de aquella violencia. Y esto para mí probablemente es lo más doloroso.

Aunque no quiera decir nada que se pueda entender como un consejo al nuevo Gobierno, ¿cuál es su opinión sobre su sucesor Martín Zabalza?

-A Martín le conocía de la comisión técnica de coordinación en materia de memoria histórica, y los contactos que tuvimos en estos años me hacen pensar que es una persona muy sensibilizada, y con voluntad de avanzar y de trabajar.

Escribió usted en 2010: "Al eliminar símbolos franquistas de nuestras calles no se remueve la historia; lo que sí cambia es la memoria del pasado, lo que queremos recordar como un mérito para nuestro presente". La retirada de la Laureada del frontispicio de Diputación fue un mensaje diáfano.

-Sí, esa retirada fue un elemento simbólico desde todos los puntos de vista. Hay veces en que uno escucha que se quiere cambiar la historia y no tiene absolutamente nada que ver con eso. La historia es la que es, y ocurrió lo que ocurrió; nadie pretende cambiarlo. Pero la presencia de ese tipo de símbolos en el espacio público no es la de la historia en nuestras calles, sino la del enaltecimiento y la exaltación de la violencia que llevó a cabo un régimen dictatorial como fue el franquista, y que permanecía en un régimen democrático como el nuestro, en una situación que es intolerable desde un punto de vista ético. Pero es que además está el dolor infringido a tantas y tantas familias que tenían que ver en el Palacio de Diputación, en la casa de todos y todas, un símbolo por el que unos creyeron estar legitimados para matar a su familia. Eso era una situación que era una anormalidad en un régimen democrático, algo que había que corregir.

Vuelve a la universidad, a su oficio de historiador. ¿Cuáles van a ser sus cometidos y en qué materias?

-Regreso, sí, volveré a mi trabajo como docente e investigador. Aunque trabajé durante un tiempo en historia contemporánea y ahí hice mi tesis doctoral, desde hace ya bastantes años había dirigido mi atención a la América del siglo XVII. Seguiré trabajando en este campo y en el ámbito de la docencia daré clases en la Universidad Pública a gente de Magisterio y de Historia y Patrimonio.

Dijo un historiador francés que la sociedad puede enfermar si recordamos demasiado u olvidamos demasiado. ¿Dónde está el equilibrio?

-Ese equilibrio no es nada fácil, porque varía a lo largo de la historia. Los tiempos nunca son iguales y el peso que debe tener la memoria en un momento determinado puede ser distinto a un poco después. En lo que a nosotros nos tocó, el peso de la memoria debía ser importante, porque había grandes deudas institucionales. Pero ese equilibrio también nos lo van a marcar las propias víctimas y la profundidad del sistema democrático, en la medida en que ciertos tics y querencias antidemocráticas y ultras están volviendo a nuestra sociedad, con actitudes de xenofobia, de racismo, de violencia... En la medida que eso es así, el peso de la memoria debe aumentar, para que sepamos qué barbaridades es capaz de cometer el ser humano, porque ya las ha cometido en el pasado. El gran riesgo es que las futuras generaciones no sean conscientes de a dónde podemos llegar si empezamos una deriva a posiciones no democráticas.